Cuentos en el blog

sábado, 21 de abril de 2012

Se conocen ganadores de concurso literario

Un certamen literario dio a conocer ayer a los ganadores en las categorías de poesía, cuento y ensayo. Hubo muy buena participación, lo que fue ponderado por los miembros del jurado. Los premios son en efectivo, de dos millones para cada primer lugar.
Alejandro Hernández, doctor Antonio Moreno Ruffinelli, Lourdes Espínola, Osvaldo González Real y Eduardo Nakayama. / fotografía: abc color

En el marco del concurso de poesía, cuento y ensayo convocado por el Grupo General de Seguros, se dio a conocer ayer a los ganadores del certamen en las tres disciplinas, en una reunión en el que participaron los miembros del jurado, un representante de la empresa patrocinante y de la Sociedad de Escritores del Paraguay, gremio que organizó el certamen.

Estuvieron presentes Lourdes Espínola, presidenta de EPA (Escritoras Paraguayas Asociadas), el doctor Antonio Moreno Ruffinelli, por la Academia Paraguaya de la Lengua; el profesor Osvaldo González Real; Eduardo Nakayama, gerente comercial del Grupo General, y Alejandro Hernández y von Eckstein,secretario de la SEP.
El doctor Moreno Ruffinelli expresó su satisfacción al comentar y ponderar la buena cantidad de participantes en el certamen (22 en cuentos, 20 en poesía y 9 en ensayo). Dijo que esto demuestra la inquietud que hay en el ambiente literario y que eso los ponía muy feliz como miembros del jurado. Agregó también que este hecho es muy auspicioso y que la calidad de los participantes fue muy alta.
El primer premio en poesía correspondió a Ariel Vera, con su seudónimo Justiniano; el segundo lugar, a Gabriel Ojeda, con “Anónimo”, y el tercer premio, a Ana Victoria Paredes de Oliva, una escritora de Villa Hayes.
En la categoría de cuento, la ganadora es Patricia Sabatino de Ortiz; el segundo puesto es para Hugo Ramón Areco, y el tercer premio, para Cinthia Mariela Cañete.
En ensayo resultó ganador Lourdes Rojas; el segundo quedó José Luis Méndez, y tercero, Hermes Ramos Dávalos.
Fuente:ABC Color 21/4/12

domingo, 8 de abril de 2012

El secreto de la biblioteca(Cuento)


