Cuentos en el blog

martes, 29 de diciembre de 2015

Margarita (Cuento)

                                         A Margarita B. Arias, con eterna gratitud
                                                                               
Imagen de la web
Llovía. Las frías gotas golpeaban los cristales del viejo taxi y resbalaban sobre él, reflejando y distorsionando a su paso las luces de neón que iluminaban la calle desierta.
Sin saber por qué, me orillé, detuve el motor, y me quedé mirando sin observar a ningún lugar en particular. Esperando que el día despierte.
Desde niño, y en especial durante mi adolescencia, me fascinaron los días de lluvia, al igual que las noches, para escribir. Creyendo, tal vez, que las musas o los duendes de la escritura bajaban del cielo en las gotas para contarme al oído aventuras de viajes realizados a lo largo del mundo, mientras la “nave” que los trajo a mí, solamente era una pequeña nube de vapor.
—¿Está libre? —preguntó una mujer, que de la nada apareció junto a la puerta del vehículo.
Destrabé el cerrojo y abrí la puerta trasera dejando que la mujer subiera.
Baja de estatura pero con una marcada elegancia, la mujer, quien desde el primer momento me pareció familiar, se sentó y mientras se quitaba el pañuelo que llevaba atado a la cabeza me indico la dirección a la que deseaba ir.
—Parece que está parando de llover —indiqué como forma de iniciar una conversación mientras la observaba por el espejo retrovisor.
—Así es. Una pena…
—¿Una pena? ¿Le gusta la lluvia?
—Tardé mucho tiempo en apreciarla. En entender que aquellos retrasos en mi itinerario por su causa eran una bendición. Un momento para reflexionar. Un momento para compartir, un momento para enseñar y trasmitir.
—Habla como filosofa. ¿Acaso es profesora de filosofía? —pregunté teniendo en cuenta que la dirección a la que nos dirigíamos correspondía a una antigua escuela de altos estudios.
—No. Era profesora de historia, pero hace unos años que ya no ejerzo.
—Entiendo, se jubiló.
—Algo así.
—¿Lo extraña? ¿Extraña enseñar?
La mujer sonrió y luego de un momento respondió.
—Extraño a esos ruidosos adolescentes que con sus preguntas capciosas me sacaban de mis casillas obligándome a estar bien preparada e informada. Recuerdo en especial a un estudiante de cabello castaño claro, alto y delgado, quien con otros dos compañeros iban a la biblioteca de la alameda especialmente para buscar información que pudiera contrariar a la próxima clase que yo debía dar.
—¿Quién le dijo?... ¿Cómo se enteró? —dije tartamudeando, como si el tiempo hubiera retrocedido y esperara una fuerte reprimenda de mi profesora.
—Es que íbamos a la misma biblioteca, pero como yo me encontraba en la sala de lectura para fumadores nunca supiste que era yo quien los espiaba a ustedes y sus travesuras. De hecho sin darse cuenta aprendieron y mucho.
—¡Profesora Margarita!... ¡Qué sorpresa verla! —dije efusivamente.
Al mirarla detenidamente, no había duda. Aquella mujer, para quien el tiempo poco había pasado, era sin lugar a duda mi querida profesora de historia del segundo y tercer año de secundaria.
—La sorpresa es mía al verte detrás del volante de un taxi —dijo con mirada recriminadora—. Recuerdo que deseabas ser arqueólogo. No es por menospreciar el trabajo que realizas pero siempre pensé que te convertirías en un historiador o un escritor. Recuerdo que una vez hablamos sobre el tema.
—Puede decirse que esa época donde creía que debía huir del bullicio del día a día y viajar a un mundo de aventuras y sueños, para volver con estos, crear y volcar el resultado en las hojas de papel para que lectores de todo el mundo los tomen como suyos y puedan seguir construyendo “sus sueños”, ya se acabo. El tener que llegar a fin de mes y enfrentarse finalmente a la cruda realidad de que uno tiene que vivir para trabajar, y no a la inversa como debiera ser, dieron por tierra con todos mis sueños…
—¡Fernández! —dijo imperativamente la profesora marcándose en su frente la línea en “V” que denotaba su grado de furia y que bien conocía—. ¿Quieres ser como don Quijote, quién murió al dejar de soñar? Es cierto que no podemos vivir eternamente en la irrealidad, como el personaje de Cervantes, pero tampoco podemos prescindir de nuestros sueños, a los cuales el mundo debe el avance tecnológico que hoy tenemos. Solamente se debe tener un cable a tierra con el cual comparar la fría y mundana realidad con nuestro mundo soñado. No debemos bajarnos o soltar a nuestros sueños, debemos aferrarnos a ellos aunque todo conspire contra nosotros, ya que no sabemos adónde estos nos puedan llevar.
—Pero profe… Es difícil vivir de la escritura salvo que uno tenga la suerte de escribir un best seller.
—¿Profe? ¿Acaso estamos en la escuela para que me llames así? Pero… ya que lo decís, quiero que me escuches atentamente: Sin sueños no somos más que un pedazo de carne ciega que vaga sin rumbo durante toda la vida.
—Sé que tenés razón, Margarita, pero es muy difícil cumplir lo que decís.
—Escuchá bien Eduardo. Hace muchos años una profesora me entregó un papel con dos frases que me acompañaron desde ese momento. La primera, de autor anónimo dice “Con esfuerzo y esperanza todo se alcanza”, y la otra del romano Tito Livio, que dice “Cualquier esfuerzo resulta ligero con el hábito”. Puede que al principio sea difícil y debas compartir tu pasión y sueños con tu actual fuente de ingresos. Sin embargo, gracias a tu trabajo, dedicación y fe en ti mismo, llegará el día en el que los sueños dejen de serlo… nunca dudes de ello. Sé que así será.
—Sin darnos cuenta ya llegamos —dije señalando el gran portal de la universidad a la que nos dirigíamos—. Como siempre, disfruté mucho nuestra conversación. Me alegró mucho volver a encontrarte. ¡Ojalá se repita!
—Por ahora no lo creo… debo partir.
—De seguro, aprovecharás que estás jubilada y viajarás a Egipto como siempre lo deseaste. Pero a tu vuelta… tal vez…
Margarita no dijo nada, simplemente sonrió y comenzó a buscar en su bolso.
—Ni se te ocurra pagarme —dije firmemente—. El estar estos minutos conversando es la mejor paga que he recibido en mucho tiempo. Además nunca tuve la oportunidad de agradecerte todas tus enseñanzas, esfuerzo, dedicación, aliento, en fin, todo lo que hiciste por mí en los años que fuiste mi profesora. Porque aunque no quieras que te llame así tu siempre serás mi profesora ¡y con mayúsculas!
—Gracias. Gracias por acordarte de mí.
—Nunca podré olvidarte. Mi gratitud será por siempre.
Margarita descendió del taxi y se alejó.
Había dejado de llover y los alumnos de la universidad comenzaban a llegar aunque todavía el día no quería despertar.
Bajé la bandera del taxímetro cuando una joven hizo la parada.
Luego de unos minutos la mujer dijo:
—Disculpe, alguien olvidó su billetera.
—Gracias, señorita, debe ser de mi profesora de historia que se acaba de bajar. En cuanto pueda se la devolveré. De seguro en la universidad sabrán su dirección —dije, luego de verificar que dentro se encontraban su cédula de identidad y unos pocos billetes.
Había pasado el mediodía y el sol ya se abría paso entre las nubes cuando regresé a la universidad y luego de estacionar me dirigí al portero.
—Buen día señor. Hoy traje de pasajera a una profesora jubilada que se olvidó en mi taxi su billetera. ¿Podría darme su dirección?
—¡Por supuesto!¿Cómo no voy a darle lo que pide? Es raro ver que alguien devuelva algo en estos días… la mayoría se la hubiera guardado ¿Cómo se llama la señora?
—Margarita… Margarita Arias.
—¿Está seguro que es de ella? Hace tiempo que no da más clases en la institución.
—Este es su documento, además, la conozco. Fue mi profesora—dije orgulloso.
—Si usted dice, voy a ver si su dirección todavía está en el archivo. Aguárdeme.
Quince minutos después, el portero, regresó con una dirección escrita en una hoja de papel.
—Esta es su última dirección… ¿Está seguro que era Margarita?... Tal vez era su hija… Bueno, no me haga caso y dele mis saludos.
Leí lo escrito y de inmediato reconocí la dirección donde al parecer siempre vivió la docente.
Sin demora, encendí el taxi y luego de dos horas llegué al lugar.
La tarde comenzaba a caer y los álamos que se encontraban sobre la vereda, a lo largo de la empedrada calle, alargaban sus sombras como queriendo recibirme con un abrazo. Más allá, la vieja casona, bastante deteriorada y mucho más pequeña de lo que recordaba, todavía lucía la pintura rosa deslavada por el tiempo.
Al tiempo que un ruidoso tren pasaba a mis espaldas, abrí el viejo portón que daba paso al enmarañado terreno, donde otrora se encontraba el frondoso jardín, y me dirigí a la puerta de entrada.
—Disculpe —dijo una mujer de unos cuarenta años desde la vivienda contigua—. ¡La casa no se vende!
—No deseo comprarla, sólo deseo devolverle algo a la dueña… La profe Margarita… que esta mañana...
La joven interrumpió mis palabras, molesta:
—No tengo tiempo para bromas. Y si de verdad la busca, no es este el lugar donde encontrará a mi madre.
—¿Usted es su hija? —dije acercándome al cerco que dividía a las dos casas—. Soy Eduardo Fernández, fui alumno de su mamá hace varios años, inclusive me acuerdo de usted y de su hermano una vez que vine con dos compañeras. Hoy a la mañana subió a mi taxi y se olvidó su billetera y solamente quiero devolvérsela. ¿Se la puede entregar?
La joven tomó con desconfianza la billetera de mis manos y al abrirla palideció visiblemente.
—¿Esto es una broma? ¿Cómo consiguió esta billetera? —preguntó visiblemente alterada.
—Ya le dije. Ella la olvidó en mi taxi.
—Eso es imposible… Ella murió hace treinta años.
Está de más decir que quedé petrificado en pie por unos largos segundos. Mecánicamente, me despedí entregándole una tarjeta del radio taxi, subí a mi vehículo y partí a toda velocidad. No sé cómo, dos horas después llegué a mi hogar, me metí a la cama y dormí.
Desperté al día siguiente con el ruido de las fuertes gotas golpeando las tejas del techo de la habitación. Me vestí y en vez de dirigirme al taxi, encendí la vieja computadora y comencé a escribir.
Una vez leí que nuestros sueños no son sólo tales, sino, etéreos hilos de luz que nos guían hacia el camino por donde debemos transitar.

