Aunque el sol brillaba en lo alto, sus tímidos rayos apenas traspasaban la niebla matutina que asemejaba un frío y gigantesco edredón que cubría a la cuidad.
Andrés, un joven visitador médico, bajó del ómnibus y cruzó
la plaza, en dirección al hospital que se encontraba enfrente, sin mirar siquiera a las decenas de personas con las que se cruzaba a diario. Por su mente, como si de una computadora se tratara, sólo pasaban los rostros de los médicos a los que vería esa mañana, y la forma de crear la mejor estrategia para venderles sus productos.
Ya estaba subiendo por las escaleras de la explanada del nosocomio cuando vio, al descuido, a una mujer que llevaba un ramo de flores.
- ¿Pero cómo pude olvidarme del cumpleaños de Clara?- dijo para si mismo el joven.
Clara era la secretaria de un oncólogo de aquel hospital, uno de sus mejores clientes, y aunque al principio se había acercado a ella solamente para llegar al médico, fue él quien quedó atrapado en las redes de aquella bella mujer.
Sin pensarlo dos veces, bajó nuevamente las escaleras y se dirigió a uno de los lados de la plaza donde se hallaba un pequeño kiosco de venta de flores. Fue cuando la vio por primera vez.
Sentada en un pequeño banco de madera de largas patas, vistiendo una polera blanca, pantalón de color azul, mocasines negros, se encontraba la florista trabajando sobre un pequeño arreglo floral.
- Buenos días señorita… ¿Fría mañana no?-dijo iniciando la conversación.
- Fría pero bella. La gente pasa todo el día por la plaza y no se da cuenta de la belleza que le rodea. Mire… ¿ve la rama de aquel árbol? Observe como los rayos del sol la iluminan ¿No le parece bello?- respondió la joven con una melodiosa, dulce y cristalina voz.
En realidad era un bello espectáculo ver como los rayos del sol jugaban no sólo con aquella rama sino con cada uno de los árboles de la plaza por la que día a día pasaba como un autómata.
- Tiene razón señorita, no me había fijado- afirmó Andrés, observando más detenidamente a la florista.
La joven, como si fuera una más de las violetas que vendía, era de simple belleza y aunque podría pasar desapercibida entre la multitud, había algo en ella que la hacia destacar. Tal vez, ella era consciente de ello ya que llevaba un maquillaje discreto, los labios de su pequeña boca pintados con un suave labial rosa nacarado, y sujetos sus negros y largos cabellos, peinados en forma de rodete, con una fina caña de bambú.
Estoy buscando un arreglo floral para un cumpleaños.
- ¿Algo en especial?, ¿la homenajeada es su novia tal vez?-indagó la joven.
- ¡Ojala!-dijo Andrés suspirando- Es una amiga especial… Podrían ser rosas rojas…no se ¿Qué me sugiere?
-Mmm… Si es una amiga…y es tan especial como dice… regálele un ramo de violetas.
- ¿Está segura? ¿Sólo violetas?
- Tal vez no sea lo que ella espera-dijo sonriendo angelicalmente- pero las violetas, somos así: le ayudamos a la gente a ver que tan especiales son las personas que les rodean.
- Sabe que… seguiré su consejo. Déme las violetas.
La joven tomo un ramillete de las delicadas flores las salpico con el agua de un rociador de mano, las envolvió hábilmente con un bello papel celofán color lila y por último sujetó este con una cinta del mismo color que terminaba en un sencillo pero delicado moño.
- ¡Muchas gracias señorita!, ha quedado muy bonito el ramo. Creo que quedaré como un rey.
- Eso espero, y que tenga un hermoso día.
- Igualmente…pero, disculpe…no me dijo su nombre.
- Cláro que se lo dije. Es usted quien debe prestar más atención. Soy Violeta-dijo volviendo a sonreír dulcemente.
- Cierto…”las violetas somos así”-recordó las palabras de la joven riendo de buena gana- Mi nombre es Andrés.
- Muy bien Andrés, si alguna vez vuelve a pasar por aquí me gustaría que me cuente que tal le fue.
Y así lo hizo. Al día siguiente volvió solamente para contarle como Clara, feliz según su punto de vista, había recibido el obsequio. Cómo lo había colocado en un porta lápices de plástico, luego de llenarlo con agua, y ponerlo debajo de media docena de jarrones de rosas que había recibido por parte de otros visitadores médicos.
Aunque al principio no lo notó, cada vez que en su recorrido le tocaba visitar a los clientes de aquel hospital en vez de cruzar la plaza, la rodeaba, para así pasar por el kiosco de flores, simplemente, para saludar a la joven o cruzar un par de palabras con ella, en especial cuando su día no había sido del todo bueno.
