Cuentos en el blog

miércoles, 20 de julio de 2016

Prologo de "Ingrávidos, cuentos para flotar"

Muchos dicen que un libro es para el autor como un hijo, una parte de si mismo, sus vivencias, anécdotas, sentimientos y hasta inclusive ocultos resentimientos que afloran en la obra bajo el manto de un personaje que finalmente puede terminar de mala manera, convirtiéndose la obra un poco en la catarsis de la propia vida del autor y un reflejo oculto de su entorno.

Así como en la vida misma el hijo tiene rasgos del ADN del progenitor, en este caso de la madre, “Ingrávidos, cuentos para flotar” de Cintia Cañete, nombre este que figura en la partida de nacimiento (ISBN) de este su primer hijo de papel, refleja la personalidad y esencia de la autora.

Meticulosa, extremadamente detallista, pulcra en su manera sencilla y directa de decir las cosas, pero en especial una soñadora empedernida, Cintia, transfiere estas cualidades a cada renglón, cada palabra y cada silaba de estos cuentos, premiados todos, en diversos concursos a nivel local e internacional.

Cuando en el 2009 me toco ser parte del jurado del concurso de cuentos Cortos “Helio Vera”, que fuera organizado por la Sociedad de Escritores del Paraguay (SEP) y la Cámara Paraguaya de Editores y Libreros (CAPEL), descubrí entre varias decenas de trabajos un cuento que me llamó la atención. “El pozo del jardín”.

Es con este cuento de realidades paralelas con el cual conocí a Cintia quien, a pesar de haber obtenido en aquel concurso sólo “una mención”, no se desanimó y prosiguió afinando su estilo y persistiendo para lograr lo que  la autora siempre persigue en todo lo que se propone: La excelencia.  

La autora no tardó mucho en hacerse notar en el mundo de los concursos literarios donde casi siempre, en la apertura de sobres, su nombre comenzó a encontrarse entre los tres primeros puestos.
La cristalización de estos 7 años de arduo trabajo es este libro, compuesto por 11 cuentos, que demuestra que si deseamos algo con todas nuestras fuerzas, trabajamos duro sin desanimarnos con las dificultades que puedan aparecer en el camino, de seguro nuestros sueños se harán realidad, pues como dice ella, “Los sueños son realidades esperando cristalizar”

Por todo lo mencionado, es un orgullo para la SEP y para quien escribe estas líneas, que gracias a aquel concurso organizado junto a CAPEL y el tenaz trabajo literario de Cintia Cañete, hoy “Ingrávidos, cuentos para flotar” esté en las manos del lector ávido de lectura inteligente y refrescante a la vez.

Les garantizo que al zambullirse en el intrincado y deliciosamente combinado cúmulo de vivencias y sensaciones de cada uno de los relatos descubrirá, cubierto por el manto de la ficción, un mundo con el que podrá identificarse, reflexionar y fundamentalmente disfrutar esta pequeña joya de bolsillo.

Alejandro Hernández y von Eckstein
Vicepresidente SEP

(2012-2016)

sábado, 9 de julio de 2016

Independencia u...oro por baratijas

Se cuenta que luego de la rendición del teniente general John Whitelocke, comandante de las fuerzas inglesas que invadieron el Río de la Plata por segunda vez, este dijo que a los habitantes de estas tierras seria difícil vencerlos por las armas, sin embargo por ello deberían ser vencidos y conquistados a través de la economía.
Y así fue... y es. 
No pasó mucho de aquel 1807 para que depender económicamente de los ingleses y sus bancas, sea una realidad.
En la actualidad, sus herederos,y tantos otros, llámense Banco Mundial, FMI, etc, etc, que si bien, desembarcaron mucho después que Juan de Garay, siguen vendiéndonos inútiles espejitos y baratijas...porque nos gusta y dejamos que así sea, olvidándonos de los tesoros que tenemos y de todo lo que podemos y debemos hacer con ellos.
Tesoros que se esfuman, como los cerebros, que parten hacia otros horizontes; recursos naturales que se escurren entre nuestras manos a bolsillos ajenos; fauna, flora y cultura que es aplastada bajo las ruedas de un rally, son cambiados por espejitos que son aceptados porque, según el señor de la caja boba o de vaya a saber quien dice, el mundo globalizado lo exije.
Es de esta manera como baratijas que nada tienen que ver con nuestra identidad son cambiadas gustosamente por nuestras tradiciones, costumbres y recursos.
Es así como espejitos que encandilan con su brillo y nos hacen elegir lo que los otros quieren que elijamos y no lo que realmente debemos.