Si esto es cierto, y lo vivido fue sólo un sueño, mi profe… Margarita, encontró la manera de ser uno de estos hilos… y por siempre le estaré agradecido.

sábado, 19 de diciembre de 2015

Los cambios en la sabana


El día había comenzado en árida sabana. El sol extendía sus rayos sobre la rala vegetación mientras la hiena, bajo la sombra del viejo sicomoro, reía revolcándose en grotesco baile sobre los restos todavía tibios del viejo león.
A la mayoría de los habitantes no les importó el retumbar en sus tímpanos de las risas espasmódicas de aquel grotesco ser y la de sus compañeros de manada, quienes habían logrado vencer al antiguo dueño del lugar. Muchos habían deseado el cambio y ya nadie, absolutamente nadie, dudaba que con seguridad todo cambiaría desde ese momento. 
Al mediodía, la hiena seguía revolcándose y riendo bajo la sombra del sicomoro, mientras los calcinantes brazos de febo invitaban a acercarse a las frescas aguas del casi seco abrevadero. Muchos de los habitantes de la sabana lo intentaron, pero ya no era del todo posible pues la manada de hienas se hallaba en ellas desafiando a aquellos que osaran acercarse.
Aunque este hecho sorprendió al principio, no importó porque, finalmente, la mayoría compartiría el vital líquido exceptuando aquellos que se aventuraron a partir de su ancestral lugar, emigrando a lejanos lugares, y a los pocos que por su edad o fuerza morían en el intento. Un sacrificio por el bien de todos dijeron algunas hienas rayadas, recién llegadas e invitadas por sus pares, entre bocados y risas.
Por la tarde la hiena seguía riendo bajo el sicomoro, mientras los cadáveres se apilaban y la felicidad de los buitres, que hacia tiempo habían perdido la esperanza de un festín como aquel, contrastaba con la añoranza de aquellos que, empeñándose a no dejar su antiguo territorio, recordaban los tiempos idos.
La noche llegó así como un numeroso grupo de hienas pardas, que habían dormido en sus cuevas durante el día, y con ellas, la grotesca muerte de los desprevenidos.
El sempiterno astro rey surgió en la lejanía e ilumino con sus primeros rayos la roja sabana y a las obesas hienas que peleaban entre ellas por restos de carroña.
La hiena reía y se revolcaba en grotesco baile bajo el sicomoro, cuando se escucho el potente rugido de un joven león cuya presencia no se hizo esperar.
De gran porte y negra melena el gran felino se abalanzó sobre la desafiante hiena mientras sus compañeras huían despavoridas…
El silencio se apoderó de la sabana, al tiempo que tres buitres arrancaban con sus picos jirones de cuero, carne y entrañas de la hiena.
Ya nadie escuchará en aquella sabana la histérica risa, mientras el verdadero rey de la selva duerma bajo la sombra del viejo sicomoro.