Es que Violeta era como un sol que con su sonrisa, sus chispeantes ojos marrones y su calida voz, disipaba toda nube de pesimismo que podría surcar a su alrededor.
Poco a poco se hicieron amigos y compartieron tanto alegrías cómo pesares, llegando inclusive, a una intimidad tan sincera que sólo los amigos del corazón pueden llegar a tener. Porque eso eran ellos dos: Hermanos del corazón. Dos líneas paralelas las cuales a pesar de compartir los mismos sueños, el mismo camino, estaban destinadas a caminar juntas, aunque sin tocarse por toda la vida.
Cada vez que uno de los dos tenia una noticia importante de inmediato se la comunicaba al otro, inclusive antes que a los otros afectados por esta. Era en estas oportunidades cuando cruzaban al otro costado de la plaza, entraban al “café de la plaza” y se tomaban cinco minutos para compartir una taza de té con doscientos gramos de bizcochitos de grasa, los cuales fascinaban a ambos.
Fue en este mismo café, su “lugar de las buenas noticias”, que ella le dijo una mañana que aceptaría casarse con un joven médico del hospital y tiempo después que sus temores infundados de padecer algún tipo de enfermedad en realidad se debían a que estaba embarazada.
Del mismo modo que ambos compartían sus alegrías y logros también se apoyaban en sus pesares, como en las veces en que Clara jugaba con los sentimientos del enamorado Andrés o cuando el marido de Violeta cambió de actitud hacia ella una vez que nació su hija.
Un día, la joven dijo que debería cerrar la florería ya que a su esposo lo transferirían a una ciudad del interior, donde lo acababan de nombrar director del hospital de esa región.
- Me alegro mucho por ustedes- respondió Andrés sinceramente- Esa ciudad no es el fin del mundo, esta a sólo seis hora de aquí. Además es una oportunidad que no pueden desaprovechar.
Ella sonrió, cerró la pesada cortina metálica del kiosco vació y quitando de su pequeña cartera de cuero negro una tarjeta personal, se despidió diciendo:
- Este es el número telefónico, llámame cuando puedas.
Aunque al principio se telefoneaban periódicamente, poco a poco estas llamadas comenzaron a menguar y finalmente desaparecer.
Dos años habían pasado desde la última llamada telefónica. Andrés estaba dentro de un atestado ascensor cuando su teléfono sueña. Dificultosamente toma el aparato y contesta:
- Hola…
- Hola ¿Andrés?, Soy Violeta… Estoy en la ciudad y estoy muy feliz. Quiero verte en nuestro lugar de las buenas noticias.
- ¡Vio! ¡Que alegría!, Claro que voy a verte, ahora estoy en el ascensor del nuevo hospital de la ciudad. Te veo en…veinte minutos… ¿Te parece?
- Dale te espero-respondió ella y cortó.
Habían pasado casi tres años de su último encuentro.
Andrés también estaba feliz, pues hacia dos semanas que se había casado con una pediatra y estaba ansioso por contarle la nueva a su amiga, así que tomó el ómnibus que lo llevaba hasta aquella entrañable plaza y, como lo había predicho, en veinte minutos estuvo parado en la puerta del café.
Allí estaba ella, vestida sencillamente con una discreta blusa blanca y una pollera azul y aunque ahora usaba el cabello corto y se había teñido de color castaño claro, su sonrisa iluminaba el lugar como la primera vez que la vio, aquella fría mañana hacia ya trece años.
-¡Vio! ¡Tanto tiempo! Qué casualidad que estés por aquí…Tengo tanto para contarte.
-Las casualidades no existen mi amigo. Leí un e mail que decía que lo que creemos son casualidades no son más que faros que pone el destino para que no nos desviemos del camino que tenemos marcado, y aunque insistimos en no verlos, estos se presentan ante nosotros con una luz cada vez más brillante- interrumpió la joven, abrió su bolso y sacó una carpeta color negro.
El joven abrió la carpeta y de inmediato reconoció que eran papeles legales.
- Es mi divorcio -sentenció-. Al fin estoy libre, ya no podía estar un minuto más con ese hombre que ni bien nació mi hija Kira se metió con cuanta enfermera o doctora se le cruzara en su camino. Si no tomé esta decisión antes fue por mi pequeña… Entre paréntesis, acá tengo una foto de mi princesita.
Violeta volvió a guardar la carpeta con los documentos en su bolso y en su lugar sacó una agenda azul dentro de la cual, pegada en la parte interior de la tapa, se hallaba una foto de la adolescente, muy parecida a su madre aunque con los ojos azules de su padre que hacían contraste con su negra cabellera.
- ¡Que grande está!, todavía recuerdo cuando la traías a la florería y jugaba con los pétalos de rosa caídos en el suelo.