Baratijas transformadas en realitis, hamburguesas, shopings y transmisiones deportivas en pantalla gigante que nos distraen mientras se siguen llevando lo mejor que tenemos, pues nos inculcaron que lo que tenemos no sirve. Porque siempre, siempre, lo de afuera es mejor.
Pero,digo yo, si no sirve lo de adentro ¿Por qué los de afuera se lo llevan?
Ojalá que el bicentenario no sea solamente de globos y desfiles, o casitas de Tucumán recortadas de una revista.
Que no necesitemos otros 100 años para aprender el verdadero significado de la palabra independencia y que ser argentino es mucho más que gritar los goles de la albiceleste.
AHvE

jueves, 14 de abril de 2016

Prologo "Contemplar el abismo" de Melisa Ballasch

A pesar que “Contemplar el abismo”, novela ganadora del “5º Premio literario General Seguros”, organizado por la Sociedad de Escritores del Paraguay y General Seguros, puede clasificarse como una novela de ficción debido a que se desarrolla en una sociedad ficticia y en un futuro después del holocausto de la humanidad, su contenido y esencia distan mucho de serlo.

Según el diccionario de la Real Academia Española de la lengua, “la sociedad es un conjunto de personas, pueblos o naciones que conviven bajo normas comunes” Estas normas, conceptos y valores, concebidos originalmente y en su mayoría por un ente político-religioso, fueron trasmitidos a sus habitantes por medio de leyes para que al ser cumplidas se evitaran conflictos que pudieran llevar a la destrucción de la sociedad. Ahora bien, ¿qué ocurre cuando estos conceptos y valores se topan con otros de una sociedad distinta?, o ¿cuándo las fibras más íntimas del ser de un integrante de esa sociedad riñen con las normas impuestas? ¿Qué pasa cuando un individuo es distinto?

 Ballasch, juega con estas preguntas y conceptos sumergiendo al lector en las profundidades oceánicas y llevándolo a la mítica Atlántida.

Es en esta sociedad, rígida y estructurada en base a la igualdad de sus ciudadanos, donde vive Czell, quien luego de varios sucesos, descubre que sus sentimientos más profundos riñen con su drástica profesión y en especial con varias leyes que hasta ese momento había creído verdaderas e inviolables.

Maravillosamente ambientada tanto en un acuático mundo de ballenas, tortugas, peces y corales, como en los restos de un mundo destruido por la guerra, donde la vida volvió a abrirse paso, descubriremos en las páginas de esta novela que el ser diferente no es el problema en una sociedad, si no el que creamos que nuestras diferencias son las que nos hacen mejores.

Espero que disfruten de cada una de las páginas de esta novela así como yo lo hice.

Alejandro Hernández y von Eckstein
Vicepresidente Sociedad de Escritores del Paraguay






martes, 29 de diciembre de 2015

Margarita (Cuento)

