Cuentos en el blog

sábado, 30 de mayo de 2015

El cetro del Tahuantinsuyo


En la novela corta: "El cetro del Tahuantinsuyo", un escritor, que viaja para conocer Machu Picchu y otras ciudades emblemáticas del actual Perú, termina enredado en una serie de aventuras peligrosas cuando ingresa al pasado como visitante del futuro mediante un pasaje secreto que le permite viajar a través del tiempo en los momentos finales del Imperio inca (finales del siglo XIV).

Un sacerdote y posteriormente una bella sacerdotisa perteneciente a la más alta nobleza, convencen y colaboran con el escritor, ayudándolo en su misión sagrada: la devolución al dios del "sunturpauccar" de Manco-Capac, el cual, siendo una especie de santo grial, es el espíritu mismo del Imperio. Esta reliquia no debe caer en manos indebidas y mucho menos en las de los conquistadores españoles, debiendo ser preservada para un futuro lejano en donde el Imperio resurgirá de sus cenizas.

Las peripecias del escritor en cuestión se desarrollan como en un cuento épico. Gracias a nativos, que lo ayudan como guías y traductores, vence peligros incalculables y es salvado muchas veces por cóndores, pumas y serpientes enviados por los dioses y fuerzas sobrenaturales.
Alejandro, como en el caso de su tetralogía egipcia "Travesías de Waty el escriba" y la novela "La princesa sin rostro", demuestra un gran conocimiento de la cultura, religión y costumbres de los habitantes de Tahuantinsuyo y de la heroica lucha de este pueblo para liberarse de la invasión extranjera. Combinando la historia con las aventuras, el autor, nombra a los sitios, animales y monumentos como se los designaba en épocas antiguas, al tiempo que los grandes ríos, como el Urubamba, siguen corriendo caudalosamente entre las piedras y los desfiladeros de la región andina.
La novela crea mucho suspenso y se desarrolla como un thriller emparentado con los viajes en el tiempo y la destrucción de civilizaciones milenarias.

Osvaldo González Real

sábado, 2 de mayo de 2015

EL cetro del Tahuantinsuyo (fragmento)


Hace muchos años, una profesora de historia me dijo que la mente es la más poderosa y eficiente máquina del tiempo, que con ella podemos viajar a cualquier época o lugar con sólo desearlo.

Es cierto que en aquella oportunidad di a este comentario la misma importancia que cualquier adolescente da al consejo de un mayor, un viejo; sin embargo, el siguiente relato de lo que parecía ser uno más de mis viajes, confirmó aquellas palabras.
***
Tras haber pernoctado en el pueblo inca viviente de Ollantaytambo, rodeado por las altas montañas cubiertas por el negro manto de la noche tachonada de brillantes estrellas, partí con mi mochila a la estación de tren con destino a Aguas Calientes, más conocida como Machu Picchu Pueblo.
El vagón, con ventanas panorámicas en el techo y asientos enfrentados separados por mesas, era confortable, y la música funcional con temas andinos, agradable.
Un turista frente a mí leía el periódico del día cuyo titular "De arqueóloga y montañista, a presidente" se refería a la recién electa primera mandataria de aquel país andino.
Como escritor, muchas eran las expectativas que el nombre de Machu Picchu traía a mi mente; y con estas, el deseo ferviente de conocer aquella maravilla hecha por el hombre y el monótono traqueteo del tren, me dormí.
El pueblo de Machu Picchu, ubicado a 110 km de Cusco, en un valle rodeado por una cadena de empinadas montañas cubiertas de abundante vegetación selvática, pertenecientes a la cordillera andina central, al sur del Perú, me recibió con la efervescencia y bullicio propio de la gente que vive del turismo.
Luego de una paciente espera de casi una hora, aborde el autobús que me llevo a la zona de entrada al santuario, adonde llegamos luego de veinte minutos.
Tras el ascenso, sobre parte del antiguo Qapac Ñam (1), por fin divisé las majestuosas ruinas.
La inmensa cantidad de turistas que se abalanzaron sobre el sitio arqueológico a esa hora de la mañana, sacaban de contexto al lugar. A pesar de todo, las densas nubes maquillaban aquel cosmopolita enjambre, devolviéndole a aquellas ruinas el aspecto misterioso y místico que las hizo famosas mundialmente.
Un rayo de sol que logró colarse entre las nubes iluminó mi rostro haciendo que instintivamente cerrase los ojos.
—¿Es su primera vez en esta ciudad? ¿Necesita un guía? — interrogó un anciano extremadamente bajo y con un marcado acento andino, a quien al principio confundí con un enano.
Si bien en ese momento pensé que se trataba de uno de los tantos oportunistas que acosan a los visitantes en todo centro turístico del mundo, su sonrisa limpia y exenta de malicia hizo que responda al extraño aunque simpático individuo.

