lunes, 2 de noviembre de 2026

Y seguimos contando

 

 

Hoy, 02 de noviembre de 2026, a las 5:55 de la mañana, el sol me verá comenzar a dar mi vuelta 60 a su alrededor.

Recuerdo que, hace unas cuantas vueltas atrás, por el año 1975, pensaba que mi abuela, mi Omi, era “vieja” y que por “coqueta” se molestaba y respondía con su famosa frase “viejos son los trapos”. También, por la misma época, miraba embobado a Linda Carter y a Ornella Mutti, de 24 años y 20 años respectivamente y me parecían diosas del olimpo. En fin, como cantaba la negra Sosa “Cambia, todo cambia…” y después de 51 vertiginosos giros alrededor de Ra y, con los lentes que otorga Cronos, veo a mujeres de la edad de aquellas diosas como si fueran mis nietas y en cuanto a los sexagenarios… Bueno, son jóvenes con algunas primaveras acumuladas, pues como decía Albert Einstein, el tiempo es relativo y la perspectiva que uno tiene de las cosas cambia a medida que este va deshojando el almanaque.

Hoy otra hoja del almanaque cae junto a sus antecesoras, y juntas forman una historia en la cual siempre estuve acompañado por poderosos gigantes, quienes, de pequeño, me protegieron, se acercaban dándome caricias, besos, me llevaron sobre sus hombros, leían sobre antiguas civilizaciones y desaparecidos animales. Fue con estos gigantes, a los que llamé mamá, papá, Omi, Opi, abuela Julia, Abuelo Miguel, Tante Graciela, profe Margarita…, junto a quienes crecí y viví una época extraordinaria, en la cual, he visto al hombre pisar el suelo lunar, también acompañado de mi abuela, ver en un cine de Mar del Plata, el estreno de Superman. Vi caer el muro de Berlín y las torres gemelas, escuché música desde un reproductor de casetes, desde uno de CD y desde un lector de MP3. Vi como el viejo y voluminoso televisor a válvulas, en blanco y negro, se transistorizó y “adelgazando” se transformó en los modernos TV COLOR de pantalla extrafina. Hice las tareas escolares con una lapicera fuente y con tinta china sobre papel sulfito calqué mapas, fui pionero en usar el Beeper y en mi cinturón colgaba un pesado teléfono celular, vi cómo, con la rapidez de Flash el mundo analógico se transformó en digital, cómo surgió la internet, y lo que vino con esta. A medida que vivía todos estos cambios, aquellos gigantes, fueron cambiado, achicando, encorvando y, hasta a algunos, se convirtieron en polvo y viajaron a las estrellas, pero eso sí nunca dejaron, para mí, de ser gigantes y siguen a mi lado guiándome como antaño.

Si me preguntan, no me siento para nada viejo y a pesar que algunos me tratan de “Don Hernández” o simplemente “señor” con la implícita carga temporal que estos títulos acarrean, yo sigo siendo yo. El mismo de siempre, ni niño ni viejo, pero eso sí, con las mismas ganas de curiosear, viajar a lejanos países y épocas idas, montado en libros o en mi teclado, y porque no jugar juegos de mesa o ver dibujitos animados, sin importar lo que digan los demás.

Es cierto que en estas 59 vueltas no todo fue de color de rosas, también ocurrieron algunas cosas malas, pero fueron las justas y necesarias para saber apreciar la infinidad de cosas buenas que me pasaron, pasan y estoy seguro seguirán pasando en los próximos 40 años o por lo menos 39 con 364 días, por eso de que “no hay mal que dure 100 años”… ¿Quién sabe?, capas en 2066, y vaya a saber por qué medio, cuando “el joven yo” me diga que soy viejo, con una sonrisa, y recordando a nuestra Omi, le responderé:

“Viejos son los trapos”

 

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