                                         A Margarita B. Arias, con eterna gratitud
                                                                               
Imagen de la web
Llovía. Las frías gotas golpeaban los cristales del viejo taxi y resbalaban sobre él, reflejando y distorsionando a su paso las luces de neón que iluminaban la calle desierta.
Sin saber por qué, me orillé, detuve el motor, y me quedé mirando sin observar a ningún lugar en particular. Esperando que el día despierte.
Desde niño, y en especial durante mi adolescencia, me fascinaron los días de lluvia, al igual que las noches, para escribir. Creyendo, tal vez, que las musas o los duendes de la escritura bajaban del cielo en las gotas para contarme al oído aventuras de viajes realizados a lo largo del mundo, mientras la “nave” que los trajo a mí, solamente era una pequeña nube de vapor.
—¿Está libre? —preguntó una mujer, que de la nada apareció junto a la puerta del vehículo.
Destrabé el cerrojo y abrí la puerta trasera dejando que la mujer subiera.
Baja de estatura pero con una marcada elegancia, la mujer, quien desde el primer momento me pareció familiar, se sentó y mientras se quitaba el pañuelo que llevaba atado a la cabeza me indico la dirección a la que deseaba ir.
—Parece que está parando de llover —indiqué como forma de iniciar una conversación mientras la observaba por el espejo retrovisor.
—Así es. Una pena…
—¿Una pena? ¿Le gusta la lluvia?
—Tardé mucho tiempo en apreciarla. En entender que aquellos retrasos en mi itinerario por su causa eran una bendición. Un momento para reflexionar. Un momento para compartir, un momento para enseñar y trasmitir.
—Habla como filosofa. ¿Acaso es profesora de filosofía? —pregunté teniendo en cuenta que la dirección a la que nos dirigíamos correspondía a una antigua escuela de altos estudios.
—No. Era profesora de historia, pero hace unos años que ya no ejerzo.
—Entiendo, se jubiló.
—Algo así.
—¿Lo extraña? ¿Extraña enseñar?
La mujer sonrió y luego de un momento respondió.
—Extraño a esos ruidosos adolescentes que con sus preguntas capciosas me sacaban de mis casillas obligándome a estar bien preparada e informada. Recuerdo en especial a un estudiante de cabello castaño claro, alto y delgado, quien con otros dos compañeros iban a la biblioteca de la alameda especialmente para buscar información que pudiera contrariar a la próxima clase que yo debía dar.
—¿Quién le dijo?... ¿Cómo se enteró? —dije tartamudeando, como si el tiempo hubiera retrocedido y esperara una fuerte reprimenda de mi profesora.
—Es que íbamos a la misma biblioteca, pero como yo me encontraba en la sala de lectura para fumadores nunca supiste que era yo quien los espiaba a ustedes y sus travesuras. De hecho sin darse cuenta aprendieron y mucho.
—¡Profesora Margarita!... ¡Qué sorpresa verla! —dije efusivamente.
Al mirarla detenidamente, no había duda. Aquella mujer, para quien el tiempo poco había pasado, era sin lugar a duda mi querida profesora de historia del segundo y tercer año de secundaria.
—La sorpresa es mía al verte detrás del volante de un taxi —dijo con mirada recriminadora—. Recuerdo que deseabas ser arqueólogo. No es por menospreciar el trabajo que realizas pero siempre pensé que te convertirías en un historiador o un escritor. Recuerdo que una vez hablamos sobre el tema.
—Puede decirse que esa época donde creía que debía huir del bullicio del día a día y viajar a un mundo de aventuras y sueños, para volver con estos, crear y volcar el resultado en las hojas de papel para que lectores de todo el mundo los tomen como suyos y puedan seguir construyendo “sus sueños”, ya se acabo. El tener que llegar a fin de mes y enfrentarse finalmente a la cruda realidad de que uno tiene que vivir para trabajar, y no a la inversa como debiera ser, dieron por tierra con todos mis sueños…
—¡Fernández! —dijo imperativamente la profesora marcándose en su frente la línea en “V” que denotaba su grado de furia y que bien conocía—. ¿Quieres ser como don Quijote, quién murió al dejar de soñar? Es cierto que no podemos vivir eternamente en la irrealidad, como el personaje de Cervantes, pero tampoco podemos prescindir de nuestros sueños, a los cuales el mundo debe el avance tecnológico que hoy tenemos. Solamente se debe tener un cable a tierra con el cual comparar la fría y mundana realidad con nuestro mundo soñado. No debemos bajarnos o soltar a nuestros sueños, debemos aferrarnos a ellos aunque todo conspire contra nosotros, ya que no sabemos adónde estos nos puedan llevar.
—Pero profe… Es difícil vivir de la escritura salvo que uno tenga la suerte de escribir un best seller.
—¿Profe? ¿Acaso estamos en la escuela para que me llames así? Pero… ya que lo decís, quiero que me escuches atentamente: Sin sueños no somos más que un pedazo de carne ciega que vaga sin rumbo durante toda la vida.
—Sé que tenés razón, Margarita, pero es muy difícil cumplir lo que decís.