A pesar que el sol brillaba esplendoroso sobre el cielo azul intenso, la calle estaba casi desierta y el frió del repentino otoño se hacia sentir en el rostro.
Los árboles habían sido despojados de su vegetal ropaje dejando a sus pies y en los serpenteantes camineros de la plaza del pueblo, adornados con arbustos de rosas salvajes, una multicolor alfombra que contrastaba con el blanco y helado pasto.
Jorge, cruzó la plaza pedaleando en su bicicleta azul con todas sus fuerzas, resoplando como si de una humeante locomotora se tratase,levantando algunas de aquellas hojas que el prematuro invierno había despojado de los robles y plátanos del vecindario.
Al llegar a la calle se detuvo, miró a ambos lados y cruzó a la vereda de enfrente donde se encontraba, como si estuviese preservada en una capsula del tiempo, el antiguo edificio de la biblioteca. Las paredes de ladrillo del centenario edificio estaban cubiertas casi en su totalidad por hiedra prolijamente podada.
Jorge cruzó el portón de hierro forjado que daba acceso al patio y se dirigió al lugar donde los escolares dejaban las bicicletas mientras investigaban.
Abrió la pesada puerta de roble de doble hoja con herrajes de bronce, aspiró el característico aroma de papel antiguo que tanto le fascinaba, y avanzó por el encerado piso de madera hasta el mostrador donde se encontraba una campanilla de bronce sujeta por medio de una larga cadena al mismo.
Jorge hizo sonar la campanilla como lo hiciera tantas veces, antes que sus padres le compraran su nueva computadora, y de inmediato se presentó una mujer de unos treinta años de baja estatura, regordeta, aunque no obesa.
  • Buenos días Jorge- dijo la mujer- ¿Que te trae por aquí tan temprano?
  • La profe Margarita me pidió que hiciera una investigación sobre el día del libro.
  • ¿Todavía da clases la Profesora Margarita?... Debe tener...
  • Como mil años...lo se... tanto que pudiendo investigar sobre el tema por Internet me dijo que me lo prohibía y que antes de hacer la tarea lea cada una de las palabras de estos libros-dijo el niño, entregando un papel con los códigos de tres libros.
La bibliotecaria sonriendo respondió:
  • Todavía recuerdo cando era estudiante y estos salones se llenaban de alumnos haciendo sus tareas. Lamentablemente Internet ha convertido a esta y a muchas bibliotecas en museos. Tu profesora es de la vieja escuela y tengo la seguridad que conoce el código de cada libro de este lugar... Si te diera el nombre de seguro podrías hacer el trabajo por Internet. Dejame ver que libros te ha asignado...
La mujer tecleó los códigos en su computadora y al ver a que títulos correspondían dijo con el rostro serio:
  • ¿Estas seguro que son estos los códigos?
  • Si, claro, ella misma escribió en ese papel.
  • Son libros muy antiguos y no están en Internet... Muy pocas personas tienen acceso a ellos...pero si la profesora Margarita te autorizó a trabajar sobre ellos... Ven sígueme.
    La bibliotecaria, seguida por Jorge, ascendió las escaleras de mármol que llevaban a la planta alta , custodiada por varias cámaras de seguridad. Se acercó a uno de los estantes y al mover uno de los libros, se abrió una puerta oculta que daba acceso a una pequeña habitación.
  • Wau, !como en las películas!- dijo Jorge asombrado.
Las paredes de la habitación secreta, del piso al techo, estaban cubiertas por completo de libros quedando apenas espacio para un pequeño escritorio con una lampara, una silla y una escaleras con la cual acceder los volúmenes de los estantes más altos.
  • Aquí tienes- dijo la mujer luego de apartar tres grandes volúmenes encuadernados en tela-. Ten mucho cuidado que son muy antiguos y el papel se ha vuelto frágil.
Jorge colocó los libros sobre el escritorio, se sentó y abrió al azar uno de los volúmenes.
  • Pero...esto es un diccionario...un muy viejo diccionario. Estoy seguro que aquí faltan muchas palabras que podría encontrar en Internet. ¿Para que debo leer todo un diccionario?
  • Tal vez sea para entender algunos términos de los otros dos libros. Solamente leyendo lo sabrás. Si lo necesitas, puedes utilizar cualquier libro de la habitación menos aquel gran volumen azul que se encuentra allí arriba- recomendó la bibliotecaria con una misteriosa sonrisa mientras salia de la diminuta habitación.
    La profesora Margarita, mujer de edad indefinida, cabellos blancos y penetrantes ojos azules, era extremadamente estricta en sus clases, tanto que algunos la habíamos apodado la Gorgona, debido a que como aquel ser de la mitología griega cuando nos miraba al rostro, y pedía que pasemos al frente a exponer la lección, nos transformábamos en piedra.
    En toda la escuela no había alguien tan exigente, lo que nos disgustaba ya que nunca parecía estar conforme con el esfuerzo que hacíamos.
El día anterior, luego de clases, se acercó a mi y devolviéndome corregido un examen que había realizado hacia unos días me dijo:
  • Mañana se conmemora el día del libro y quiero que prepares un discurso para leerlo delante de todo el alumnado.
  • Pero profe… ¿por qué yo? No soy bueno con los discursos…ni las redacciones…si no me cree pregúntele a la profesora de castellano…
  • No necesito preguntarle a nadie…Soy tu profesora y debes obedecer. Entregale a la bibliotecaria de la biblioteca pública estos los códigos que corresponden a los libros que quiero que estudies para hacer tu trabajo.
  • ¿Biblioteca?...¿Porque no me da los títulos y los busco en Internet?
  • ¡Nada de Internet! Se que puedo parecer dictatorial y que los psicólogos podrían decir que me esto te causará serios traumas cuando crezcas, lo que no creo…sin embargo, como dijeron unos viejos amigos si realmente quieres tener una experiencia que te cambiará la vida lee un libro, y tú no leerás uno...sino que cada una de las palabras de tres libros. Luego de terminar de hacerlo escribirás el discurso del que dependerá la nota de este mes.
  • Y bueno empecemos...Todo sea para no hacer enojar a la Gorgona. Cuanto antes termine de leer todo esto antes estaré en casa viendo televisión-dijo el niño mientras abría otro de los volúmenes.
    El segundo volumen no era otra cosa que una enciclopedia universal que contenía fragmentos de obras literarias de famosos escritores de la historia de la humanidad. Decepcionado decidió abrir el tercer libro, que no era otra cosa que un libro de gramática.
  • !Que aburrido¡ ¿Que tienen estos libros de interesante que no pueda encontrarse en Internet? Y lo peor de todo que tendré que transcribir a mano toda la información en ves de hacer un simple “copie y pegue”
    Contrariado abrió su cuaderno cuando se le ocurrió lo que creía sería una brillante idea.
    Que sentido tendría hacer la tarea en la biblioteca si la podía hacer cómodamente en su casa., total ya sabia de que se trataban los libros.
  • Me quedaré un rato para que nadie sospeche y luego volveré a casa y haré la tarea con mi computadora.
    Para no aburrirse mientras esperaba, abrió su cuaderno y comenzó a escribir una historia de alienigenas y platillos voladores, similar a las que tanto detestaba su antigua profesora de literatura. Tal vez haya sido ese rechazo el motivo por el cual las escribía.