jueves, 19 de noviembre de 2015

Las cosas por su nombre y sin diferencias




Imagen de la red
Estoy cansado y agotado de los continuos comentarios por Facebook, Wasasp, periódico, TV,etc, en donde se lloran los muertos de Francia, por un lado, y por otro ignoran a los de Beirut, Nigeria, Brasil y otros lugares.
También estoy asqueado de aquellos comentarios que fomentan el odio y la destrucción hacia un pueblo o religión determinada, cargando las redes de comunicación, tendenciosamente, con información errada o a medias para crear un sentido determinado en la opinión del público que habla de daños colaterales “inevitables”  cuando las muertes ocurren en Asia o África pero de una gran afrenta a la humanidad cuando los decesos ocurren en Europa o en America del norte.
¿Qué diferencia a unos humanos de otros?  Muchos dirán que la religión.
Es cierto que el grupo terrorista, causante de la bárbara masacre en territorio Frances, como también de la destrucción de varios patrimonios de la humanidad, como las antiguas ciudades de  Dur Sharrukin, Hatra, Nimrud, Alepo y otras, dice ser musulman. Pero también es cierto lo que dice el periodista alemán Jurgen Todenhöfer, quien convivió 10 días en Mosul con los terroristas y volvió para contarlo: “El Estado Islamico predica un tipo de Islam rechazado por el 99 % de los 1,6 billones de musulmanes del mundo”. Entonces, digo yo, ¿por qué odiar al 99% por culpa de ese 1%?  
Todas las religiones se cimientan en bases fundamentales como el “no robar”, “no mentir” y principalmente “no matar”, y el Islam no es la excepción. Son algunos hombres los que tuercen esos principios a su “piachere”, dando interpretaciones propias tratando de “arrear” para sus respectivos “molinos” a la mayor cantidad de seguidores. Como ejemplo doy las palabras  de Ibrahim al Kandari, religioso kuwaití que apoya al Estado Islámico, quien proclamó: “ya es tiempo de que los musulmanes borren de la faz de la Tierra la herencia de los faraones egipcios”… "El hecho de que los primeros musulmanes no lo hayan hecho no significa que no deberíamos hacerlo ahora”. O sea la palabra y opinión de este religioso, según él, es superior o más valedera que la del profeta principal de la religión que profesa y que guió a los primeros musulmanes.
 Lo mismo ocurre con los países. Durante gran parte del siglo XX se estereotipó en películas, historietas, libros, etc, a todos los alemanes como Nazis, a pesar que muchos germanos del mundo no abrazaron el ideal de este partido alzando de una u otra forma sus voces contra el régimen mientras duro. Entonces ¿por qué insultarlos de esta manera?
“El terrorismo es el uso sistemático del terror para coaccionar a sociedades o gobiernos, para la promoción y logro de sus objetivos y/o supremacía sobre los demás que no opinan como ellos”, no es una condición genética, racial, religiosa o demográfica.
El nacer en un país o pertenecer a una religión determinada no te hace terrorista o no terrorista. El terrorista es terrorista sin distinción de credo o nacionalidad.

 Llamemos a las cosas por su nombre: Un muerto en un atentado es una victima tanto si muere en París como en Burundi y un terrorista es aquel que realiza esa acción. 
Dejemos de estereotipar y etiquetar, o dejar de hacerlo, a quien y en donde no corresponde… aunque lo digan las redes y la TV.  

martes, 27 de octubre de 2015

AVENTURAS SIN TREGUA (Critica Literaria sobre novela "El cetro del Tahuantinsuyo")



 José Vicente Peiró
Cuando la aventura abre sus alas como el cóndor, en seguida pensamos en el cine. Pero también existe en la novela. Así nos lo recuerda Alejandro Hernández y von Ekstein no sólo en su última novela publicada que aquí vamos a comentar, El cetro del Tahuantinsuyo, sino a lo largo de toda su trayectoria narrativa, llena de peripecias en Egipto (Conspiraciones faraónicas, con un simpático Waty el escriba como protagonista) o en la trilogía de El fotógrafo de loma Tarumá, diría que “trilogía paraguaya”, culminada con una interesante novela, "Ni el fuego ni la muerte", además de los cuentos publicados en "Nueve vidas", entre otras obras. Una trayectoria coherente, con estilo propio, gestada alrededor de la propia experiencia adquirida con el conocimiento y el ánimo de contar historias enfrentando un pensamiento actual con otros históricos.
Sin duda, El cetro del Tahuantinsuyo posee ritmo y un personaje real que se adentra misteriosamente en el pasado. En este caso es un escritor viajero ávido de conocer aquello que ha leído en los libros y en las páginas web de Internet, posible trasunto del autor, y adentrarse en el mundo del imperio Inca al visitar las ruinas de Machu Picchu. El anónimo turista protagonista entra en el pasado, en los últimos años del siglo XVI, como un visitante del futuro (¿correrá peligro esta novela al tratar el tema del viaje en el tiempo?). Un sacerdote y una bella sacerdotisa de la más alta nobleza inca colaboran con él para cumplir con una misión sagrada: devolver al dios Wiracocha un cetro que representa el espíritu del Imperio en vías de ser arrasado por los soldados españoles, y así preservarlo para que en el futuro resurja de sus cenizas su civilización. Todo eso entre peripecias, ayudantes y oponentes, nativos, traductores, fauna, y numerosas descripciones de los lugares mágicos y ancestrales del Imperio.
( Asunción, Servilibro, 2015, 119 págs.)
Novela llena de explosividad narrativa, recrea ese mundo pero, a su vez, desea transmitir con viveza la aventura del protagonista. Entre las descripciones cronísticas, el autor no duda para ello en recurrir a la ironía y a cierto cinismo cuando se adentra en el pasado y se enfrenta a una situación enigmática llena de suspense. Acompañado de unas bellísimas ilustraciones de Juan Moreno, y una serie de mapas divulgativos, Hernández se centra en la ubicación de un hombre actual en un espacio y un tiempo pasados, para ofrecer el choque de caracteres y costumbres, hasta que él las asimila para intentar resolver el reto planteado. No queremos desvelar más cuestiones argumentales puesto que estamos ante una novela donde los sucesos prevalecen sobre cualquier otro motivo o estrategia textual.
¿Novela juvenil? Seguramente sí, aunque yo he disfrutado leyéndola y he adquirido bastantes conocimientos de un tema que conocía de una manera superficial. Desde luego que los adolescentes disfrutarán adentrándose en el mundo exhibido y en los conocimientos desplegados, tanto de su religión y su mitología, como de los lugares incas y algunas de sus costumbres. Todo ello narrado con elegancia, con un estilo que va a la sustancia de los acontecimientos ficticios, y con una alta dosis de fantasía desplegada para convencer al lector de las exposiciones. Pura narrativa, sencilla pero con esencia.
Un buen regalo para un joven. Y para un adulto que no busque más que disfrutar de las aventuras contadas en prosa.
José Vicente Peiró
Profesor y doctor en Literatura Hispanoamericana
de la UNED y de la Universidad Jaume I de Castellón.