—Escuchá bien Eduardo. Hace muchos años una profesora me entregó un papel con dos frases que me acompañaron desde ese momento. La primera, de autor anónimo dice “Con esfuerzo y esperanza todo se alcanza”, y la otra del romano Tito Livio, que dice “Cualquier esfuerzo resulta ligero con el hábito”. Puede que al principio sea difícil y debas compartir tu pasión y sueños con tu actual fuente de ingresos. Sin embargo, gracias a tu trabajo, dedicación y fe en ti mismo, llegará el día en el que los sueños dejen de serlo… nunca dudes de ello. Sé que así será.
—Sin darnos cuenta ya llegamos —dije señalando el gran portal de la universidad a la que nos dirigíamos—. Como siempre, disfruté mucho nuestra conversación. Me alegró mucho volver a encontrarte. ¡Ojalá se repita!
—Por ahora no lo creo… debo partir.
—De seguro, aprovecharás que estás jubilada y viajarás a Egipto como siempre lo deseaste. Pero a tu vuelta… tal vez…
Margarita no dijo nada, simplemente sonrió y comenzó a buscar en su bolso.
—Ni se te ocurra pagarme —dije firmemente—. El estar estos minutos conversando es la mejor paga que he recibido en mucho tiempo. Además nunca tuve la oportunidad de agradecerte todas tus enseñanzas, esfuerzo, dedicación, aliento, en fin, todo lo que hiciste por mí en los años que fuiste mi profesora. Porque aunque no quieras que te llame así tu siempre serás mi profesora ¡y con mayúsculas!
—Gracias. Gracias por acordarte de mí.
—Nunca podré olvidarte. Mi gratitud será por siempre.
Margarita descendió del taxi y se alejó.
Había dejado de llover y los alumnos de la universidad comenzaban a llegar aunque todavía el día no quería despertar.
Bajé la bandera del taxímetro cuando una joven hizo la parada.
Luego de unos minutos la mujer dijo:
—Disculpe, alguien olvidó su billetera.
—Gracias, señorita, debe ser de mi profesora de historia que se acaba de bajar. En cuanto pueda se la devolveré. De seguro en la universidad sabrán su dirección —dije, luego de verificar que dentro se encontraban su cédula de identidad y unos pocos billetes.
Había pasado el mediodía y el sol ya se abría paso entre las nubes cuando regresé a la universidad y luego de estacionar me dirigí al portero.
—Buen día señor. Hoy traje de pasajera a una profesora jubilada que se olvidó en mi taxi su billetera. ¿Podría darme su dirección?
—¡Por supuesto!¿Cómo no voy a darle lo que pide? Es raro ver que alguien devuelva algo en estos días… la mayoría se la hubiera guardado ¿Cómo se llama la señora?
—Margarita… Margarita Arias.
—¿Está seguro que es de ella? Hace tiempo que no da más clases en la institución.
—Este es su documento, además, la conozco. Fue mi profesora—dije orgulloso.
—Si usted dice, voy a ver si su dirección todavía está en el archivo. Aguárdeme.
Quince minutos después, el portero, regresó con una dirección escrita en una hoja de papel.
—Esta es su última dirección… ¿Está seguro que era Margarita?... Tal vez era su hija… Bueno, no me haga caso y dele mis saludos.
Leí lo escrito y de inmediato reconocí la dirección donde al parecer siempre vivió la docente.
Sin demora, encendí el taxi y luego de dos horas llegué al lugar.
La tarde comenzaba a caer y los álamos que se encontraban sobre la vereda, a lo largo de la empedrada calle, alargaban sus sombras como queriendo recibirme con un abrazo. Más allá, la vieja casona, bastante deteriorada y mucho más pequeña de lo que recordaba, todavía lucía la pintura rosa deslavada por el tiempo.
Al tiempo que un ruidoso tren pasaba a mis espaldas, abrí el viejo portón que daba paso al enmarañado terreno, donde otrora se encontraba el frondoso jardín, y me dirigí a la puerta de entrada.
—Disculpe —dijo una mujer de unos cuarenta años desde la vivienda contigua—. ¡La casa no se vende!
—No deseo comprarla, sólo deseo devolverle algo a la dueña… La profe Margarita… que esta mañana...
La joven interrumpió mis palabras, molesta:
—No tengo tiempo para bromas. Y si de verdad la busca, no es este el lugar donde encontrará a mi madre.
—¿Usted es su hija? —dije acercándome al cerco que dividía a las dos casas—. Soy Eduardo Fernández, fui alumno de su mamá hace varios años, inclusive me acuerdo de usted y de su hermano una vez que vine con dos compañeras. Hoy a la mañana subió a mi taxi y se olvidó su billetera y solamente quiero devolvérsela. ¿Se la puede entregar?
La joven tomó con desconfianza la billetera de mis manos y al abrirla palideció visiblemente.
—¿Esto es una broma? ¿Cómo consiguió esta billetera? —preguntó visiblemente alterada.
—Ya le dije. Ella la olvidó en mi taxi.
—Eso es imposible… Ella murió hace treinta años.
Está de más decir que quedé petrificado en pie por unos largos segundos. Mecánicamente, me despedí entregándole una tarjeta del radio taxi, subí a mi vehículo y partí a toda velocidad. No sé cómo, dos horas después llegué a mi hogar, me metí a la cama y dormí.
Desperté al día siguiente con el ruido de las fuertes gotas golpeando las tejas del techo de la habitación. Me vestí y en vez de dirigirme al taxi, encendí la vieja computadora y comencé a escribir.
Una vez leí que nuestros sueños no son sólo tales, sino, etéreos hilos de luz que nos guían hacia el camino por donde debemos transitar.