    Una vez que finalizo su historia, miró la hora y se percató que solo habían transcurrido quince minutos.
  • Nadie me creerá si digo que ya terminé mis anotaciones. ¿Que puedo hacer para matar el tiempo?-se preguntó mirando la parte superior de uno de los estantes, donde se encontraba aquel libro que la bibliotecaria prohibió que tocara.
    Sin dudarlo un instante colocó la escalera contra el estante y subió por ella tomando el pesado y voluminoso libro, cuya tapa había sido forrada con una tela azul desgastada por el tiempo.
  • Esto si que es interesante-dijo para él mismo.
Sin embargo, su sorpresa fue mucho mayor cuando descubrió que se trataba de un ejemplar, manuscrito, del Quijote de la Mancha.
Aunque escrito en castellano al principio Jorge tuvo dificultad al leerlo debido a algunos términos extraños para él y tachones hechos por el mismo autor. ¿Sería aquel libro el original de Cervantes? Sea como fuera al poco tiempo estaba disfrutando de aquella verdadera joya literaria.
De pronto notó que la claridad que provenía de la habitación había desaparecido por lo que desdió salir a investigar.
Para su sorpresa había oscurecido y la bibliotecaria se había olvidado de él, dejándolo encerrado dentro del edificio.
Luego de comprobar que todas las salidas estaban cerradas y que debía esperar al próximo día para ser liberado de aquella “culta prisión” desdió volver a la habitación secreta, donde al poco tiempo quedo profundamente dormido.
  • Despertad joven caballero-dijo alguien a las espaldas de Jorge.
    Sorprendido, ya que creía que no había nadie más en la biblioteca, volteó y vio a un hombre de larga cabellera, bigotes, barba recortada en forma triangular.
  • Se que estaréis extrañado al verme, como todos aquellos que son enviados por el guardián de este recinto sagrado.
  • No se de que guardián me habla, ni mucho menos por qué el sereno esta vestido como un noble español del mil quinientos. A mi me envió a hacer una tarea mi profesora de castellano y lo único que quiero es que me abra la puerta para poder irme a casa.
  • Tu has sido enviado por el guardián para que el secreto de la palabra te sea revelado y eso haremos-insistió el personaje.
  • Si no se aleja de mí le juro que le partiré la cabeza con este libro- dijo asustado el joven amenazando al sujeto con uno de los libros que se encontraban sobre el escritorio.
  • Curiosa manera de partir una cabeza...un hacha...tal vez...-dijo rascándose la barbilla el sujeto- Sin embargo... no debes temerme No soy una amenaza para ti sino alguien que te enseñará a utilizar el arma más poderosa del mundo. Es por ello que el guardián te ha enviado a nosotros. Una vez que sepas como utilizarla nadie podrá dañarte ni doblegarte.
  • ¿En este libro hay un arma?
  • En tus manos no sólo tienes una sino miles de armas, las cuales combinadas pueden ser tan destructivas como beneficiosas para la humanidad.
    Aunque en ese momento no sabia si aquel sujeto me estaba haciendo una broma o estaba loco, con curioso abrí el libro que había tomado y vi que se trataba del diccionario.
  • Mire señor… no se quien es usted. Debo hacer un discurso por el día del libro. Si no lo hago no habrá arma en el universo que pueda contra mi profe.
  • Pero que descortés he sido…no me he presentado mi nombre es Miguél de Cervantes Saavedra, para servirle…
  • Está bien Don Miqui, si realmente quiere servirme, me gustaría que me ayude con el discurso-dije burlonamente, entregándole mi cuaderno y un bolígrafo.
  • Lo veo decepcionado caballero.
  • ¿Y no debería estarlo? Estoy encerrado en la biblioteca, no se ni por donde empezar en mi tarea y usted me viene con el cuento que este simple diccionario es un arma super secreta
  • ¿Simple diccionario? El mayor poder del mundo se encuentra encerrado en estas hojas… No comprendo como el guardián le ha permitido la entrada a este recinto si no se da cuenta de la diferencia.
  • Vuelvo a decirle por milésima vez no se de que guardián esta hablando y me han enviado a este lugar a hacer mi tarea. Si en realidad es quien dice ser, creo que no le costaría nada escribir mi discurso por el día del libro. ¿No lo cree? Después de todo el autor del Quijote no tendrá dificultad en escribir una tarea escolar-dije con disgusto.
  • Dígame caballero, ya que ha tocado el punto. ¿Usted cree que si los sabios de esta época no hubieran considerado la peligrosidad de la utilización de las combinaciones de las palabras le hubieran dedicado un día?
    Cuando se habla de armas de destrucción masiva la mayoría piensa en arcabuces, ballestas, cañones, los modernos submarinos o gases tóxicos, y tantos otros artefactos inventados por personas que, estoy seguro si hubieran sabido en que terminaron sus estudios hubieran quemado todo y se hubieran ido a pescar. Sin embargo, si analizamos cual de todas ellas es la peor de todas sólo podemos llegar a la conclusión que esta es “la combinación de palabras”.
Una simple palabra dicha con la entonación apropiada en el momento indicado puede destruir más que una de sus modernas bombas atómicas.
¿Cuantas relaciones, tratos comerciales, internacionales, o amistades, han terminado por culpa de una palabra dicha, tal vez al descuido?
Hay un viejo dicho que reza: “Antes de poner la lengua en movimiento ponga su cerebro en funcionamiento”.
Una vez que la palabra fue articulada no hay vuelta atrás, aunque con el tiempo nos retractemos, la cicatriz quedará marcada a fuego en el corazón de la persona herida.
  • ¿No cree que es ser un poco rencoroso hablar de ese modo? ¿Dónde queda el perdón?
  • Lo que digo no tiene que ver con el rencor. Del mismo modo que cuando un vaso de vidrio se rompe al caerse al suelo, podemos pegarlo con algún pegamento para vidrio, pero aunque vuelva a servir para contener líquidos podrán verse sin dificultad las cicatrices de la caída.
Podemos “pegar el cristal” que hemos quebrado con nuestras palabras disculpándonos, pero nunca la relación quebrada volverá a ser la de antes.
El poder que emana de las palabras y su articulación debe ser manejado con sumo cuidado es un hecho. Apenas escritas o pronunciadas, las palabras tienen un efecto, un impacto que puede ser tan beneficioso como un medicamento tomado a tiempo, o tan dañinas como uno que a sobrepasado su fecha de vencimiento. Todo depende como se digan y la intención al pronunciarlas o escribirlas. Si no me cree lea como fueron utilizadas por un indio llamado Gandi y por un austriaco llamado Hitler.
  • Es muy cierto lo que usted dice caballero- dijo un individuo de rojizos bigotes y barba bien recortados.
    El nuevo interlocutor, aparecido de la nada como el anterior, poseía una amplia frente, aumentada por la calvicie que trataba de ocultar con los rojizos cabellos que crecían abundantemente sobre las sienes y parte trasera del cráneo, vestido con un traje gris y cuello negro de finales del siglo XIX.
  • Si prosigue con su plática señor, acobardará a nuestro novel escritor.
  • ¿Escritor? Pero si yo no soy escritor...Apenas escribo locas historias para divertirme, divertir a mis compañeros y fastidiar a la vieja de literatura del año pasado.-respondió riendo de buena gana.