—Salvo que cuenten las visitas virtuales por la web, esta es mi primera visita y quiero verlo todo, ya que como novelista deseo absorber como esponja esta maravilla.
Con un poco más de un metro cincuenta y rasgos andinos, el hombre, ataviado con un poncho multicolor, sandalias y luciendo un colorido ch'ullu (2) parecía haber sido transportado por algún mágico sortilegio desde el pasado.
—¿Cronista? ¡Fantástico! Mi nombre es Yupanqui. Si lo desea puedo guiarlo.
—¿Cuántos soles me costará? —pregunté, dirigiendo mi mano al bolsillo donde guardaba la billetera.
El hombre volvió a sonreír y haciendo entender con un gesto de su mano que no deseaba dinero, me indicó que lo siguiera.
Yupanqui, bajaba con gran destreza por las antiguas y estrechas escaleras de la ciudadela construida por el Inca Pachacútec en el siglo XV.
—Ey, Yupanqui, no tan rápido... Quiero tomar algunas fotos.
—¿Quiere escribir un manuscrito distinto a los demás? Lo que yo le mostraré sólo lo han visto un puñado de personas — contestó sin bajar la marcha.
Luego de cruzar con rapidez el sector que fuera destinado antaño a la agricultura, formado por las típicas andenerías, llegamos a la entrada del sector urbano, construido con muros de piedra perfectamente tallados y yuxtapuestos sin amalgama, en donde destaca el sistema de canales y fuentes de aguas aun en funcionamiento.
Al traspasar la puerta de entrada a la ciudadela, ubicada sobre el muro de unos 400 metros junto al cual corre una falla geológica convenientemente utilizada como foso de drenaje de la ciudad y divisoria entre el sector agrícola y el urbano, Yupanqui me hizo notar la piedra, en el pasado móvil, que ubicada en un hueco del muro era parte del mecanismo de cierre interno.
—Nadie podía entrar o salir de la ciudad sin que le fuera permitido... Salvo que se transformara en cóndor y volara —dijo el extraño guía, que prosiguió el camino sólo deteniéndose el tiempo suficiente para que pueda alcanzarlo y seguir adelante.
Lo desparejo y estrecho de las gradas de las escaleras, 109 en toda la ciudad, sumado a los 2400 metros sobre el nivel del mar en que se encuentra la misma, parecían pasar totalmente inadvertidos por Yupanqui quien sin duda creía correr algún tipo de maratón.
En tiempo récord para un turista, recorrimos el templo del Sol, la residencia del Inca, la plaza Sagrada, el templo de las Tres Ventanas, el templo principal, el Intihuatana (3), hasta finalmente llegar al hito que marca el extremo norte de la ciudad y el punto de partida del camino a Huayna Picchu llamado por Hiram Bingham (4), la roca sagrada.
—Yupanqui... detente... ¿Alguien te persigue? —dije jadeante—. Apenas puedo seguirte y no pude sacar, hasta ahora, ninguna foto.
— Disculpa, papá (5), como te dije hace un rato, lo que acabamos de ver lo ven todos. Déjame mostrarte la ciudad en todo su esplendor.
Apenas dejando que tome aliento, Yupanqui prosiguió su carrera por el camino que atraviesa la estrecha lengua de tierra que une las montañas Machu y Huayna Picchu, hasta llegar a una bifurcación donde se detuvo como dudando si continuar.
Creyendo que seguiríamos derecho por el empinado camino, me adelanté.
— No subiremos a la cima —dijo tomándome por la chaqueta cazadora que llevaba puesta.
—Creí que es ahí adonde iríamos. ¿Acaso no es desde donde se puede ver la ciudad en todo su esplendor?
— No es de ese esplendor del que te hablo. ¡Sígueme y te sorprenderás!
El camino izquierdo nos condujo a la parte posterior de la montaña, en donde se encuentran una serie de construcciones subterráneas levantadas en cuevas, las cuales fueron forradas con bloques de piedra meticulosamente tallados para encajar con precisión en los contornos irregulares de los grandes afloramientos rocosos que les sirven de techo. Entre estas construcciones se destaca el llamado templo de la Luna en el cual tampoco nos detuvimos.
—Yupanqui, ¿adonde vamos? Este camino parece llevarnos al Urubamba... ¿Estás seguro que podré ver la ciudad?
Sin responder, Yupanqui prosiguió su camino y en un recodo se introdujo en la espesa selva que cubre la montaña.
El calor húmedo del mediodía en esa intrincada selva y el fatigoso y agitado maratón emprendido desde la mañana hicieron mella en mi cuerpo, y de pronto, tras tropezar con un tronco, rodé vertiginosamente cuesta abajo cayendo en el interior de una estrecha cueva que se abrió con mi peso.