jueves, 24 de septiembre de 2015

El campeón

imagen de la red

 Vistiendo un pantalón corto y una remera ajada, sudoroso, con sus desgreñados y grises cabellos y con la piel quemada por el abrazador sol, el anciano vendedor callejero intentó abordar al destartalado colectivo con el fin de ganarse el puchero del día.
El chofer, con cara de pocos amigos trató de impedirlo cerrando la puerta aunque él, con su habilidad para esquivar golpes y la experiencia que le trajeron los años en la calle, logro su objetivo.
-          Jefe, déjame vender estos llaveros con el escudo del glorioso – dijo, con voz gangosa, mostrándole al chofer su cajoncito repleto de llaveros con el escudo de un equipo de fútbol.
Instintivamente y con habilidad de mago deslizó a modo de soborno, en el bolsillo de la camisa del conductor, una de sus preciadas mercancías.
El chofer lo miro unos segundos de reojo y tras de esbozar una sonrisa dijo:
-          Dale, vende nomás campeón.
Con los ojos vidriosos, el anciano sonrió mostrando sus pocos dientes y repitió henchido de felicidad:
-          ¡Campeón! ¡Campeón!
De pronto, como surgido de otras épocas, el grito de campeón, campeón, retumbó nuevamente en sus oídos.
Alzó la vista hacia el grupo de pasajeros y descubrió que todos lo ovacionaban repitiendo al unísono campeón, campeón. La gente se abalanzaba pidiéndole autógrafos mientras un par de modelos, que con diminutos atuendos se abrieron paso entre los presentes, se tomaron de sus musculosos brazos y comenzaron a besarlo.
Un grupo de fotógrafos, vestidos con traje y corbata, registraban con sus cámaras el evento sin precedentes.
¿Cuanto tiempo había pasado? ¿10, 15, 40 años? En contra de lo que había pensado durante todos estos años sus seguidores no lo habían olvidado. Estaban ahí, junto a él.
¿Y cómo se iban a olvidar del gran Nicasio Noriega? ¡El único e indiscutible campeón nacional de peso pesado! Portada de las revistas especializadas y periódicos por más de cinco años seguidos. Aquel que tenia las mujeres que quisiese y tiraba billetes, de los verdes, al público presente mientras todos festejaban con el burbujeante “champú” francés después de cada pelea ganada…
Un grupo de curiosos rodeaban el lugar estorbando el paso de un doctor y dos paramédicos que se abrían paso con una camilla. Metros más allá el chófer, tomándose la cabeza con ambas manos y mirando la ensangrentada rueda trasera del bus, repetía a un policía:
- No fue culpa mía…El colectivo estaba lleno… se cayo… Le juro que se tropezó y se cayo del vehículo. No pude evitar que la rueda le pase por encima.
Dos paramédicos levantaron el cuerpo sin vida sobre la camilla y se dirigieron a la ambulancia mientras el doctor pregunta al policía:
-          ¿Sabe quien es?
-          Negativo. No portaba documentación.
-          ¿Alguno de ustedes sabe como se llamaba?- preguntó el galeno a los presentes, entre ellos un grupo de vendedores que se había acercado a curiosear.  
-          Su nombre no se… pero le decían el campeón- respondió un lustra botas.

-          Y bueno oficial… otro más para las estadísticas. Si en una de esas averigua su nombre me pasa- dijo el medico escribiendo en el certificado de defunción, en el lugar del nombre del occiso, N N, alias “el campeón”.

jueves, 10 de septiembre de 2015

Antes del comienzo (Cuento)

Fotografía de la red

La brisa de la eterna mañana soplaba suavemente mientras el mágico edredón brumoso, bordado con hebras de luz, la cubría.
Hacía un tiempo que se encontraba en aquel balsámico lugar. Un lugar donde curar heridas pasadas, recapitular y prepararse para el nuevo desafío.
Él la conocía de otros tiempos. Y muy bien, como para advertir en su ser los temerosos pensamientos que preceden a un gran desafío.
Se acercó a ella y dijo:
- ¿Qué te ocurre?
- Me comunicaron que debo volver.
- También estoy a punto de partir. ¿Acaso no estás feliz?
- Se que es una bella oportunidad que se nos da para completar nuestros pendientes… pero el empezar nuevamente desde el principio, volver a tomar decisiones y con seguridad muchas de ellas erróneas…
- Nada es gratis, todo tiene un precio. Sin embargo, gracias al esfuerzo de no rendirnos ante las caídas y corregir nuestros errores es que finalmente evolucionamos. Unos antes que otros pero, al final del largo camino, todos cumpliremos con nuestra misión.
- Lo se… siento que todavía no estoy preparada.
- Deja de preocuparte, si se te ha ordenado regresar es porque lo estás. Sólo debes dar todo de ti, ofrecer a los demás el talento con el que se te ha dotado y, sobre todo, disfrutar de los bellos momentos que esta vida te proporcionará.
Además he averiguado que el lugar donde iras será agradable y aquellos que te acompañaran los primeros años son buenas personas y te darán todo lo necesario para poder cumplir con éxito tu objetivo.
- Eso me tranquiliza un poco… ¿Y a ti? ¿Se te ha asignado cerca de mi destino? -preguntó ansiosa.
- Esta vez no. Mis pendientes me alejarán al principio de ti.
- Lo que dices me entristece. Volvemos a separarnos y vaya a saber por cuanto tiempo.
- ¿Tiempo? ¿Qué es el tiempo? A esta altura ya deberías saber que eso no es motivo de preocupación y como dijo Charles Chaplin “El tiempo es el mejor autor: siempre encuentra un final perfecto.”
- Se que tienes razón…
- Vamos, sabes bien que si no me encuentras tarde o temprano yo lo haré.
- ¿Me lo prometes?
- Claro que sí. Sabes bien que sólo debemos buscar, entre miles, a ese alguien que al igual que la pieza de un gigantesco puzzle encastre a la perfección con nuestras aristas, nuestras virtudes e imperfecciones. Ese alguien seré yo para ti y tú para mí.
Se que la tarea no será fácil, y como cada una de las piezas de este mega rompecabezas será entreverada con las demás, nos obligará a buscar por algún tiempo y con mucho cuidado, a la que coincida a la perfección, tratando de evitar cometer el error de querer hacer coincidir a la fuerza a la pieza incorrecta…
- Se a que te refieres… ese error nos alejó más de una vez.
- Bueno… Llego mi hora. Debo partir.
- Cuídate mucho y no dudes que haré desde el primer momento todo lo que este a mi alcance para cumplir mi misión y sobre todo, volver a encontrarte.
- Yo también… yo también mi tibio rayito de sol.
La luz del lugar disminuyo en intensidad a medida que él se alejaba desapareciendo detrás de la niebla inmaculada.
Ella sabia que él tenía razón. Que todo era parte del gran plan donde, al final, todo tendría sentido y todo esfuerzo premiado. Mientras tanto, debería seguir su camino.
Y así lo hizo. Cuando su momento llego, luego de un breve pero maravilloso viaje, estaba lista.
La calida y benévola oscuridad fue interrumpida mientras hábilmente era llevada hacia la segadora luz.
Un corte, casi imperceptible la separo físicamente de aquel ser que la cobijo durante nueve meses.
El grito de un llanto agudo y maravilloso se escucho fuerte en todo el quirófano. Un llanto con el cual anunciaba su presencia. Un grito con el que comenzaba, desde ese momento, a buscar a esa pieza perdida del gran rompecabezas del que ya formaba parte.






lunes, 24 de agosto de 2015

Inauguración de SEP Alto Paraná

El pasado sábado 22 de agosto a las 19:00 con la presencia de Feliciano Acosta Alcaraz y Alejandro Hernández y von Eckstein, presidente y vicepresidente de la Sociedad de Escritores del Paraguay (SEP), se procedió al acto inaugural de una nueva filial de la mencionada agremiación de escritores, ubicada en el departamento de Alto Paraná y con sede en la ciudad de Hernandarias.

Asistieron a este acto fundacional, Gustavo González Britez (Concejal Municipal de Hernandarias), Blanca Riquelme (Directora de Educ. y Cultura de la Municipalidad de Minga Guazú), Lic. Miriam Lesme de Dávalos (Supervisora de Apoyo Técnico Administrativo Región 4), los escritores Blas Higinio Benítez Santacruz, Carmen Elvia Cantero, Fidel Miranda Silva,  Adán Yáñez Larios (México), Sr. Cruz Omar Pomilio (Argentina), Eduardo Alfredo Galeano (Coordinador General del Encuentro de Escritores del Mercosur), Sr. Mosar Da Costa (Presidente del Centro de Integración Latinoamericana)

La nueva comisión directiva, cuyo mandato fenecerá en julio de 2016, mes en el que se renovarán las autoridades de la SEP a nivel nacional y departamental, quedó conformada de la siguiente manera:
Presidente: Mabel Coronel Cuenca
Vicepresidente: Francisco Joel Recalde Rolón
Tesorero: Patricia Viviana Noemí Fonseca Guerín
Secretario: Rosana Beatriz Sandoval Persíngola
Vocales titulares
Guillermina Esther Núñez de Báez
Bella Victoria Acosta Cibils
Gladis Mereles de Pereira
Chiara Katherin Sosa D’Ecclesiis
Vocales suplentes
Eva Teresa Bartel D’Ecclesiis
Bilal Ibrahim Nemr
Síndico titular: Felisa Idolina Venancia Rodríguez de Medina
Síndico suplente: Angel Ramón Sisanovsky.