  • Cuando tenia su edad pensaba igual que usted, sin embargo hoy mis libros se leen en todo el mundo... ¿Ha leído David Coperfiel?
  • He leído ese libro una decena de veces... Espere un momento... si aquel sujeto dice ser Cervantes entonces usted me dirá que es...
  • Charles Dickens, para servirle caballero. Pero no hemos venido a hablar de mi sino de ti mi joven escritor.
  • No comprendo que me está ocurriendo ni como puedo estar hablando con ustedes... pero lo que si tengo bien en claro es que no soy un escritor. Me gusta inventar historias pero tengo muy mala ortografía. Nunca podre ser un escritor. !Jamás podre ser como ustedes¡
    Cervantes sonrió y sin abandonar su hidalga postura, dijo:
  • El guardián de este sagrado recinto te ha enviado porque sabe que tienes en tu interior el germen del escritor aguardando hacer ecloción.
  • Ah, ahora recuerdo cuando me abducieron los alienigenas y me insertaron el chip del escritor- respondió el joven cínicamente.
  • Cada individuo nace con la habilidad de hacer “algo” determinado, un don que lo diferencia de los demás-interrumpió Dickens sin hacer caso a las palabras del Jorge.
  • Ese don puede dejarse dormido y desaprovecharlo o puede ser canalizado en favor de la comunidad. De usted depende que hará con ese don pero una vez que decida no habrá paso atrás -acotó el escritor español- . En todos estos años he visto he visto muchos como usted, que por vergüenza debido a sus faltas ortográficas, sintácticas o simplemente por temor de lo que se dirá de ellos, privan al mundo de maravillosos textos, relatos o poemas, muchos de ellos verdaderas joyas en cuanto a la expresión de sentimientos u originalidad. Relatos que a más de uno nos ha sacado una sonrisa pícara debido a su sensualidad o, tal vez, han hecho que una lágrima ruede por nuestra mejilla debido a los sentimientos expresados.
  • Pero la profesora de literatura del año pasado me decía que mis cuentos eran demasiado fantasiosos y plagados de faltas ortográficas y carentes de estructuras, que era mejor que dejara de “hacerme el escritor”.
  • Lamentablemente ese es el problema de muchos que están de profesor pero no lo son. El verdadero profesor debe transmitir sus conocimientos, guiar e inclusive exigir como lo ha hecho con tigo el guardián de este recinto sagrado, pero nunca cercenar o destruir por completo el germen latente de su alumno. Por otro lado, lo que expresó esa mujer es simplemente su opinión.¿Cual es la suya mi joven amigo?¿Cree justo privar al lector de sus textos, cuyas fallas se deben a que al escribirlos primo el arrebato y la pasión antes que a el culto al idioma castellano? ¿Cree acaso que un escritor debe dejar de escribir hasta el momento en que lo haga con la gracia, estilo y pulcritud de un Premio Nóbel de literatura? ¿Cree acaso que nosotros u otros como Shakespeare, Neruda, Cortazar, Roa Bastos, Vargas Llosa, Benedetti y tantos otros genios de la literatura, jamás tuvieron, como diría usted, alguna metida de pata ortográfica, sintáctica o morfológica?Le puedo asegurar que sí las tuvimos...Nadie es infalible.
  • ¿Entonces ustedes dice que debo olvidarme de las reglas de gramática, sintaxis, etc y escribir como se me de la gana?
  • !De ninguna manera¡-dijo indignado Cervantes-. Nunca debe dejar de esforzarse, capacitarse y tratar siempre de dar lo máximo de sí, no por los demás sino por uno mismo ya que con el tiempo se dará cuenta que la peor critica a nuestro trabajo vendrá de nosotros mismos.
  • Es que yo trato y leo mucho...de verdad... pero cuando escribo es como que se hubiera caído un tarro de cloro en la tinta de mi cerebro.
  • Mira muchacho- dijo Dickens- generalmente cuando escribimos no lo hacemos con el cerebro, cuya estructura matemática y lógica repite, archiva y des archiva toda la información recibida en las tediosas clases de castellano, sino que lo hacemos con el alma, la cual al parecer bloquea esta rigidez puntillosa en los arrebatados momentos de inspiración.¿El resultado? El lector lo juzgara. Tal vez, un manto de invisibilidad emanado de la ingeniosidad del relato caiga sobre sus imperfectas y haga que el lector quede atrapado en un mundo perdido en las brumas del espacio y el tiempo haciendo que pueda emocionarse, divertirse y porque no compartir conceptos.
    También puede ocurrir que el lector, como la profesora que nos comentaste, al ver las imperfecciones simplemente se rasgue las vestiduras y se aleje de este y otros tantos sacrílegos textos.
  • Un escritor dijo una vez: “Para el que tiene el don de la escritura, escribir es obligatorio, mientras que la lectura del texto escrito es una decisión que el lector debe tomar” Esto quiere decir que no debemos reprimirnos y mucho menos dejar de expresarnos privando a las personas lo deseen, leer una obra que aunque con algunas fallas puede llegar a emocionar, divertir y porqué no deleitar.
  • ¿Y si mis escritos realmente fueran malos como dice mi profesora?
  • Una vez, mientras estaba en el mundo de los mortales dije:”Nunca sabe un hombre de lo que es capaz hasta que lo intenta-sentenció el escritor ingles- Además no debes quedarte con la primera opinión, tanto si fuera positiva o negativa. Si no me crees averigua cuantas veces las editoriales han rechazado obras que tiempo después se convirtieron en celebres.
  • También debes recordar que, aunque todos digan que tu obra es mala, hasta del texto más malo del mundo se puede obtener alguna conclusión positiva- acotó Cervantes.
  • !Despierta dormilón!-dijo la bibliotecaria quien se encontraba de pie junto a Jorge leyendo su cuaderno.
  • Ya es tarde, casi me olvido que estabas aquí arriba...pero por lo que veo has hecho un excelente discurso... En especial lo que se refiere al valor de las palabras y el derecho a utilizarlas con responsabilidad para el bien de la comunidad. La profe Margariita quedará encantada. De seguro tendrás la mejor nota y te lucirás ante tus compañeros y el profesorado.
  • Pero...si todavía no hice nada...estuve conversando con... unos amigos sobre el valor de las palabras-dijo Jorge desperezándose.
  • Tienes una fértil imaginación Jorge, y eso se nota en tu escrito... Pero estuviste solo toda la tarde. Nadie entro ni salio de este cuarto, los hubiera visto por el monitor de seguridad.
    Desconcertado y sin recordar como había realizado la tarea y mucho menos como se había quedado dormido, cerró los tres libros que se hallaban abiertos sobre el escritorio y los devolvió a la bibliotecaria.
    La mujer luego de guardar los volúmenes acompaño al joven a la salida y se despidió diciendo:
  • Espero verte pronto por aquí de nuevo. Enviale muchos saludos a la profesora Margarita.
    El sol comenzaba a caer sobre el pueblo y la temperatura comenzaba a bajar, aunque Jorge era ajeno a todo ello ya que ocupaba su mente en aquel fantástico sueño y en particular en las palabras que le dijera el fantasma de Dickens: “Escribir es obligatorio, mientras que la lectura de él es una decisión que el lector debe tomar”.
    Un terrible deseo de expresarse se apoderó de él. Miles de historias, como un torrente incontenible, buscaban impetuosas salir a la luz. El germen guardado en el interior de Jorge había echo eclosión y ya nadie lo podría detener jamas.