Adolorido, me levanté y grité para ser auxiliado, pero ni siquiera el eco de mi voz en las húmedas paredes de aquella oscura caverna me respondió.
Tras varios intentos infructuosos de trepar para alcanzar la entrada, me senté en una roca y por primera vez escuche el lejano murmullo del río Urubamba.
Al ver lo imposible de salir por el mismo sitio por donde entré, gateando y palpando las rocas para guiarme debido a lo estrecho del pasaje y a la oscuridad circundante, seguí el murmullo del río que se acrecentaba a medida que avanzaba.
Poco a poco mis ojos se adaptaron a aquella oscuridad y pude ver un grupo de murciélagos que de seguro, molestos por mi presencia volaron hacia una grieta por la cual una persona adulta apenas podría pasar de lado.
—De seguro estos roedores alados saben dónde está la salida —dije, aventurándome por aquel estrecho pasaje.
La fresca y húmeda brisa acarició mi rostro. A lo lejos podían divisarse los débiles rayos del sol tratando de hacerse camino en aquella, hasta ese momento, impenetrable oscuridad.
Aquel estrecho pasaje pronto llegó a su fin, dando paso a una caverna de regular tamaño, fuera de la cual el rugiente Urubamba corría vertiginoso bajo el sol del atardecer.
Observé a mi alrededor y descubrí un angosto sendero que, corriendo paralelo al río, luego de unos metros ascendía internándose en la selva.
Me disponía a seguir aquella ruta, cuando entre las rocas, desmayada con la cabeza apenas fuera del agua, se encontraba una niña, o eso creí en aquel momento.
De no más de un metro cuarenta, cabello azabache adornado con dos trenzas, lucía una túnica larga, ceñida a la cintura por una colorida faja.
Sin inconveniente la alcé en brazos y la llevé al interior de la caverna, donde recordando mis años de scout la recosté en el suelo y abriendo con dificultad su boca procedí a sacar de la garganta la lengua, liberando así las vías respiratorias, para inmediatamente inclinar su cabeza hacia arriba.
Manteniendo su nariz tapada, aspiré profundo e insuflé el aire en su boca reiteradas veces hasta que vomitó parte del agua que había tragado. Limpié su boca y proseguí la maniobra hasta que noté que comenzaba a respirar por sí misma.
Colocando mis dedos sobre su cuello, ubiqué la yugular y sentí su débil pulso al tiempo que la muchacha abría los ojos.
Al verme, la joven se levantó abruptamente e intentó huir gritando:
— ¡Wiraqocha (6)! ¡Wiraqocha!
—Cálmate, no te haré nada. Casi mueres ahogada en el río... ¡Yo te salvé! —dije tratando de calmarla.
La muchacha se sentó en el suelo mientras me observaba asustada, como si fuese un demonio. El más ligero intento de acercarme la ponía a la defensiva.
—Bueno, niña, si así lo deseas, quédate en esta cueva mientras voy a buscar a algún guardaparque para que nos ayude —indiqué dirigiéndome a la salida.
— ¡Wiraqocha! —escuché apenas traspasé la entrada de la cueva y antes que pueda ver el lugar de procedencia del grito, un fuerte golpe en la cabeza me dejó inconsciente.
No sé cuánto tiempo estuve desmayado. Al despertar me encontraba en una estrecha habitación un poco más larga que una cama, de metro y medio por tres metros y una altura igual al ancho. Las paredes construidas de piedras con argamasa, estaban cubiertas por un techo de piedra, al parecer parte de una gruta natural.
Con dificultad y todavía abombado por el golpe, intentaba incorporarme cuando se abrió la puerta de entrada y detrás de ella, ante mi asombro, cuatro antiguos guerreros andinos.
Con alturas que oscilaban entre el metro cuarenta y el metro sesenta, los soldados estaban ataviados con una túnica corta, ceñida por una faja, sobre la cual llevaban un chaleco protector de algodón llamado por ellos uacana cushma y sobre ambos una manta. Completaban el ajuar de aquellos guerreros, un casco de madera, un mazo de mango de madera y extremo de piedra en forma de estrella y un colorido escudo.
— ¡Lluqsichiy (7)! ¡Lluqsichiy! —ordenó uno de ellos, invitándome a salir de manera poco amable, blandiendo la porra amenazante.
—¿Qué clase de broma es esta? —pregunté, recibiendo por respuesta un golpe de parte de uno de los soldados.
La cárcel, de forma circular y excavada en la roca viva, albergaba otras cinco celdas similares a la que acababa de dejar.