- ¡Es que pasaron trece años! Esta hecha toda una señorita -dijo Violeta con orgullo de madre- Pero dime - ¿Cuál es la buena noticia tienes para darme?
- Intenté mucho llamarte pero tu teléfono me daba apagado continuamente- respondió, mientras el mozo que había traído el habitual pedido se retiraba contando los billetes que el joven le había abonado.
- Disculpa, es que no quería recibir llamadas insultantes de mi ex marido. Pero cuéntame, cuéntame, no me dejes con la intriga ¿de que me he perdido?
- Hace seis meses me nombraron gerente regional de ventas del laboratorio en donde trabajo y hace dos semanas me casé- respondió feliz Andrés mostrando el anillo de bodas que hasta ese momento había quedado desapercibido para la joven.
- ¿Te casaste?-dijo Violeta con un extraño tono, aunque esto pasó desapercibido por Andrés.
- Sí, ella se llama Carla y es pediatra. Mira, aquí tengo una fotografía suya-dijo sacando de su billetera una foto carné.
- Es muy bonita. Espero que sean muy felices.
- Descuida Vio, a ella le gustan las violetas…bueno las violetas y todo lo que le regalo- reveló riendo de felicidad.
-Realmente me alegro mucho por vos. Al fin parece que encontraste a tu media naranja.
-Así es y estoy seguro que pronto lo harás tú. Vas a ver que pronto me llamarás para contarme la buena nueva. Recuerda que soy medio brujo -rió el joven.
- La vida tiene sus vueltas y sacudidas, puede que nos machuque y golpee duro pero finalmente no hace reposar y recobrar fuerzas bajo los tibios rayos del sol.
- Y ahora que eres libre ¿volverás a abrir la florería?-preguntó él.
- No. Me quedaré con mi botín de guerra- dijo ella refiriéndose a la casa que había quedado a su nombre luego del divorcio- Además, Kira tiene sus amigas y sería otro trauma más, sobre sus pobres hombros, el venir a la capital…
-Uy…Hablando de mi hija, si no me apuro perderé el ómnibus y el próximo sale pasada las diez de la noche-dijo Violeta mirando su reloj pulsera- Fue agradable encontrarme nuevamente con tigo. Espero que alguna vez vengas con tu esposa a visitarnos.
- Eso espero, aunque no puedo prometerte…ya sabes como es la vida del medico… ¡Los pacientes en primer lugar!
- Ojala todos los médicos tuvieran esa premisa-respondió con amargura.
- Olvida al granuja ese. No supo apreciar lo que tenía a su lado.
Violeta guardó la agenda en su bolso, lo cerró, se acomodó la blusa, miró a su alrededor y al ver que el local estaba vació, sonrió y dijo mientras él la acompañaba a la puerta:
- ¿No te enojas si hago algo?
- No se que puedes traerte entre manos, pero sea lo que sea sabes bien que jamás podría enojarme con tigo.
Andrés no pudo terminar de decir estas palabras cuando Violeta, dejando su cartera sobre una mesa, lo abrazó con todas sus fuerzas para luego darle un beso en la mejilla y decir:-Gracias por estar siempre que te necesité. Te quiero mucho amigo.
Andrés quedó duro como una estatua, tanto que su inseparable maletín de visitador medico cayó de sus manos al piso haciendo un fuerte ruido.
Tímidamente y sonrojado, recogió el maletín y acompaño a la joven a la puerta donde le dijo:
- Yo soy el que te estará eternamente agradecido por soportar mis lloriqueos cuando le arrastraba el ala a Clara ¿Te acuerdas? Al final se quedo con su jefe.
- ¿Y para que están los amigos si no es para ofrecerte el hombro cuando lo necesitas? Tienes mi número telefónico, no dudes en llamarme cuando lo desees.
Ella se marcho, caminando por la despareja vereda de baldosas levantadas por las raíces de los árboles, mientras el sol comenzaba a descender en su sempiterno recorrido, y sus rayos, dibujaban arabescos diseños con las sombras.
Fue la última vez que la vio y jamás pudo llamarla por teléfono ya que Carla, en un arranque de infundados celos, al encontrar la vieja tarjeta personal que Violeta le entregara a Andrés años atrás la destruyó.
Como había dicho Violeta, no para todos los médicos los pacientes estaban en primer lugar, para algunos, como el ex esposo de la muchacha, las mujeres lo estaban y para otros, como Carla, el dinero era lo fundamental.
Seis años después de haber contraído nupcias, cuando el laboratorio que gerenciaba Andrés se vendió y este fue despedido por “re estructuración administrativa”, teniendo que volver a formar su cartera de clientes en un nuevo laboratorio, Carla le pidió el divorcio.