 De esta manera, junto con la Filial Itapua y la Filial Coronel Oviedo, la nueva filial Alto Paraná se convierte en la tercera sede de la Sociedad de Escritores del Paraguay a nivel departamental.


viernes, 14 de agosto de 2015

Patriotismo es valorar nuestro pasado


Vivimos en un mundo en el que se nos hace pensar que sólo importa lo inmediato, lo banal, lo no durable, vivir la vida hoy. Lo que haya pasado antes o lo que venga después no importa y lo que nos rodea debe ser construido, destruido o edificado en función a esa premisa. 
Lamentablemente para aquellos que siguen y viven en función de estas premisas lo pasajero reemplaza a lo esencial y lo “moderno”(lo bueno) reemplaza a lo “viejo”(lo malo y caduco).


Es una pena recorrer las calles y ver como las topadoras demuelen con saña una antigua casona para transformar el terreno que ocupaba en un estacionamiento o un centro comercial, o simplemente dejar que el tiempo termine con ella para tener la excusa justa para derrumbar el predio.
A pesar que digan que nado contra la corriente no estoy de acuerdo y estoy convencido que “un pueblo que desconoce y desprecia su pasado no puede comprender su presente y mucho menos puede proyectarse a un futuro promisorio.
¿Y cómo proyectarnos a un futuro con identidad si despreciamos los pocos vestigios del pasado que aún resisten al embate del tiempo y a la desidia de la cultura de la inmediatez?


La semana pasada viaje a la ciudad de Concepción y me encontré con un retazo de historia, la vivienda de un héroe nacional, que como muchos de su época defendieron fieramente este país. 
El antiguo habitante de esa casa integró la comitiva paraguaya de mediación entre la Confederación Argentina y el estado de Buenos Aires. Fue nombrado Comandante de la guarnición de Concepción, donde organizo la caballería que tendría destacada actuación en la Campaña de Mato Groso y posteriormente fue designado comandante de la División del Sud cumpliendo con éxito las ordenes de López de replegarse hacia el Paraguay cruzando el Río Paraná con miles de cabezas de ganado.

Peleo con valor en Tuyutí, ganando la Orden Nacional del Merito y finalmente desde Azcurra, asumiendo el mando del 1ª cuerpo de ejercito organizó la retirada de López, su gabinete y comitiva.

Este héroe es el General Francisco Isidoro Resquín y su casa de Concepción, que debería ser la oportunidad para recordar y valorar todo lo que él ha dado por esta tierra, lamentablemente, de no hacerse algo a la brevedad, seguirá el triste camino de la casa de los gobernadores españoles en Asunción, la casa “amarilla” del Mariscal López junto al actual panteón de los héroes, la casa en la que vivió en su infancia Roa Bastos en Villa Morra, la casona del mismo doctor Morra ubicada detrás de la plaza Infante Rivarola y otras tantas casonas y palacios que constituían una huella de nuestro pasado, una capsula del tiempo donde, de estar todavía en pie, el visitante podría ver y comprender a sus antiguos moradores a través de sus objetos y no conocerlos por una lectura obligatoria en la escuela, una estatua o un busto de bronce o latón.
Muchos hablan de patriotismo o se rasgan las vestiduras durante un partido internacional de fútbol, sin embargo no levantan un dedo ante la destrucción del patrimonio nacional y más aun si sobre sus restos podrán en la brevedad estacionar su automóvil o comer una hamburguesa.
Creo que es hora de valorar, restaurar y cuidar a nuestro patrimonio cultural y a través de él conocer a nuestros héroes e historia ya que sólo así podremos “con identidad” proyectarnos al futuro que nos merecemos


jueves, 23 de julio de 2015

El "NO LUGAR"

Imagen de Internet
Luego de publicar mí articulo sobre el día de la amistad en mi blog y en mi perfil de Facebook varios conocidos me preguntaron ¿Por qué al referirme a los Shopping hablaba de “NO LUGAR”
Esta definición, que he descubierto y adoptado gracias a una escritora costarricense y que pertenece al antropólogo Marc Augé , me parece la más acertada para estos gigantes monstruosos que lentamente van devorando y despersonalizando a la ciudad sin que nos demos cuenta.
¿Por qué digo despersonalizando? Sencillo, porque lo hacen, ya que no hay nada que diferencie a estas moles de vidrio y cemento de algún par en otra ubicación del país o del mundo. Al conocer uno se conocen a todos.
Compuesto por un conglomerado de tiendas comerciales con carteles brillante y marcas rimbombantes, algún banco o cajero automático (indispensables para que el visitante no deje de gastar), un patio de comidas, probablemente cines, un supermercado, junto con otros accesorios que no hacen diferencia y que sirven de gancho para el ingreso al lugar causando el mismo efecto de una luz a una despreocupada polilla, el no lugar va abriéndose paso en el inconsciente mundial.
Los “no lugares”, al igual que otro monstruo llamado estacionamiento, construidos sin ningún remordimiento o protesta del publico, devoran sin piedad  trozos de la antigua ciudad y su historia. Ya no sorprende ver, el impune derribo de centenarios árboles, edificios de estilos arquitectónicos característicos de una época o viviendas pertenecientes a personas que marcaron he hicieron la diferencia en su momento, cayendo bajo las topadoras, picos y palas del supuesto avance de la civilización, modernidad y trasformarse en otro reluciente centro comercial.
Puede que el no lugar, y junto a él los estacionamientos aledaños, nos “venda” la idea de confort y  todo al alcance de la mano… tanto que en un futuro no tan lejano no tendremos la necesidad de viajar a París, Roma, Tokio o cualquier otro destino del mundo ya que éste, si se sigue a este ritmo, será un gigantesco NO LUGAR.

“Aquel que desconoce e irrespeta su pasado y los vestigios de este, no puede comprender su presente y se queda irremediablemente sin futuro.”

lunes, 20 de julio de 2015

Día de los INCONDICIONALES


Como todos los años para esta fecha, los saludos y felicitaciones vuelven a llegar.
Esta peculiaridad se debe, en su mayoría, a que el gran dios creador de costumbres lucrativas que reina en todos los “no lugares” (léase Shopping) y conexos lo ordena. 
Por supuesto esta “divina providencia”, contribuye a que los comerciantes llenen sus bolsillos con el vil metal a cambio de baratijas que de otra forma no tendrían ninguna salida. 


Tanto es el grado de “zombismo” y obediencia a este ser invisible, que lamentablemente y a pesar de millones de mensajes, tarjetas, e-mail, con reflexiones sobre la amistad, el real significado de esta queda en el olvido y con un bolígrafo, un señalador, o una taza, ya se ha “cumplido” con el “pesado” de la oficina que nos toco en suerte en un papelito entregado por alguna voluntariosa y abnegada secretaria que cumple con este mandato divino.