Al salir de aquella caverna-cárcel, el sol brillaba en lo alto. A empujones fui obligado a ascender por un estrecho camino que pronto entroncó con el que había descendido el día anterior.
Aturdido y sin comprender qué ocurría llegamos al lugar donde se encuentra la roca sagrada en el Machu Picchu.
Absorto y con la boca abierta comprobé que no había un solo turista. En su reemplazo se encontraban hombres y mujeres vestidos a la usanza del Imperio tahuantinsuyo que me observaban tan sorprendidos e intrigados como yo a ellos.
Las edificaciones lucían el mismo esplendor que cuando fueron construidas hacía casi quinientos años. Techos de paja, amarrados a gruesas vigas de queuña (8) con fuertes sogas hechas de pelo de llama, se levantaban sobre las paredes de piedra enlucidas con fina arcilla y pintadas de amarillo y rojo.
Luego de que seis soldados se sumaran al grupo que me custodiaba, seguimos camino hasta la plaza sagrada.
Del conjunto de construcciones ubicadas en torno a un patio cuadrado destacaban dos edificios. El conocido en nuestra época como el templo de las Tres Ventanas, cuyos muros de grandes bloques poligonales, fueron ensamblados como un rompecabezas, y el templo principal, construido con bloques más regulares. Fue a este último edificio adonde ingresamos.
La habitación, iluminada por antorchas, estaba ricamente adornada con tapices tejidos con lana de vicuña de finísima textura con guardas multicolores de animales y vegetales andinos.
Un disco de oro con la imagen de Inti, el dios sol, estaba ubicado en la pared sobre el altar de piedra enchapado en oro y embellecido con las imágenes del cóndor, el puma y la serpiente. El disco, rebosante de todo tipo de ofrendas, dominaba aquel recinto. Junto a la representación de Inti, ubicados en siete nichos, se encontraban las estatuas en oro de Cocha, el agua; Pacha, la tierra; Con, el fuego; Guatan, el aire; Quilla, la luna; Illapa, el rayo y Choquechinchay, el trueno.
Un fuerte golpe en mi estómago, propinado por uno de los soldados, hizo que me incline ante el sacerdote que acababa de ingresar y quien con un ademán hizo que mis captores se retirasen de la habitación, salvo dos que quedaron de guardia dentro del recinto.
Cuando la puerta se cerró detrás de mí, el sacerdote dijo en español:
—Ha visto papito que le dije la verdad. Lo que ha visto y verá, jamás hombre blanco ha visto.
De inmediato reconocí la voz de Yupanqui, quien vestía una túnica blanca de algodón, ceñida por una faja multicolor y bordada con hilos de oro, sobre la cual descansaba una manta de lana de vicuña, y calzaba la típica sandalia andina de cuero dorado con polvo de oro. Cubriendo su cabeza, un reluciente casco de oro adornado con la representación de Inti incrustado en él y dos plumas de cóndor.
—Tienes razón desgraciado... Te voy a... —dije, intentando abalanzarme sobre el sacerdote cuando los dos guardias lo impidieron.
—Cálmate, papito... Y disculpa los inconvenientes sufridos al momento. Es que si te decía la verdad nunca me hubieses creído —dijo, indicando a los guardias que me soltasen.