Una fría mañana de junio Andrés acababa de ver a un cliente justo antes de que este se cerrara su consultorio.
A pesar que le estaba yendo bastante bien con la venta de medicamentos, el mercado había cambiado en los años que estuvo en la gerencia. Sus antiguos clientes ya tenían nuevos proveedores y muchos de sus antiguos compañeros de trabajo o se habían retirado o mudaron sus recorridos a ciudades alejadas de la capital en donde la competencia era nula o casi imperceptible.
Un fuerte aguacero cayó de pronto. Andrés, empapado, corrió a cubrirse de la inclemente lluvia en la Terminal de ómnibus de la ciudad que se hallaba cruzando la calle.
La lluvia golpeaba con fuerza sobre el techo de chapa.
La vieja televisión del bar del lugar transmitía uno de esos aburridos programas enlatados que dan justo cuando uno no tiene nada que hacer, en donde un científico hablaba de la teoría de la relatividad en relación a las líneas paralelas y las casualidades.
Resignado se sentó a una pequeña mesa redonda revestida de formica, sin mantel, a espera al mozo.
- Cuente nos profesor- dijo el presentador- entonces según lo que dice las líneas paralelas finalmente se tocan en el infinito.
- Así mismo, como le decía si aplicamos la teoría de la relatividad nada es absoluto…
- ¿Podría traerme una empanada con una gaseosa?- pidió Andrés al mozo cuando este por fin se presentó junto a él.
- Me va a disculpar pero no nos queda más empanadas, ni croquetas. De hecho, sólo nos quedan aquellos bizcochitos de grasa.
Andrés, miró a donde señalaba el dependiente y vio que se trataban de los mismos que tanto disfrutaba en compañía de Violeta.
- Violeta, Violeta, que se habrá hecho de ti-pensó con nostalgia.
- Está bien, tráigame cien gramos de esos bizcochos y una tasa de té.
Cuando regresó el hombre con el pedido y Andrés abono lo que debía, repiqueteó el teléfono celular con característico sonido que había llegado un mensaje de texto.
Andrés no estaba de humor para mensajes y como este era de aviso de una red social, lo ignoró.
En la televisión seguía el profesor hablando cosas que para Andrés no tenían sentido.
- Es así mismo, la casualidad no existe-dijo el profesor cuando fue interrumpido por otro mensaje de texto de aviso de la misma red social.
- Capaz sea más interesante lo que pasa ahora en el ciberespacio que lo que dice este charlatán- pensó malhumorado por lo que se conectó con su celular a Internet y comenzó a navegar. Grande fue su sorpresa cuando leyó: Violeta quiere ser tu amiga.
De inmediato entró en el perfil de la solicitante y al ver su foto la reconoció de inmediato. Su cabello le llegaba a la cintura y ahora era rubio. Su rostro estaba surcado por algunas de esas líneas que el tiempo se empecina en dejar pero sin dudas esa sonrisa cálida, sincera y electrizante era la de su entrañable amiga. La acepto de inmediato y un nuevo mensaje llegó:
- Hola amigo, navegando por el ciberespacio la casualidad me hizo encontrarte después de tantos años.
Torpemente, sea por la emoción del reencuentro o porque odiaba escribir masajes de textos, tecleó:
- Envíame tu número telefónico. No soy muy amigo de esto de las redes sociales.
- Todo es relativo. Las líneas paralelas no lo son tanto y las casualidades son simplemente faros que el destino pone para que no nos apartemos del camino trazado- escucho Andrés atónito al profesor de la televisión en el mismo momento que volvía a repicar el teléfono avisando de un nuevo mensaje entrante, en donde estaba el número telefónico solicitado.
Había dejado de llover y el sol brillaba en lo alto sobre un hermoso cielo azul.
En el altavoz de la Terminal, una vos distorsionada anunciaba la partida del expreso a la ciudad donde Violeta vivía.
Andrés miro el perfil de su amiga y al ver su situación sentimental sonrió.
- ¿Y por qué no?-pensó Andrés- ¿Será que aquel profesor de la televisión tenía razón y las casualidades, como había dicho hace tiempo la muchacha, eran guías luminosas para retomar la senda perdida? Y si esto fuera cierto, esta vez, su luz era tan intensa que no podía ser ignorada.
El visitador médico, sacó la billetera del pantalón, contó el dinero, verificó que tenía consigo las tarjetas de débito y crédito, y dirigiéndose al bus que se disponía a partir, marco el número de ella.
Había llegado el momento de comprobar si realmente las líneas paralelas podían, finalmente, tocarse en el infinito… Aunque él estaba seguro que ese encuentro sería materializado con un apasionado beso, dentro de aproximadamente seis horas, en la Terminal de ómnibus de la ciudad de Violeta.