Si esto es cierto, y lo vivido fue sólo un sueño, mi profe… Margarita, encontró la manera de ser uno de estos hilos… y por siempre le estaré agradecido.

sábado, 19 de diciembre de 2015

Los cambios en la sabana


El día había comenzado en árida sabana. El sol extendía sus rayos sobre la rala vegetación mientras la hiena, bajo la sombra del viejo sicomoro, reía revolcándose en grotesco baile sobre los restos todavía tibios del viejo león.
A la mayoría de los habitantes no les importó el retumbar en sus tímpanos de las risas espasmódicas de aquel grotesco ser y la de sus compañeros de manada, quienes habían logrado vencer al antiguo dueño del lugar. Muchos habían deseado el cambio y ya nadie, absolutamente nadie, dudaba que con seguridad todo cambiaría desde ese momento. 
Al mediodía, la hiena seguía revolcándose y riendo bajo la sombra del sicomoro, mientras los calcinantes brazos de febo invitaban a acercarse a las frescas aguas del casi seco abrevadero. Muchos de los habitantes de la sabana lo intentaron, pero ya no era del todo posible pues la manada de hienas se hallaba en ellas desafiando a aquellos que osaran acercarse.
Aunque este hecho sorprendió al principio, no importó porque, finalmente, la mayoría compartiría el vital líquido exceptuando aquellos que se aventuraron a partir de su ancestral lugar, emigrando a lejanos lugares, y a los pocos que por su edad o fuerza morían en el intento. Un sacrificio por el bien de todos dijeron algunas hienas rayadas, recién llegadas e invitadas por sus pares, entre bocados y risas.
Por la tarde la hiena seguía riendo bajo el sicomoro, mientras los cadáveres se apilaban y la felicidad de los buitres, que hacia tiempo habían perdido la esperanza de un festín como aquel, contrastaba con la añoranza de aquellos que, empeñándose a no dejar su antiguo territorio, recordaban los tiempos idos.
La noche llegó así como un numeroso grupo de hienas pardas, que habían dormido en sus cuevas durante el día, y con ellas, la grotesca muerte de los desprevenidos.
El sempiterno astro rey surgió en la lejanía e ilumino con sus primeros rayos la roja sabana y a las obesas hienas que peleaban entre ellas por restos de carroña.
La hiena reía y se revolcaba en grotesco baile bajo el sicomoro, cuando se escucho el potente rugido de un joven león cuya presencia no se hizo esperar.
De gran porte y negra melena el gran felino se abalanzó sobre la desafiante hiena mientras sus compañeras huían despavoridas…
El silencio se apoderó de la sabana, al tiempo que tres buitres arrancaban con sus picos jirones de cuero, carne y entrañas de la hiena.
Ya nadie escuchará en aquella sabana la histérica risa, mientras el verdadero rey de la selva duerma bajo la sombra del viejo sicomoro.