—Y todavía no lo creo. Es más, estoy convencido que he sido secuestrado y estoy siendo en este momento el hazmerreír de miles de personas en algún reality show de algún canal de televisión.
— Estás equivocado. Has viajado desde una tierra remota en la cual infinitas veces Inti ha mostrado su rostro ascendiendo desde el horizonte y otras tantas se ha ocultado detrás de él.
—Mira, Yupanqui, no soy un niño y los viajes en el tiempo son imposibles.
—Mi verdadero nombre no es Yupanqui sino Huilca-Uma y esto no es una broma. Has viajado al Imperio del Tahuantinsuyo y nos gobierna con sabiduría el Inca Titu Cusi Yupanqui (9).
Aunque toda aquella situación parecía una broma muy bien montada y la información sacada de Wikipedia, la sinceridad del sacerdote y el entorno que me rodeaba, sumados a las magulladuras en mi cuerpo por los golpes de los soldados, me convencieron.
—Si esta ciudad es parte del verdadero Imperio del Tahuantinsuyo (10), ¿qué o quién me trajo hasta aquí?
—El gran Wiraqocha te ha enviado para que, como cronista que eres, escribas la verdad de esta tierra ocupada por los hombres del Wiraqocha Francisco Álvarez de Toledo (11) venidos en sus naves desde más allá de la salida del sol.
— Es difícil creer que he viajado a través del tiempo y mucho menos confiar en aquellos que hasta ahora me han golpeado, encarcelado y arrastrado hasta sus pies por el único crimen de intentar rescatar a una niña que casi muere ahogada.
—Comprendo tu desconfianza, pero tú has de conocer bien como ha sido nuestra relación con los wiraqochas desde el día que emboscaron y encarcelaron a Atahualpa y luego de recibir el rescate establecido por su libertad, fue ejecutado. La confianza hacia tu gente se ha visto muy reducida. En cuanto a la muchacha que salvaste del río, no sé de quién hablas — respondió, aunque su rostro decía lo contrario—. Los guardias sólo te encontraron a ti saliendo de la caverna.
—Supongamos que he viajado en el tiempo y utilice mi estadía en estas tierras para escribir una novela, ¿quiere decir que puedo volver cuando yo lo determine? ¿O estaré secuestrado hasta que Wiraqocha decida cuándo debo volver?
El sacerdote sonrió y eludiendo la respuesta, dijo:
— Nadie ha tenido nunca la oportunidad que Wiraqocha te presenta. Aprovéchala y volverás a tu época cuando sea el momento. Ahora debes irte. Se te alojará en una de las viviendas de la ciudad hasta que sea el momento de emprender tu viaje a Hatun Vilcabamba (12). En ella encontrarás un uncu (13), un par de usuta 14 y algunas yacoya (15) que he ordenado se te provean. Mañana se enviará un chaskiq (16) a nuestro Inca, comunicándole de tu presencia; mientras esperas realizarás las tareas que se te asignarán, con las cuales podrás realizar tus crónicas.
El sacerdote dio unas indicaciones en quechua al guardia y este, sin golpearme aunque con recelo, me acompañó a una de las viviendas de la zona sur de la ciudad, cercana a la entrada de la misma.