sábado, 17 de marzo de 2012

El conductor (Cuento)


Los rayos del sol caían con fuerza sobre el mercado donde centenares de  casillas, construidas en su mayoría con chapas de zinc se apiñaban sobre veredas y gran parte de las calles transformadas en estrechos senderos de asfalto a punto de derretirse.  El aire, mezcla hirviente de los olores de restos orgánicos en putrefacción y agua servida, era casi irrespirable y producía una sofocante y sensación de quemazón en la garganta y pulmones al inspirarlo.
Salvo los ómnibus y algunos  automóviles de lujo que  pasaban por la gran avenida, que dividía al mercado en dos, pocos se atrevían a aventurarse a recorrer aquel lugar.
-          Abel, ¿Estas loco? ¿Acaso pretendes morir de insolación?- dijo doña Nicasia a aquel hombre, de cuarenta años, desalineado y totalmente empapado en sudor que llevaba sobre su carretilla una decena de cajas de naranjas apiladas.
-          ¿Morir?... ¡mal no me vendría!-dijo con amargura el hombre mientras descargaba uno de los cajones y lo colocaba sobre el improvisado mostrador hecho con tablas y caballetes.
-          No llame a la muerte que ella puede oírlo y venir a buscarlo -dijo la rolliza mujer, luego de sacar de entre sus pechos un rollo de billetes y abonarle por la mercadería.
Abel no respondió. Se limitó a hacer un remedo de forzada sonrisa, contó el dinero, lo colocó en su bolsillo y prosiguió su camino por la despareja vereda cubierta, en parte, por restos de baldosas y cascotes.
-          Mi mala suerte es tan grande que ni la muerte desea acercarse a mí- se compadeció a si mismo para sus adentros- ¿Quién diría que llegaría a esto? Hace diez años lo tenía todo y ahora estoy vendiendo cajas de naranjas bajo este sol infernal.
Un bocinazo seguido de una frenada brusca y el ruido de metal y madera al golpearse bruscamente lo sacaron de su ensimismamiento.
-          Es lo que siempre digo, sólo la desgracia me persigue –dijo mirando su carretilla destruida y las naranjas desparramadas y aplastadas contra el calcinante asfaltó de la avenida por los automóviles que pasaban raudamente sin siquiera detenerse a mirar.
-          Bueno, no hay nada que hacer. Aquí se acabó mi día… y mi trabajo.
Subió al primer autobús que paró junto a él, percatándose que llevaba solamente un par de pasajeros, a pesar de que a esa hora debería estar repleto.  
-          Hasta la Terminal por favor.
-          ¿Está seguro?... ¿Usted sabe donde queda la última parada de este transporte?
-          Me da lo mismo. Nadie me espera en ningún lado de este mundo… cualquier lugar es bueno…y más lejos mejor.
-          Está bien… pero no tengo para darle su vuelto así que siéntese detrás mió y cuando vea que tengo para su vuelto me avisa.
Abel obedeció al conductor y se quedó contemplándolo por varios minutos por el espejo.
De edad indefinible y blancos cabellos, el conductor, era tan delgado que casi podían verse sus huesos. Pero lo más llamativo de aquel hombre eran sus profundos y negros ojos, carentes de expresión.
-          Por lo visto conoce bien las calles, hasta ahora no he sentido ninguno de los baches que las hacen casi intransitables-dijo Abel al extraño conductor intentando entablar conversación.
-          Así es…hace mucho tiempo, mucho antes de que estas existieran como tales.
-          ¿Y no se aburre?
-          Es el trabajo que se me asignó… aunque le mentiría si le dijera que no me molesta que las personas, a pesar de temerme, igualmente desean viajar con migo cuando no es su hora.
-          Disculpe…no comprendo… ¿qué quiere decir?
El conductor no respondió y siguió su camino con la vista al frente.
Una cuadra después se detuvo para que abordaran dos mujeres, un perro y a un gato quienes se acomodaron en el fondo del vehiculo junto a los otros pasajeros.
-          ¿No esta prohibido transportar animales en este servicio publico?- preguntó el sorprendido Abel en voz baja.
-          No se preocupe estoy seguro que a ninguno de los pasajeros les molesta además si yo no los llevo ¿Quién lo hará?...
El vehiculo siguió su errante recorrido por la ciudad hasta que uno de los pasajeros dijo:
-          Deténgase por favor ahí esta mi hermano.
El conductor miró su reloj y se detuvo abriendo la puerta del vehiculo para dejar subir al nuevo pasajero diciéndole:
-          Pase don Felipe, siéntese junto a su hermano. Estoy seguro que tienen mucho de que hablar.
El anciano sonrió y se acomodó junto a su hermano.
Abel observó con tristeza la escena. Ya ni recordaba la última vez que habló con su hermano con quien había peleado… y lo peor que no recordaba el motivo.
-          Disculpe mi impertinencia-dijo el conductor- pero lo noto triste y amargado ¿Cuál es su problema?
-          De unos años para acá el fracaso y la tristeza me persiguen y por más que lo intento me hundo cada vez más hondo en un abismo sin fondo. Todo me sale mal, todos me dan la espalda, mi vida es un asco. Fíjese, es tanta mi desgracia que recién me atropello un vehiculo y en vez de matarme sólo destruyo mi herramienta de trabajo y mercaderías.
-          ¿Nunca se ha planteado que es su actitud la que lo lleva a ser rechazado por la gente y que su pesimismo es el que atrae a su desgracia? Tal vez si cambia de actitud…
-          Le agradezco sus palabras pero no me creo eso de los libros de autoayuda. No son más que auto ayuda para los bolsillos del autor.
Para que sepa, mi vida no siempre fue así. Lo tenía todo y de pronto todo cambió. Si eso de que los pensamientos positivos atraen a la “buena onda” y el dinero nunca hubiera llegado a la situación actual. Sólo la muerte podría sacarme de esta miserable vida.
 El chofer frenó abruptamente se desabrocho su cinturón de seguridad y abriendo la puerta dijo:
-          A riesgo de perderlo como pasajero le enseñare algo. Acompáñeme:
-          Pero…¿Está loco? ¿Dejara a todos los pasajeros esperando?
-          Estoy seguro que no se enojarán - dijo el anciano levantando al atónito Abel de su asiento y conduciéndolo fuera del vehiculo.
El conductor, tomó de su bolsillo un manojo de llaves y con gran destreza abrió la puerta de la vivienda frente a la cual se había detenido el ómnibus y, una vez dentro, empujó a Abel a la cocina vacía donde se hallaba una mujer preparando el almuerzo.
-          Ya casi estoy lista para partir. Déjeme terminar de cocinar este guiso-dijo la mujer al ver al chofer.
-          No te preocupes Julia yo lo terminaré. Ve con los otros pasajeros y acomódate en el ómnibus.
-          ¿Este guapo vendrá con nosotros hasta la terminal?
-          Tal vez…
-          Es una pena, es tan joven…Pero bueno… apúrense con el guiso y no me desordenen la cocina. No quiero que mis parientes encuentren la cocina sucia- dijo la mujer cerrando la puerta detrás de ella.
-          Prueba ese trozo de carne- ordenó el chofer.
-          Pero está cruda, al igual que las demás legumbres.
-          Tienes razón, su gusto no es agradable al paladar- dijo el chofer poniendo una olla sobre el fuego- ¿Tienes hambre?...
-          No he comido en dos días…pero… y los pasajeros…
-          Ellos pueden esperar, además llegaremos a la terminal a la hora señalada.
-          No quiero que por mi culpa usted conduzca alocadamente y fuera de la velocidad permitida. Podría causar un accidente y hasta morir sus pasajeros. ¡Usted mismo podría hacerlo!
Me extraña que hable así un valiente que llama continuamente a la muerte- dijo el conductor mientras arrojaba las legumbres sobre la carne que comenzaba a dorarse en el fondo de la olla- ¿Has escuchado hablar de Hermes?
-          Sí, voté por el en las ultimas elecciones.
-          No me refiero al político-rió el conductor- sino al de la mitología griega, aquel que guiaba a las almas de los muertos hacia el submundo y se creía que poseía poderes mágicos sobre el sueño.
-          ¿O sea que era el dios de la muerte?
-          No era un dios, aunque se ha hecho creer a la gente que lo era, al igual que Anubis en la mitología egipcia. Yo prefiero decir que eran los conductores de la barca que llevaba a los seres de una orilla a otra, de un estado a otro, del lugar donde lo encontró el fin de su existencia terrena a su próximo destino.
Hace bien en pesar como lo hace, después de todo, el temerle a la muerte sería como temerle al conductor de un autobús… Mmm, este guiso quedará sabroso- dijo el chofer agregando un poco de sal al preparado que bullía en la olla de la que emanaba un delicioso aroma.
-          Disculpe… pero… recordé que… debía encontrarme con un amigo aquí cerca- hablo con voz temerosa Abel.
-          Pensé que dijo que no tenia a nadie en este mundo…No se preocupe…esto terminará pronto- respondió el conducto tomando del cajón un cuchillo de cocina de grandes dimensiones.
-          ¿Qué…que va ha hacer…con ese cuchillo?-pregunto Abel tembloroso.
-          Cortar el apio... ¿o prefiere el perejil? No hay nada mejor para agregarle un toque especial a este guiso. Vaya siéntese a la mesa que lo serviré en un par de minutos.
Abel obedeció sin decir palabra. Estaba aterrado por la actitud de aquel extraño personaje. El frió sudor recorría todo su cuerpo.
-          Un poema, delicioso-dijo el conductor mientras servia con un cucharón de madera el apetitoso potaje- Aquí tiene coma, coma.
Aprensivo, Abel espero a que el chofer comenzara a comer para hacerlo él.
-          Sabroso ¿no le parece?
-          En realidad no he comido un guiso como este en años.
-          La vida es como este guiso- dijo el conductor limpiándose la boca con una servilleta de papel- Nadie quiere comer carne y verdura sin cocinar, pero se chupan los dedos luego de que estos pasaron por unos minutos de cocción.
Así como las verduras y carne de este guiso tuvieron que pasar por el aceite y agua hirvientes para poder transformarse en este delicioso estofado, lo que usted y muchos piensan son golpes injustos de la vida, como por ejemplo, desgracias, perder un empleo o a algún ser querido, no son más que catalizadores o oportunidades, que una vez superadas, harán que se saque lo mejor de la persona, preparándola para los próximos desafíos.
Lamentablemente, como usted, la mayoría de las personas al auto compadecerse en vez de ver estos escollos como una oportunidad, lo único que hacen es deprimirse y auto compadecerse, entrando así en una espiral negativa de la cual cada vez es más difícil salir.
-          Tiene razón… pero…
-          Le daré un consejo amigo-dijo el sonriente conductor- saque de su vocabulario las justificaciones, el “si pero” y el “no porque” deben ser erradicados. Nunca piense que algo será imposible, porque al pensar así desde el vamos así será. Confié en su familia y en quienes lo aprecian, desestime las rencillas banales. Y por último focalícese en sus proyectos, sus anhelos y deséelos con toda su alma; con su corazón; con su mente; con fe en su Dios y de seguro lo logrará.
-          Es una pena que no lo encontré hace algunos años atrás…-suspiro Abel.
-          ¿No me ha prestado atención?-inquirió con el ceño fruncido el chofer-¿Quiere seguir por este camino o desea vivir la vida que usted se merece?
-          ¡Deseo vivir!
-          Eso era lo que quería escuchar… y quiere decir que no seguirá viaje en mi bus. En unos días retornará a su hogar-dijo el conductor satisfecho, levantándose de la mesa y dirigiéndose a la salida- Mis pasajeros aguardan debo irme.
-           Muchas gracias por sus palabras… y su guiso. Como usted dijo, es hora de desandar mis pasos y retomar el camino perdido… Pero dígame ¿Volveré a verlo?
-          Seguro…dentro de algunos años.
-          ¿Puedo hacerle una pregunta? ¿Cuál es su nombre?
El anciano sonrió y dijo:
-          Me han puesto tantos nombres que ya ni me acuerdo como me llamo… pero tú sabes quien soy.
El chofer cerró la puerta y Abel fue envuelto por un torrente de luz que lo hizo caer a velocidad vertiginosa, mientras a lo lejos percibía, cada vez más fuerte, sirenas y gritos de personas.
Un agudo y electrizante dolor en el pecho hizo que abriera los ojos.
-          ¡Lo tenemos devuelta!-dijo un paramédico que llevaba en las manos los electrodos de un cardiodesfibrilador- Tranquilícese señor…fue arrollado por un automóvil y lo estamos llevando al hospital… ¿Cómo se siente?
-          Vivo, y feliz de estarlo. ¡Tengo tanto por hacer!- respondió Abel sacándose la mascarilla de oxigeno que cubría su boca y nariz.
-          Tranquilícese, no se agite, estuvimos apunto de perderlo. Ha tenido mucha suerte. Al parecer la muerte no quiso venir junto a usted esta vez.
-          Se equivoca doctor... vino… y además cocinó para mí.
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viernes, 2 de marzo de 2012