jueves, 19 de noviembre de 2015

Las cosas por su nombre y sin diferencias




Imagen de la red
Estoy cansado y agotado de los continuos comentarios por Facebook, Wasasp, periódico, TV,etc, en donde se lloran los muertos de Francia, por un lado, y por otro ignoran a los de Beirut, Nigeria, Brasil y otros lugares.
También estoy asqueado de aquellos comentarios que fomentan el odio y la destrucción hacia un pueblo o religión determinada, cargando las redes de comunicación, tendenciosamente, con información errada o a medias para crear un sentido determinado en la opinión del público que habla de daños colaterales “inevitables”  cuando las muertes ocurren en Asia o África pero de una gran afrenta a la humanidad cuando los decesos ocurren en Europa o en America del norte.
¿Qué diferencia a unos humanos de otros?  Muchos dirán que la religión.
Es cierto que el grupo terrorista, causante de la bárbara masacre en territorio Frances, como también de la destrucción de varios patrimonios de la humanidad, como las antiguas ciudades de  Dur Sharrukin, Hatra, Nimrud, Alepo y otras, dice ser musulman. Pero también es cierto lo que dice el periodista alemán Jurgen Todenhöfer, quien convivió 10 días en Mosul con los terroristas y volvió para contarlo: “El Estado Islamico predica un tipo de Islam rechazado por el 99 % de los 1,6 billones de musulmanes del mundo”. Entonces, digo yo, ¿por qué odiar al 99% por culpa de ese 1%?  
Todas las religiones se cimientan en bases fundamentales como el “no robar”, “no mentir” y principalmente “no matar”, y el Islam no es la excepción. Son algunos hombres los que tuercen esos principios a su “piachere”, dando interpretaciones propias tratando de “arrear” para sus respectivos “molinos” a la mayor cantidad de seguidores. Como ejemplo doy las palabras  de Ibrahim al Kandari, religioso kuwaití que apoya al Estado Islámico, quien proclamó: “ya es tiempo de que los musulmanes borren de la faz de la Tierra la herencia de los faraones egipcios”… "El hecho de que los primeros musulmanes no lo hayan hecho no significa que no deberíamos hacerlo ahora”. O sea la palabra y opinión de este religioso, según él, es superior o más valedera que la del profeta principal de la religión que profesa y que guió a los primeros musulmanes.
 Lo mismo ocurre con los países. Durante gran parte del siglo XX se estereotipó en películas, historietas, libros, etc, a todos los alemanes como Nazis, a pesar que muchos germanos del mundo no abrazaron el ideal de este partido alzando de una u otra forma sus voces contra el régimen mientras duro. Entonces ¿por qué insultarlos de esta manera?
“El terrorismo es el uso sistemático del terror para coaccionar a sociedades o gobiernos, para la promoción y logro de sus objetivos y/o supremacía sobre los demás que no opinan como ellos”, no es una condición genética, racial, religiosa o demográfica.
El nacer en un país o pertenecer a una religión determinada no te hace terrorista o no terrorista. El terrorista es terrorista sin distinción de credo o nacionalidad.