La vivienda seguía el clásico estilo arquitectónico del Tahuantinsuyo: muros de piedra bien pulidos, ligeramente inclinados, con junturas perfectas entre bloque y bloque y exentos de ventanas salvo las tapiadas, que de forma trapezoidal servían de alacenas y guardarropa. El techo con caída a dos aguas, estaba sostenido por fuertes vigas de quinua sobre las cuales reposaban cañas y sobre ellas paja. Vigas, cañas y paja, estaban sujetos a salientes de la pared en su parte superior con sogas hechas de lana de alpaca.
Poco a poco me fui acostumbrando a la poca luz proveniente de la puerta de entrada y pude notar que sobre el piso de tierra apisonada se hallaban un par de ollas, una vasija grande de cerámica y una tinaja con chicha (17), junto a una piedra que hacía de banco. Un poco más allá se encontraba una estera o especie de alfombra de agave y sobre ella un cuero de llama.
En una de las ventanas falsas, se encontraban dobladas las mantas y las vestiduras a las que hizo referencia el sacerdote.
Con mis ropas sucias y rotas, decidí reemplazarlas por aquellas que me habían dejado, aunque no tardé en descubrí que me quedaban cortas, por lo que opté por conservar mis pantalones y ropa interior.
Cuando el sol estaba en su punto más alto, un soldado me trajo dentro de un plato de bordes altos un trozo de carne asada de alpaca con papas cocidas y una mazorca de maíz de enormes y dulces granos.
El día transcurrió sin sobresaltos y a pesar que se me permitía salir de mi nuevo "hotel de 5 estrellas", las miradas amenazantes de los guardias eran más que suficiente para que mis paseos por la ciudad se limiten al área donde residía, observando alguno que otro perro andino, de color negro y casi totalmente desprovisto de pelaje, las viviendas de los trabajadores, sus corrales con gallinas, patos y pavos y de lejos el templo del sol y el Inkahuasi (18).
Llegada la noche, resignado y esperando que toda esta mágica experiencia fuera producto de algún extraño sueño, me recosté sobre la estera y me cubrí con las mantas, sobre estas coloqué el cuero de alpaca ya que la temperatura había bajado considerablemente.
Poco antes de conciliar el sueño vino a mi mente la imagen de la misteriosa joven a quien salvé la vida. ¿Quién sería? ¿Por qué Huillca Urna negó su existencia?
El bullicio propio de un pueblo que se dispone a ir a trabajar, acompañado por ladridos de perros, cacareo de gallinas, el trinar de aves y el sonido de quenas me despertó.
— ¡Oh no!... Sigo dormido —exclamé para mis adentros al abrir los ojos y constatar que todo seguía tal cual como cuando me dormí el día anterior.
Infantilmente, volví a cerrar los ojos y a tapar mi cabeza con una de las mantas, cuando sentí un leve puntapié en las costillas.
Parado junto a mí se encontraba un soldado, que tras entregarme una hogaza de pan circular de casi veinticinco centímetros de diámetro y una bolsita de cuero que contenía hojas de coca (19), me indicó que lo siga.
El caminar por aquellas estrechas callejuelas cruzándome con los súbditos del Tahuantinsuyo me hizo recordar a Los viajes de Gulliver de Jonathan Swift, ya que con mi metro ochenta estaba unos treinta centímetros por encima de la media de aquellos sorprendidos ciudadanos quienes cuchicheaban y bromeaban señalando mi atuendo.
Tras cruzar nuevamente toda la ciudadela en dirección norte, nos dirigimos al Huayna Picchu.
 