Sin embargo, existe un grupo reducido de personas que entienden y coinciden que un verdadero amigo, muchas veces más significativo y más querido que un pariente impuesto por la genética, es como una extraña y exótica semilla que luego de germinar se enraíza en las fibras más íntimas de nuestro ser haciendo de los individuos, ahora amigos, un ente que ni la distancia ni el tiempo pueden separar. O como dijo Arisóteles:



"Un alma que habita en dos cuerpos, un corazón que habita en dos almas."


A mi entender, no es necesario un día para recordar a esos seres, a los que yo llamo "hermanos del corazón" y a quienes estamos unidos por un extraño cordón invisible que nos hace presentir que algo esta mal y que necesitan de nosotros. Un día para agasajar a esos incondicionales por los cuales responderé, y responderán, cuando sea y donde sea necesario. Ese día es todos los días del año y ninguno en particular. 
Porque como dice uno de los tantos mensajes que rondan el ciberespacio:


“Los verdaderos amigos son como las estrellas, tal vez no se puedan tocar o inclusive ver pero, pueden estar seguros, que allí están y estarán por siempre”.

Muchas felicidades a los que forman parte de esta familia que, sin genes compartidos, fusionan sus almas con la mía.

martes, 14 de julio de 2015

31 años en Paraguay


Era la mañana del 13 de julio de 1984 cuando cargado como “equeco” partí, con mi familia, hacia el norte. El sol no había salido todavía y el frío congelaba el aliento creando una gélida barba blanca al pasamontañas de mi hermano.
Luego de un apretujado tren y un breve recorrido en subterráneo llegamos a la terminal de ómnibus de Buenos Aires donde nos aguardaba el vehículo que nos llevaría a Asunción.
Después de largas he interminables 19 hs, previo paso por la aduana de Clorinda, llegamos a Puerto Falcón la mañana del 14 de julio. Descendimos del ómnibus y nos indicaron que nos dirijamos a una habitación donde un gigantesco cuadro de Stroessner nos aguardaba sobre uno de los muros, junto a un deslucido mapa de Paraguay. En este lugar visaron nuestros papeles y previo pago de la “tasa de ingreso” nos permitieron continuar viaje a Asunción.
Hoy, 31 años me separan de aquel viaje que fue seguido por muchos más y que a su vez me llevaron a disfrutar de otro tipo de viaje, el creado por mí, con el cual pude hacer viajar a muchas personas e introducirlas en los laberintos de la literatura de ficción.
Tres décadas y un año de lapachos floridos, de flor de coco, de abrasadores veranos y templados inviernos, de conocidos que van y vienen, de oportunidad de ver de cerca a un Rey (el de España) y dos papas, además de una decena de presidentes. 31 años donde situaciones y personas fueron fraguándome y haciéndome ser, bien o mal, quien soy hoy.
Por estos 31 años… Gracias Paraguay!

lunes, 13 de julio de 2015

Sigamos haciendo "lío"

La distinguida organización y coordinación de ciudadanos comunes, entes civiles y públicos debido a la venida del Papa Francisco, elogiada por varios medios internacionales, demuestra que cuando se quiere se puede.
Bomberos, funcionarios municipales y de migraciones,  militares, periodistas, servidores y la gente en general, realizaron un trabajo titánico que finalmente logró su objetivo: Mostrar al mundo un país amigable, servicial y digno de ser visitado sin envidiar nada a nadie.
Entonces yo me pregunto: Si se logro lo que se logró ¿Por qué debe venir alguien para que se pueda hacer una “liera” diferencia? ¿Es necesaria una influencia externa para pintar, barrer, tapar baches, atender de la misma manera al nacional como al extranjero, trabajando coordinados y juntos? ¿Será que podremos, por el esfuerzo individual y coordinado de todos ser reconocidos internacionalmente por ser siempre de esta manera y no por un hecho aislado?
¿Será que a medida que los días pasen la suciedad, la intolerancia y el “ya da” vuelvan a reinar  y volvamos a ser conocidos como la ciudad verde debido a los frondosos árboles que crecen en techos y muros de la ciudad? Una ciudad donde no importa que caiga otra casa antigua simplemente para hacer un estacionamiento más, o un país en donde la desidia de cada uno llena su entorno con residuos arrojados a un raudal o por la ventana de un colectivo o automóvil.
La escritora J K Rowling dijo: “No necesitamos magia para cambiar al mundo, llevamos todo el poder que necesitamos dentro nuestro”

El cambio depende de cada uno de nosotros y no es necesario mucho, sólo es necesario seguir haciendo lío como el que se hizo en estos últimos días.  

miércoles, 1 de julio de 2015

Egipto y el patrimonio de la humanidad nuevamente en peligro

Hace unos días leí con gran pesar y preocupación que un religioso kuwaití, que apoya al Estado Islámico, proclamó que “ya es tiempo de que los musulmanes borren de la faz de la Tierra la herencia de los faraones egipcios” y hoy me enteré de atentados en El Cairo y en la península de Sinaí con elevado saldo fatal.
Mí pesar es porque estas palabras y hechos pueden prender en el espíritu de fanáticos llenos de sed de destrucción y hagan lo mismo que en el 415 DC hicieron los seguidores cristianos del obispo Teofilo a la Biblioteca de Alejandría y a los centenares de personas contrarias al pensamiento de “no permitir que la inteligencia y la cultura griega siguieran floreciendo”. Consigna esta última bajo la cual fue asesinada a pedradas la Filosofa, física y matemática Hypatia ultima defensora de la afamada biblioteca, cuya destrucción retrasó por cientos de años el curso de la evolución de la humanidad.
Mi preocupación se debe a que estos fanáticos ya han destruido otros lugares como, la histórica ciudad de Nimrod y lucrado con el pillaje realizado gracias a los inescrupulosos del mercado negro, privando al mundo de un retazo vivo de la historia, una capsula del tiempo donde reflexionar sobre nuestro presente y porque no pensar sobre nuestro futuro ya que “un pueblo sin pasado no puede entender su presente y mucho menos proyectarse a un futuro”.
Quisiera preguntar a este religioso Kuwaití, a los responsables del robo y destrucción en el museo de Irak durante la “intervención internacional” para el derrocamiento de Husein, a los que arrasaron y pillaron en los museos de El Cairo, Alejandría Luxor, Karnak, durante el derrocamiento de Muhammad Hosni Sayyid Mubarak, a los que a cañonazos demolieron a los Budas de Bāmiyān en Afganistán, o a los patoteros de Green Peace que destruyeron las líneas de Nazca. ¿Que beneficio, en defensa de un ideal, creencia u objetivo, puede traer el robar o destruir el patrimonio cultural? Tal vez todos tengan una respuesta que explique pero que de ningún modo justifica este bárbaro atropello al patrimonio cultural de la humanidad.
Es muy probable que, a pesar del clamor de muchos ciudadanos del mundo en defensa del patrimonio de la humanidad, estos vándalos se consideren a si mismos “patriotas” y dependiendo del giro de los acontecimientos sean recompensados por su “divina participación” o sus manos cortadas por ladrones, pero pase lo que pase el daño que han causado jamás podrá borrarse.
Verdaderamente me duele mucho ver tanta destrucción causada por la intolerancia y necedad humana, por lo que más allá de los intereses políticos y religiosos que se hallan agazapados detrás de estos sucesos deseo con todo mi corazón que el Nilo vuelva a correr sin sangre, que el sol ilumine nuevamente el rostro de los egipcios y que las reliquias del pasado perduren por siempre para con ellas la humanidad pueda aprender y conocerse a sí misma.
Defendamos al patrimonio cultural de cada uno de nuestros países para el bien del mundo entero.