El invisible del subterraneo (Cuento)


Miré instintivamente mi reloj. Eran las siete horas de una fría tarde de invierno y revisaba por enésima vez un artículo periodístico que debía presentar para el suplemento dominical.
Eché un vistazo a través de las empañadas ventanas de la oficina del periódico donde trabajaba desde más de veinte años y contemplé, por un instante, como las últimas luces del día comenzaban a ser reemplazadas por las de neón de los carteles y escaparates de la ciudad, mientras una hormigueante multitud de personas, regresaba a sus hogares después de una agotadora jornada laboral agolpándose en las paradas de autobús o en las escaleras que, ubicadas en la esquina, descendían a la estación del tren subterráneo.
El caos se apoderó momentáneamente de la ciudad. Bocinazos, gritos, insultos, transito congestionado, intolerancia, era la resultante del ánimo de aquella bulliciosa masa humana que en minutos más abandonaría a la ciudad para regresar, en su mayoría el próximo lunes.
Media hora después, envié el artículo por correo electrónico al diagramador que ansioso aguardaba para cerrar la edición, me puse mi sobretodo, bufanda, y guantes y descendí con el ascensor los siete pisos que me separaban de la planta baja.
El bullicioso caos de minutos atrás había desaparecido. Las luces de neón iluminaban las calles semidesiertas sólo habitadas por sombras de los invisibles nocturnos, indigentes y recicladores de basura, que poco a poco ganaban las calles con sus carros y voluminosos bagajes. Parias de la sociedad con vidas e historias que a nadie importaban.
Cómo de costumbre me dirigí al negocio de enfrente, intercambie saludos con el vendedor, compre un café y un sándwich de jamón y queso, y me despedí, para finalmente caminar los cincuenta metros que me separaban de la entrada al subterráneo.
Bajé las escaleras y luego de pasar por los molinetes me senté en una de las bancas a esperar la llegada del tren mientras leía las viejas noticias del diario de la mañana y bebía mi café.
El característico aroma de metal, grasa y combustible junto a una triste melodía ejecutada por un indigente, mediante una armónica, invadían el silencioso andén.
Aunque al principio no lo noté debido a que estaba concentrado en mi lectura, la música dejó de sonar.
-Disculpe, ¿no tendría algo para comer que le sobre?-dijo el vagabundo mirando el sándwich que todavía no había tocado y que se hallaba junto al vaso térmico de café, sobre la banca.
Baje el periódico y ante mí, vestido con un andrajoso sobretodo, barba y cabellos enmarañados y sucios, se hallaba un vagabundo con una de sus manos dentro del bolsillo de su abrigo.
Mis pulsaciones se aceleraron debido al prejuicioso y a veces infundado temor que todos tenemos ante este tipo de individuos y más aún cuando el sujeto sacó del bolsillo la armónica y se puso a tocar un Blues.
El mendigo, de edad indefinida y cuyo rostro me parecía conocido, tocaba de forma impecable. Fue cuando me fijé en sus manos las cuales aunque un poco temblorosas y surcadas por profundas arrugas y callosidades, denotaban haber vivido tiempos mejores.
-Tome este sándwich, buen hombre. Creo que calmará su hambre- dije cuando el hombre dejó de ejecutar el instrumento musical.
- Gracias, y disculpe la molestia pero es que debo llenar mi estomago, hoy es viernes y los fines de semana es más difícil encontrar algo con qué hacerlo- dijo el mendigo sonriendo mientras dejaba al descubierto sus tres únicos dientes.
- Sabe que… tome también el café, lo calentará un poco.
Los ojos del mendigo brillaron. Tomó con sus dos manos el vaso y bebió un largo trago.
- Gracias nuevamente… ¿Quiere que le toque otra música? Elija el tema…en estos años aprendí muchas canciones para sobrevivir: Blues, Jazz, moderno…-insistió el indigente.
- Me gustaría, pero primero beba su café. Está helando y se enfriará pronto.
- Yo no siempre viví así, si esto se puede llamar vivir… Pero es el precio que debo pagar por mis errores- dijo después de beber, sonoramente, otro sorbo luego de sentarse en la banca a mi lado.
- Hace quince años, tenia una bella esposa, un automóvil del año… ¡y de los caros!… - dijo sacando de uno de sus bolsillos un deteriorado recorte periodístico en donde se veía a un exitoso hombre de negocios recibiendo el premio del Empresario del año.
- Recuerdo esta foto, fue de las primeras que saque para el periódico donde trabajo antes de ser columnista. Era un empresario que luego de verse involucrado en un escándalo industrial nadie supo más nada de él- dije sin comprender que relación tenía aquel recorte con mi interlocutor.
El indigente al ver que no lo podía reconocer en aquella fotografía, con pesar prosiguió:
- El exitoso empresario de la foto era yo. Se que se le hace difícil reconocerme… Hasta a mí me ocurre. Lo tenía todo…y del día a la noche todo lo que había construido con tanto esfuerzo se derrumbó como castillo de naipes.
- Todo comenzó el día después que se sacara la foto- prosiguió el hombre- Me dirigía a mi oficina como todas las mañanas cuando vi a Rebeca, la mujer mas bella que había visto en mi vida. Voluptuosa y curvilínea como la que más, de cabellos rojos como el fuego, caminaba por la vereda de enfrente a donde me encontraba meneando su felino cuerpo.
De pronto, al llegar a la esquina, un ratero le arrancó de su mano la cartera y huyo.
Sin dudar, corrí esquivando a los numerosos transmutes que a esa hora se hallaban en el lugar y antes que el mal viviente pudiera darse cuenta le estaba propinando un puñetazo y recuperando la cartera robada.
Sin esperar nada a cambio, luego de entregar al malhechor a un policía, devolví el bien robado a la mujer.
Sorprendida, de inmediato me reconoció y me invitó a tomar un café.
Mientras conversábamos animadamente me confidenció, como al descuido, que estaba desocupada y que esa mañana ya había tenido dos entrevistas laborales fallidas.
De más esta decir que esa misma mañana Rebeca estaba instalada en mi despacho como mi nueva secretaria ejecutiva.
No se si fue su especial deferencia hacia mi persona, su simpatía, la eficiencia en su trabajo, su sensualidad o todo aquello junto que no pasó más de una semana antes que cayera en sus brazos…y en su cama.
- ¡Y quién no caería en los brazos de tal espécimen! Pero disculpe… no veo que tiene que ver su secretaria con que hoy este mendigando en las estaciones-dije intrigado.
- Como muchos, pensaba igual que usted. De hecho, la relación no iría más lejos que “darnos el gusto” de tanto en tanto, me decía a mi mismo.
Un par de meses, como si fuera una deliciosa droga que quemaba las entrañas, el “de tanto en tanto” se convirtió en todos los días. ¡Es que era única!
Sagaz, meticulosa y altamente profesional durante el día y un portentoso volcán en erupción por las noches. No tardó en convertirse en mi magma, el centro ardiente de mi existencia. Dependía absolutamente de ella en todo.
Pero como dice el dicho “cría cuervos que te sacarán los ojos”.
El saberse imprescindible y tener el poder y la información para serlo, hizo que se vuelva arrogante, déspota y discriminadora con el resto del personal, e incluso llegó a manipularme consiguiendo que cometa varias injusticias con mis dependientes, que hasta ese momento confiaba plenamente en mí.
Una tarde, finalmente, debido a un incidente entre mi secretaria y otra funcionaria, entre gritos, salió a la luz lo que hacia tiempo se murmuraba por los pasillos de Laboratorios Capital: Rebeca es la amante del Ingeniero Ortellado.
Al enterarse mi esposa del affaire, no tuve más remedio que despedir a la mujer quien juró vengarse. Y así lo hizo. Ni bien salió con sus cosas del edificio fue a la competencia y, a cambio de un puesto encumbrado, reveló información que hizo perder a “Laboratorios Ciudad” el liderazgo que había ostentado durante los últimos treinta años en el mercado de los cosméticos. De este modo, seis meses después, al descubrirse la fuente de la filtración de información fui despedido. Y como “pueblo chico infierno grande” ningún laboratorio ni empresa del país quiso contratarme al conocerse el escándalo. Un año después mi esposa pedía el divorcio… Y aquí me tiene…tocando la armónica por un sándwich de jamón y queso y un café- culminó el relato el hombre mientras se chupaba los sucios dedos.
La bocina de un cercano tren retumbó en el andén y seguidamente una brillante luz iluminó el oscuro túnel del subterráneo. Pronto el convoy paró en la plataforma y abrió sus puertas.
- Bueno Don Pedro debo despedirme-dije llamando al mendigo por su nombre.
- Puede que alguna ves haya sido el Ingeniero Pedro Ortellado- dijo tristemente-, hoy sólo soy un fantasma sin nombre, un ser invisible que deambula por las noches ante la indiferencia de la ciudad…
- Me alegró conversar con usted, y antes que se vaya quiero compartir algo que aprendí durante estos últimos años y que le puede ser de utilidad: Nunca olvide que el ser humano al igual que un edificio tiene ocultos, bajo su fachada y construcción, cimientos y pilares que lo sostienen como persona- dijo mientras me acompañaba hasta la puerta del tren.
El cimiento, son las tradiciones, costumbres, consejos, enseñanzas y vivencias que sus padres y familia formaron durante su infancia. De este cimiento parten siete columnas que son: El valor, coraje, fe, alegría, entusiasmo, honestidad y en ultimo lugar aunque no menos importante que los otros seis, el amor.
Cada uno de estos pilares debe estar bien equilibrado para que la persona también lo esté.
Sin tradiciones o renegando de lo que uno es, se pierde la sustentación ya que como aquel edificio sin cimientos o árbol sin raíces, al no tener como anclarse al suelo, el menor temblor lo desplomará.
Lo mismo ocurre con los pilares, todos deben estar en equilibrio, ya que la fortaleza de uno se transforma en la debilidad de los demás.
Yo tenía valor y coraje, que no dudé en mostrar al correr tras el ladrón de la cartera de Rebeca; tenía fe, alegría y entusiasmo gracias a los cuales llegué a ganarme la admiración de mis subalternos y llegar a ser el empresario del año. Sin embargo, al engañar a mi esposa, dejé de lado la honestidad lo que me hizo perder la visión del verdadero significado del amor el cual cambié por una simple relación carnal con mi secretaria.
Fue este motivo o “pecadillo” el que hizo perder la sustentación de una de las columnas de mi ser. Mi vida se resquebrajó y quedé expuesto a la manipulación y posterior traición de Rebeca que finalmente desembocó en el total derrumbe y perdida de mí reputación, de líder y esposo, que tanto me había costado alcanzar.
Hágame caso, cuide los cimientos y columnas de su vida.
Las puertas se cerraron, me senté en una de los asientos del vagón y casi de inmediato el tren se puso en movimiento.
Poco a poco el tren tomó velocidad y dejando la estación atrás, ingresó en el oscuro túnel mientras a lo lejos se escuchaba fuerte y claro el lejano y tembloroso lamento de un blues.
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sábado, 18 de febrero de 2012