 
NOTAS
1. Quechua: Red de caminos por donde transitaba el Inca conocido vulgarmente como caminos del Inca.
2. También denominado chullu o chullo es el típico gorro andino con orejeras.
3. Quechua: donde se amarra el Sol.
4. (19 de noviembre de 1875-6 de junio de 1956) fue un explorador y político de los Estados Unidos que dio a conocer al mundo las ruinas de Machu Picchu.
5. Decir papá o mamá a las personas aunque no sean los hijos es un modismo utilizado normalmente en Perú hoy en día.
6. Dios supremo del panteón tahuantinsuyo. Sin embargo, en este caso el autor hace referencia al modo en que también llamaron a los españoles. Cuando los habitantes del Imperio tahuantinsuyo vieron por primera vez a los hombres de Pizarro, al ver que eran blancos y de cabellos rubios, pensaron que se trataba del mismísimo Dios.
7. Terminología aplicada para obligar a salir.
8. La queuña, árbol de la familia de los arrayanes, es uno de los árboles más resistentes al frío en el mundo. Algunos de ellos llegan a desarrollan por encima de los 5.200 metros sobre el nivel de mar.
9. (1529-1571) Hijo de Manco Inca Yupanqui, se convirtió en el penúltimo Inca gobernante de Vilcabamba. Coronado en 1563, gobernó hasta su muerte. “Quechua: Tawantin suyu, «las cuatro regiones o divisiones». Se llamo así al imperio, gobernado por el inca desde Cusco, que estuvo subdividido en cuatro suyos: el Chinchaysuyo (Chinchay Suyu) al norte, el Collasuyo (Quila Suyu) al sur, el Antisuyo (Anti Suyu) al este y Contisuyo (Kunti Suyu) al oeste.
11. (1515-1582) Fue un aristócrata y militar de la Corona de Castilla y quinto
Virrey del Perú.
12. Última capital del Imperio Tahuantinsuyo. Si bien algunos historiadores creen que los restos de esta ciudad son las ruinas conocidas con el nombre de Espíritu Pampa, el profesor de la Universidad Complutense de Madrid, Dr. Santiago del Valle Chousa, cree haberla descubierto recientemente en la zona del nevado Choquezafra, entre los valles de Lugar grande y Choquezafra y las montañas circundantes. Esta ubicación es la que se tomará en esta novela.
13. Quechua: Túnica corta similar a una camiseta larga.
14. Quechua: Sandalia
15. Quechua: Manta.
16. Quechua: También conocido como chasqui significa el que recibe y entrega (mensajero).
17. Bebida alcohólica que resulta de la fermentación del maíz en agua azucarada.
“Quechua: Inka = Inca, Wasi = casa, "casa del Inca"
19. La hoja de coca, procedente de un arbusto andino del mismo nombre, es utilizado desde tiempos inmemoriales como analgésico y energizante. Es gracias a estas hojas, de forma de elipse y del tamaño del dedo pulgar, que las personas que provienen del llano pueden sobrellevar los males provocados por las alturas. En la actualidad mediante un proceso químico se obtiene la droga llamada cocaína.