 Llamemos a las cosas por su nombre: Un muerto en un atentado es una victima tanto si muere en París como en Burundi y un terrorista es aquel que realiza esa acción. 
Dejemos de estereotipar y etiquetar, o dejar de hacerlo, a quien y en donde no corresponde… aunque lo digan las redes y la TV.  

martes, 27 de octubre de 2015

AVENTURAS SIN TREGUA (Critica Literaria sobre novela "El cetro del Tahuantinsuyo")



 José Vicente Peiró
Cuando la aventura abre sus alas como el cóndor, en seguida pensamos en el cine. Pero también existe en la novela. Así nos lo recuerda Alejandro Hernández y von Ekstein no sólo en su última novela publicada que aquí vamos a comentar, El cetro del Tahuantinsuyo, sino a lo largo de toda su trayectoria narrativa, llena de peripecias en Egipto (Conspiraciones faraónicas, con un simpático Waty el escriba como protagonista) o en la trilogía de El fotógrafo de loma Tarumá, diría que “trilogía paraguaya”, culminada con una interesante novela, "Ni el fuego ni la muerte", además de los cuentos publicados en "Nueve vidas", entre otras obras. Una trayectoria coherente, con estilo propio, gestada alrededor de la propia experiencia adquirida con el conocimiento y el ánimo de contar historias enfrentando un pensamiento actual con otros históricos.
Sin duda, El cetro del Tahuantinsuyo posee ritmo y un personaje real que se adentra misteriosamente en el pasado. En este caso es un escritor viajero ávido de conocer aquello que ha leído en los libros y en las páginas web de Internet, posible trasunto del autor, y adentrarse en el mundo del imperio Inca al visitar las ruinas de Machu Picchu. El anónimo turista protagonista entra en el pasado, en los últimos años del siglo XVI, como un visitante del futuro (¿correrá peligro esta novela al tratar el tema del viaje en el tiempo?). Un sacerdote y una bella sacerdotisa de la más alta nobleza inca colaboran con él para cumplir con una misión sagrada: devolver al dios Wiracocha un cetro que representa el espíritu del Imperio en vías de ser arrasado por los soldados españoles, y así preservarlo para que en el futuro resurja de sus cenizas su civilización. Todo eso entre peripecias, ayudantes y oponentes, nativos, traductores, fauna, y numerosas descripciones de los lugares mágicos y ancestrales del Imperio.
( Asunción, Servilibro, 2015, 119 págs.)
Novela llena de explosividad narrativa, recrea ese mundo pero, a su vez, desea transmitir con viveza la aventura del protagonista. Entre las descripciones cronísticas, el autor no duda para ello en recurrir a la ironía y a cierto cinismo cuando se adentra en el pasado y se enfrenta a una situación enigmática llena de suspense. Acompañado de unas bellísimas ilustraciones de Juan Moreno, y una serie de mapas divulgativos, Hernández se centra en la ubicación de un hombre actual en un espacio y un tiempo pasados, para ofrecer el choque de caracteres y costumbres, hasta que él las asimila para intentar resolver el reto planteado. No queremos desvelar más cuestiones argumentales puesto que estamos ante una novela donde los sucesos prevalecen sobre cualquier otro motivo o estrategia textual.
¿Novela juvenil? Seguramente sí, aunque yo he disfrutado leyéndola y he adquirido bastantes conocimientos de un tema que conocía de una manera superficial. Desde luego que los adolescentes disfrutarán adentrándose en el mundo exhibido y en los conocimientos desplegados, tanto de su religión y su mitología, como de los lugares incas y algunas de sus costumbres. Todo ello narrado con elegancia, con un estilo que va a la sustancia de los acontecimientos ficticios, y con una alta dosis de fantasía desplegada para convencer al lector de las exposiciones. Pura narrativa, sencilla pero con esencia.
Un buen regalo para un joven. Y para un adulto que no busque más que disfrutar de las aventuras contadas en prosa.
José Vicente Peiró
Profesor y doctor en Literatura Hispanoamericana
de la UNED y de la Universidad Jaume I de Castellón.