Vacaciones con mi abuelo (Cuento)

Tendría unos trece años cuando, una tarde de verano, mi abuelo llegó a mi casa y me invitó a pasar unos días en la vivienda que había comprado en un lejano pueblo de la costa.
Alto, de cabellos blancos, frente amplia, ojos azules y una amplia y calida sonrisa, aunque muy reservado y un tanto frío de carácter,  siempre vestía de traje y corbata y bebía grandes cantidades de té, inclusive en los más tórridos días de verano, costumbres que yo atribuía a que había nacido bajo la bandera del lejano y frío Imperio Ruso, en un pequeño pueblo pesquero a orillas del Mar Negro.
Aunque poco lo conocía, debido a una incomprensible disputa de varios años que había mantenido con mi madre, los pocos momentos que pude compartir con él siempre se había mostrado muy cariñoso conmigo, su nieto mayor.
No niego que al principio me incomodó que, en el lugar donde pasaría los siguientes treinta días, no llegara la señal de la televisión pero la idea de ver por primera vez al mar hizo que me decida por comenzar a empacar mis cosas. Es que tenia una extraña atracción hacia, como decía una serie de la tele “una de las últimas fronteras del hombre”
Después de un largo viaje en tren llegamos con las primeras luces del día, a la mal cuidada estación del pueblo rodeada de blancos médanos fijados por la vegetación rastrera del lugar y cipreses plantados para el efecto.
En el andén, sentado en una banca de madera se encontraba un hombre vestido con un gran sombrero blanco de vaquero camisa a cuadros, pantalón de jeans y botas.
- Buenos días Don Anatolio. ¿Tuvieron buen viaje?
- Así es Fernández, le presento a mi nieto Iván.
- Encantado muchachito, me contó su abuelo que usted no conoce el mar.
- Sí, estoy ansioso por verlo… ¿Falta mucho todavía?- pregunté, pues a pesar que se podía oler el característico olor marino y sobre nosotros revoloteaban unas gaviotas, el mar todavía no podía verse.
- No se impaciente joven en unos minutos lo vera.
El hombre tomó mi valija y la de mi abuelo y las colocó, ante mis atónitos ojos, en una diligencia como las que se veían en las viejas películas de la televisión.
- ¿Esto es una broma? ¿No tomaremos un taxi?- pregunté a mi abuelo.
- Un taxi quedaría atrapado entre los medanos. Esta diligencia y el caballo son los únicos medios con los que desde el pueblo se puede llegar a la estación.
- Veo que estas vacaciones serán toda una aventura…- masculle mientras miraba a través la pequeña ventanilla cuadrada.
Después de unos pocos minutos en donde aquella diligencia se bamboleaba de un lado a otro mientras avanzaba por el ondulado terreno, mi abuelo, tocándome el hombro dijo:
- Mira. ¡El mar!
Me abalancé sobre el octogenario y observé extasiado, por la pequeña ventana del vehiculo, el más maravilloso espectáculo que hasta ese momento había visto. Extendiéndose hasta el infinito, con sus aguas negras incendiada por el sol matutino y rompiendo con furia sobre las espumosas rocas de los acantilados, estaba el mar.
- ¿Te gusta lo que ves?-preguntó mi abuelo mientras la fresca brisa impregnada de salitre acariciaba mi rostro.
- Es más grande y vivo de lo que se ve en la televisión-dije embelezado, a lo que mi abuelo respondió con una carcajada.
- ¡Más grande que en el cine!
Pronto pudimos ver “el pueblo” que no pasaba de una treintena de cabañas de pescadores.
- ¿Aquí vives? –dije desanimado, al ver la precariedad de las viviendas.
- No, yo vivo allá- dijo señalando sobre la cima del risco a un imponente faro de paredes blancas y rojas.
- ¡Vives en un faro!
- Es mejor que las casitas de madera de los pescadores, muchísimo más acogedor que una casa en la ciudad y encima me pagan por vivir en él. Sólo debo encenderlo a las cinco de la tarde todos los días.
- ¿Y quien lo encendió mientras estuviste en la ciudad?
- Fernández me ayuda en ocasiones como esta.
Junto al faro estaba la casa de mi abuelo, una pequeña vivienda con tres habitaciones, cocina con fogón y un baño. De paredes de piedra y techo de teja sostenido por gruesas vigas de madera tenia un aspecto bastante rustico aunque sólido.
Tras desempacar, mi abuelo me invitó a subir a la torre del faro a la que se accedía por una desgastada y empinada escalera caracol adosada a las paredes.
Minutos despues llegamos a la habitación de la torre, donde mi abuelo había montado su escritorio desde el cual, por una escalera de madera, se llegaba al faro propiamente dicho.
Las paredes de la habitación estaban casi totalmente cubiertas por estantes, atiborrados con libros y manuscritos, dejando solamente libre la ventana de gruesos vidrios que daba al mar. Debajo de esta se encontraba un escritorio de gran tamaño sobre el cual descansaba un samovar, una tasa de porcelana con su platillo, una vieja maquina de escribir, un tintero, varias plumas y lápices ordenados de mayor a menor y una pila de hojas blancas de papel.
- Es aquí donde paso la mayor parte del día. Mira que bella vista se tiene de aquí.
- No sabía que escribes – dije señalando la máquina- A mi me gusta escribir cuentos, aunque mi profesora dice que son demasiado fantasiosos. Es por ello que nunca suelo sacar una nota muy alta.
- No te preocupes Iván, la calificación no es importante. Si te gusta escribir fantasías hazlo. No dejes que nadie te amedrente. Recuerda que los profesores de Albert Einstein  lo trataban como un retrasado. Nunca reprimas tu imaginación.
- ¿Y tú has publicado escritos? ¿Dónde se venden?
- Nunca los he publicado. Es una diversión, un desahogo para mi viejo corazón. Toma, si quieres lee este a ver que te parece- dijo sacando de un estante uno de los manuscritos cosido a mano y encuadernado con una tapa rustica hecha con el cartón de una caja de vino.- Como podrás ver hay varias hojas en blanco, si quieres puedes escribir en ellas.
Tome el manuscrito y subimos al faro donde mi abuelo enseño la maquinaria, que funcionaba con un viejo motor de tractor.
Como era de esperar, luego de la primera semana, de la fascinación por aquel lugar pasé al tedio. Y para peor de males la abstinencia de los dibujos animados y la televisión ya se hacia sentir.
- Abuelo, ¿cómo puedes vivir aquí sin aburrirte? No hay televisión y en el cine del pueblo dan películas pintadas a lápiz- dije interrumpiéndolo mientras tecleaba con fuerza su vieja maquina de escribir- Ni caballos para cabalgar hay.
- Tienes razón, hay veces que me aburro. Es cuando bajo a la playa y me pongo a ver el mar- dijo luego de terminar la frase que estaba escribiendo.
- Pero…hasta yo que no lo conocía ya me he cansado de él.
- Es probable que sólo lo hayas mirado y no observado. Ven acércate a la ventana y observa… como cada ola es distinta una de otra, como chocan con desigual intensidad sobre las rocas. ¿Cómo puedes cansarte de ver a las gaviotas, o a aquellos cachalotes que se ven a lo lejos? Probablemente no lo comprendas, pero estoy convencido que el mar es como la vida y cada uno de nosotros somos como aquel kayak amarillo que se enfrenta a las olas, siempre de manera diferente, para aprovechar lo mejor de estas y lograr así su objetivo y no hundirse…
- Y si tú lo dices…- interrumpí aburrido.
- Hagamos una cosa, ve a jugar un rato. Yo termino aquí y si no te estás divirtiendo, bajo al pueblo y le pido a Fernández un par de caballos para cabalgar por el pinar. 
Acepté de mala gana y baje a mi habitación. Fue cuando mis ojos cayeron sobre el manuscrito encuadernado, el cual había quedado en el mismo lugar donde lo dejara el primer día.
Con el escrito bajo del brazo, descendí por un estrecho sendero a la diminuta playa que se formaba debajo del faro y junto a unas rocas comencé a leer.