El hambre puede ser combatido, la injusticia condenada, la contaminación vencida y un gobierno derrocado, pero no se puede hacer nada por la destrucción causada a las huellas que el hombre ha dejado por su paso por la tierra.

domingo, 7 de junio de 2015

“La idea nació durante un viaje que realicé al Perú, el año pasado”

La novela de aventuras “El cetro del Tahuantinsuyo”, propone un recorrido en el tiempo hacia un pueblo fascinante.
Por Milia Gayoso ManzurAlejado momentáneamente de las historias relacionadas a Egipto, tema que abordó en varias de sus novelas, el escritor Alejandro Hernández explora la esencia de un pueblo andino en su último libro “El cetro del Tahuantinsuyo” (Servilibro). Un viaje al Machu Picchu, inició a la idea que desembocó en una aventura fascinante.
–Qué te llevó al escenario de tu nuevo libro?–Como bien sabes, siempre me fascinaron los pueblos de la antigüedad y, desde que escribo, la manera de hacer conocer y entusiasmar a los lectores en conocer las distintas culturas de la antigüedad. La idea nació durante un viaje que realicé al Perú, el año pasado. Fue allí donde sentí la necesidad de conocer mucho más sobre los pueblos andinos.
–¿Por qué crees que es importante que se conozca la historia?–Un pueblo que no conoce su historia mal puede comprender su presente y mucho menos proyectarse a un futuro promisorio. Es evidente que este libro no habla de Paraguay, sin embargo, en el mundo globalizado en que vivimos, al hablar de “pueblo” me refiero a todos los habitantes de este punto azul en que nos ha tocado vivir llamado planeta tierra.
–Sentiste fascinación por el tema?–La historia de los habitantes del Tahuantinsuyo es fascinante y misteriosa a la vez. Con una arquitectura, organización política y social y sistema de cultivos superior a la de Europa de la época, es sin duda un pueblo digno de ser estudiado y plasmado en una novela de aventuras.
–¿Investigaste mucho? En cuanto tiempo escribiste la novela?–Al igual que la cultura de mi amado Egipto, el interés y estudio del Tahuantinsuyo viene de la época que empecé a leer.
Es difícil determinar cuánto tiempo tarde en escribir la novela ya que las primeras ideas se me ocurrieron durante el viaje del año pasado a Machu Picchu y fueron madurando por unos meses. Pero el tiempo que tardé detrás de la computadora fue aproximadamente una semana.
–¿Qué mensaje deja esta historia?–En primer lugar no dejarse vencer por las dificultades aunque estas parezcan sobrepasar nuestras fuerzas. Como dicen por ahí “sobre las nubes siempre brilla el sol”. Por otro lado, la novela plantea la unión a través de la cultura, la cual es el cimiento de un pueblo, y no a través de los lasos económicos los cuales en vez de derribar las fronteras que nos dividen geográfica y políticamente crea otras más perversas.
El cetro del Tahuantinsuyo es una novela donde se hace hincapié en el deseo de un pueblo, inclusive del presente, de conservar a toda costa su identidad y gracias a esta trascender y afianzar el futuro de una nación.
Por otro lado y en contraposición de esta idea se pone en el tapete la intromisión, imposición de modelos de vida, costumbres e inclusive religión, por parte de los invasores mediante la destrucción de la cultura y valores del pueblo invadido.
Si bien la novela es para todo público, es ideal para adolescentes y puede ser leida y analizada en clase, ya que contiene una guia didáctica.
Fuente: La Nación 7/6/15

sábado, 30 de mayo de 2015

El cetro del Tahuantinsuyo


En la novela corta: "El cetro del Tahuantinsuyo", un escritor, que viaja para conocer Machu Picchu y otras ciudades emblemáticas del actual Perú, termina enredado en una serie de aventuras peligrosas cuando ingresa al pasado como visitante del futuro mediante un pasaje secreto que le permite viajar a través del tiempo en los momentos finales del Imperio inca (finales del siglo XIV).

Un sacerdote y posteriormente una bella sacerdotisa perteneciente a la más alta nobleza, convencen y colaboran con el escritor, ayudándolo en su misión sagrada: la devolución al dios del "sunturpauccar" de Manco-Capac, el cual, siendo una especie de santo grial, es el espíritu mismo del Imperio. Esta reliquia no debe caer en manos indebidas y mucho menos en las de los conquistadores españoles, debiendo ser preservada para un futuro lejano en donde el Imperio resurgirá de sus cenizas.

Las peripecias del escritor en cuestión se desarrollan como en un cuento épico. Gracias a nativos, que lo ayudan como guías y traductores, vence peligros incalculables y es salvado muchas veces por cóndores, pumas y serpientes enviados por los dioses y fuerzas sobrenaturales.
Alejandro, como en el caso de su tetralogía egipcia "Travesías de Waty el escriba" y la novela "La princesa sin rostro", demuestra un gran conocimiento de la cultura, religión y costumbres de los habitantes de Tahuantinsuyo y de la heroica lucha de este pueblo para liberarse de la invasión extranjera. Combinando la historia con las aventuras, el autor, nombra a los sitios, animales y monumentos como se los designaba en épocas antiguas, al tiempo que los grandes ríos, como el Urubamba, siguen corriendo caudalosamente entre las piedras y los desfiladeros de la región andina.
La novela crea mucho suspenso y se desarrolla como un thriller emparentado con los viajes en el tiempo y la destrucción de civilizaciones milenarias.

Osvaldo González Real

sábado, 2 de mayo de 2015

EL cetro del Tahuantinsuyo (fragmento)


Hace muchos años, una profesora de historia me dijo que la mente es la más poderosa y eficiente máquina del tiempo, que con ella podemos viajar a cualquier época o lugar con sólo desearlo.