No se si fue el murmullo acompasado de las olas al chocar contra las rocas del malecón, las gaviotas que revoloteaban y se posaban sobre la campana de la bolla cercana, la magia de aquel pequeño escondite o las maravillosas historias de mi abuelo en sí, pero lo que sí puedo afirmar es que fui transportado a lejanos lugares y épocas donde ocurrían situaciones con las que me identificaba, como si yo fuese el personaje de la aventura.
El estilo de escritura era sencillo y directo, aunque con minuciosos detalles. Creo que eran precisamente estas descripciones de lugares y cosas conocidas por todos lo que hacían que la fantasía deje de serlo para el lector.
Fue con este descubrimiento que comencé a escribir un cuento en las hojas que estaban en blanco.
Cuando quise darme cuenta, el sol comenzaba a caer, las olas comenzaban a iluminarse con la luz del faro y mis pies y pantalones estaban mojados debido a la subida de la marea.
- Fui al pueblo por los caballos pero, como vi que estabas entretenido leyendo, no quise molestarte- dijo el anciano mientras servia un apetitoso guiso de lentejas con papas y peperoni.
- Me gustaron mucho tus cuentos… ¡deberías publicarlos! Estoy seguro que a mis compañeros de clase les gustaría leerlos.
- Te agradezco el elogio...pero yo escribo solamente para divertirme…
- Leí una vez en una revista un reportaje que se le hizo a un escritor en donde decía que él se sentía con la obligación y el compromiso de plasmar en el papel sus sueños, transformados en poesía o historias, evitando así que se pierdan en el tiempo y el espacio- dije bostezando.
- Muy bien mi pequeño filosofo, tendré en cuenta tus palabras. Ahora termina tus lentejas y ve a dormir que mañana será otro día- dijo mientras se servia la segunda tasa de té.
Al día siguiente, luego de desayunar, devolví el manuscrito y comenté que había escrito un cuento en las hojas en blanco.
Sorprendido gratamente, mi abuelo tomó el manuscrito y leyó detenidamente mi cuento.
Al terminar, sonrió, me miró por encima de sus gruesos lentes de marco negro, se abotonó el chaleco gris de lana y me pidió que lo acompañe a su escritorio.
Ya en la habitación de la torre, me entregó otro manuscrito, un blok de hojas con renglones, un lápiz, un sacapuntas y seguidamente dijo:
- Quiero que leas estos cuentos y que escribas algunos en este blok. Luego del almuerzo los leeré y te daré mi parecer, después de esto, tú podrás decir que no te gustó de los míos. Ahora ve a la playa y ten cuidado con la marea. No quiero que te enfermes y tu madre me reprenda.
Baje a la playa, volví a acomodarme junto a las rocas, y comencé a leer y escribir hasta la hora del almuerzo, después del cual conversamos por casi dos horas. Al terminar nuestra conversación, me entregó otro manuscrito el cual terminé de leer para la hora de la cena, donde volvimos a intercambiar pareceres de nuestros trabajos hasta altas horas de la noche.
Después de completar todas las hojas de tres bloks con mis historias y leer una decena de manuscritos aquellas vacaciones, en compañía de mi abuelo y de las mágicas aventuras encerradas en aquellos inéditos cuentos, casi habían llegado a su fin.
Faltando una semana para mi regreso a la ciudad, mi abuelo, me dijo en el desayuno:
- Debo ir al pueblo. Volveré para el mediodía. Quiero que para mi regreso prepares sándwiches, hagas jugo con las naranjas que trajo Doña Carlota ayer y ensilles los caballos. Iremos de picnic al pinar.
Así lo hice, y a su regreso cabalgamos, ese y los días que le siguieron, por el extenso pinar mientras me contaba historias de cuando él era pequeño y vivía en la lejana Rusia; de cómo se escondía con una linterna debajo de la frazada de su cama para leer novelas de León Tolstói y Julio Verne; de cuando luego de haber recibido una gran tableta de chocolate, por haber ayudado a un comerciante, se cayo en un río y al salir de sus aguas la golosina, que había guardado en su bolsillo trasero, se derritió y mancho su pantalón haciendo que los que lo veían creyesen que se había hecho encima. Estas y otras tantas aventuras hicieron que el recuerdo de esa semana fuese imborrable hasta el día de hoy.
Pero como todo, el final de las vacaciones llegó y con este Fernández con su diligencia.
- Don Gutendorf,  le envía esto y le hace decir que ya hablo con su amigo ucraniano- dijo a mi abuelo entregándole un paquete de regular tamaño.
- Sabia que ese alemán terminaría a tiempo- respondió con su calida y particular sonrisa.
Subimos el equipaje y nos dirigimos a la estación del tren donde minutos después apareció resoplando la locomotora diesel, pintada de color plateado, arrastrando cinco vagones del mismo color.
- Espero que te hayas divertido en estas vacaciones.
- ¡Cómo nunca! Estoy ansioso por venir el próximo año.
- Ojala podamos repetirlas-respondió como dudando- Lo que me alegra es que hayas descubierto que tu imaginación no tiene límites y que en ti se encuentra un diamante en bruto que si lo pules debidamente, con estudio, lectura y dedicación, seguro algún día deslumbrará al mundo. Recuerda que debes analizar las críticas que te hacen. Saca de estas sólo lo que pueda servirte y haz oídos sordos a lo demás. Como dijo un sabio de la India “una gota de lodo puede ensuciar a un diamante haciendo que pierda su brillo, pero esto es sólo momentáneo. Solamente se necesita una franela para que vuelva a brillar como antes.
Volví a abrazar con todas mis fuerzas a mi abuelo, abordé el tren, y me senté junto a una de las ventanillas que daban al andén.
- Este tren va directo a la Terminal de la ciudad donde te esperará tu padre.
- ¡Gracias por todo! Realmente fueron las mejores vacaciones de toda mi vida.
- Toma, esto es un regalo que quiero darte-dijo entregándome el paquete que minutos atrás le entregara Fernández.
Rompí rápidamente el envoltorio, mientras el silbato de la locomotora anunciaba la partida, y descubrí un libro de tapa azul cuyo titulo, escrito en letras doradas decía: “Cuentos de dos generaciones”
Ojee rápidamente el volumen y ante mi sorpresa contenía impresos los cuentos que escribí intercalados con los de mi abuelo.
Antes que pudiera decir algo, el tren, que ya se había puesto en movimiento se alejaba lentamente de la estación, donde mi abuelo, con su traje gris camisa blanca y corbata azul, sonriente se despedía de pié agitando su pañuelo blanco.
Esta es la última imagen que tengo en mi mente de él ya que murió nueve meses después.
Fue la primera vez que un mayor tomó enserio mis escritos y aunque muchas personas en los años venideros criticaron mis trabajos, gracias a las palabras dichas esa tarde, estas criticas se convirtieron en trampolines que me dieron la fuerza suficiente para superarme y seguir adelante.
En el funeral, Fernández, se acercó a mi madre y luego de expresarle sus condolencias, me entregó un sobre que contenía un cheque de una editorial Ucraniana a mi nombre, como pago de los derechos de autor de una tirada de diez mil ejemplares de “Cuentos de dos generaciones”, junto con un ejemplar del libro en cuyo interior escrito en la primera hoja decía:
 Iván:
        Recuerda que, todo escritor tiene para si mismo el compromiso y la obligación de plasmar en papel sus sueños, transformados en poesía o historias, para que alguien en un futuro indefinido pueda disfrutarlos y aprender de los amores, angustias, travesuras y vivencias encerradas en esos renglones. Nunca dejes de soñar, ya que los sueños serán las alas que te llevarán hasta donde imagines. Sólo debes creer en Dios, en ti mismo, y desearlo con el corazón y con el alma.
Te quiere mucho hoy y siempre
                                              Tu abuelo.
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