Es cierto que en aquella oportunidad di a este comentario la misma importancia que cualquier adolescente da al consejo de un mayor, un viejo; sin embargo, el siguiente relato de lo que parecía ser uno más de mis viajes, confirmó aquellas palabras.
***
Tras haber pernoctado en el pueblo inca viviente de Ollantaytambo, rodeado por las altas montañas cubiertas por el negro manto de la noche tachonada de brillantes estrellas, partí con mi mochila a la estación de tren con destino a Aguas Calientes, más conocida como Machu Picchu Pueblo.
El vagón, con ventanas panorámicas en el techo y asientos enfrentados separados por mesas, era confortable, y la música funcional con temas andinos, agradable.
Un turista frente a mí leía el periódico del día cuyo titular "De arqueóloga y montañista, a presidente" se refería a la recién electa primera mandataria de aquel país andino.
Como escritor, muchas eran las expectativas que el nombre de Machu Picchu traía a mi mente; y con estas, el deseo ferviente de conocer aquella maravilla hecha por el hombre y el monótono traqueteo del tren, me dormí.
El pueblo de Machu Picchu, ubicado a 110 km de Cusco, en un valle rodeado por una cadena de empinadas montañas cubiertas de abundante vegetación selvática, pertenecientes a la cordillera andina central, al sur del Perú, me recibió con la efervescencia y bullicio propio de la gente que vive del turismo.
Luego de una paciente espera de casi una hora, aborde el autobús que me llevo a la zona de entrada al santuario, adonde llegamos luego de veinte minutos.
Tras el ascenso, sobre parte del antiguo Qapac Ñam (1), por fin divisé las majestuosas ruinas.
La inmensa cantidad de turistas que se abalanzaron sobre el sitio arqueológico a esa hora de la mañana, sacaban de contexto al lugar. A pesar de todo, las densas nubes maquillaban aquel cosmopolita enjambre, devolviéndole a aquellas ruinas el aspecto misterioso y místico que las hizo famosas mundialmente.
Un rayo de sol que logró colarse entre las nubes iluminó mi rostro haciendo que instintivamente cerrase los ojos.
—¿Es su primera vez en esta ciudad? ¿Necesita un guía? — interrogó un anciano extremadamente bajo y con un marcado acento andino, a quien al principio confundí con un enano.
Si bien en ese momento pensé que se trataba de uno de los tantos oportunistas que acosan a los visitantes en todo centro turístico del mundo, su sonrisa limpia y exenta de malicia hizo que responda al extraño aunque simpático individuo.

—Salvo que cuenten las visitas virtuales por la web, esta es mi primera visita y quiero verlo todo, ya que como novelista deseo absorber como esponja esta maravilla.
Con un poco más de un metro cincuenta y rasgos andinos, el hombre, ataviado con un poncho multicolor, sandalias y luciendo un colorido ch'ullu (2) parecía haber sido transportado por algún mágico sortilegio desde el pasado.
—¿Cronista? ¡Fantástico! Mi nombre es Yupanqui. Si lo desea puedo guiarlo.
—¿Cuántos soles me costará? —pregunté, dirigiendo mi mano al bolsillo donde guardaba la billetera.
El hombre volvió a sonreír y haciendo entender con un gesto de su mano que no deseaba dinero, me indicó que lo siguiera.
Yupanqui, bajaba con gran destreza por las antiguas y estrechas escaleras de la ciudadela construida por el Inca Pachacútec en el siglo XV.
—Ey, Yupanqui, no tan rápido... Quiero tomar algunas fotos.
—¿Quiere escribir un manuscrito distinto a los demás? Lo que yo le mostraré sólo lo han visto un puñado de personas — contestó sin bajar la marcha.
Luego de cruzar con rapidez el sector que fuera destinado antaño a la agricultura, formado por las típicas andenerías, llegamos a la entrada del sector urbano, construido con muros de piedra perfectamente tallados y yuxtapuestos sin amalgama, en donde destaca el sistema de canales y fuentes de aguas aun en funcionamiento.
Al traspasar la puerta de entrada a la ciudadela, ubicada sobre el muro de unos 400 metros junto al cual corre una falla geológica convenientemente utilizada como foso de drenaje de la ciudad y divisoria entre el sector agrícola y el urbano, Yupanqui me hizo notar la piedra, en el pasado móvil, que ubicada en un hueco del muro era parte del mecanismo de cierre interno.
—Nadie podía entrar o salir de la ciudad sin que le fuera permitido... Salvo que se transformara en cóndor y volara —dijo el extraño guía, que prosiguió el camino sólo deteniéndose el tiempo suficiente para que pueda alcanzarlo y seguir adelante.
Lo desparejo y estrecho de las gradas de las escaleras, 109 en toda la ciudad, sumado a los 2400 metros sobre el nivel del mar en que se encuentra la misma, parecían pasar totalmente inadvertidos por Yupanqui quien sin duda creía correr algún tipo de maratón.
En tiempo récord para un turista, recorrimos el templo del Sol, la residencia del Inca, la plaza Sagrada, el templo de las Tres Ventanas, el templo principal, el Intihuatana (3), hasta finalmente llegar al hito que marca el extremo norte de la ciudad y el punto de partida del camino a Huayna Picchu llamado por Hiram Bingham (4), la roca sagrada.
—Yupanqui... detente... ¿Alguien te persigue? —dije jadeante—. Apenas puedo seguirte y no pude sacar, hasta ahora, ninguna foto.
— Disculpa, papá (5), como te dije hace un rato, lo que acabamos de ver lo ven todos. Déjame mostrarte la ciudad en todo su esplendor.
Apenas dejando que tome aliento, Yupanqui prosiguió su carrera por el camino que atraviesa la estrecha lengua de tierra que une las montañas Machu y Huayna Picchu, hasta llegar a una bifurcación donde se detuvo como dudando si continuar.
Creyendo que seguiríamos derecho por el empinado camino, me adelanté.
— No subiremos a la cima —dijo tomándome por la chaqueta cazadora que llevaba puesta.
—Creí que es ahí adonde iríamos. ¿Acaso no es desde donde se puede ver la ciudad en todo su esplendor?
— No es de ese esplendor del que te hablo. ¡Sígueme y te sorprenderás!
El camino izquierdo nos condujo a la parte posterior de la montaña, en donde se encuentran una serie de construcciones subterráneas levantadas en cuevas, las cuales fueron forradas con bloques de piedra meticulosamente tallados para encajar con precisión en los contornos irregulares de los grandes afloramientos rocosos que les sirven de techo. Entre estas construcciones se destaca el llamado templo de la Luna en el cual tampoco nos detuvimos.
—Yupanqui, ¿adonde vamos? Este camino parece llevarnos al Urubamba... ¿Estás seguro que podré ver la ciudad?
Sin responder, Yupanqui prosiguió su camino y en un recodo se introdujo en la espesa selva que cubre la montaña.
El calor húmedo del mediodía en esa intrincada selva y el fatigoso y agitado maratón emprendido desde la mañana hicieron mella en mi cuerpo, y de pronto, tras tropezar con un tronco, rodé vertiginosamente cuesta abajo cayendo en el interior de una estrecha cueva que se abrió con mi peso.
Adolorido, me levanté y grité para ser auxiliado, pero ni siquiera el eco de mi voz en las húmedas paredes de aquella oscura caverna me respondió.
Tras varios intentos infructuosos de trepar para alcanzar la entrada, me senté en una roca y por primera vez escuche el lejano murmullo del río Urubamba.
Al ver lo imposible de salir por el mismo sitio por donde entré, gateando y palpando las rocas para guiarme debido a lo estrecho del pasaje y a la oscuridad circundante, seguí el murmullo del río que se acrecentaba a medida que avanzaba.
Poco a poco mis ojos se adaptaron a aquella oscuridad y pude ver un grupo de murciélagos que de seguro, molestos por mi presencia volaron hacia una grieta por la cual una persona adulta apenas podría pasar de lado.
—De seguro estos roedores alados saben dónde está la salida —dije, aventurándome por aquel estrecho pasaje.
La fresca y húmeda brisa acarició mi rostro. A lo lejos podían divisarse los débiles rayos del sol tratando de hacerse camino en aquella, hasta ese momento, impenetrable oscuridad.
Aquel estrecho pasaje pronto llegó a su fin, dando paso a una caverna de regular tamaño, fuera de la cual el rugiente Urubamba corría vertiginoso bajo el sol del atardecer.
Observé a mi alrededor y descubrí un angosto sendero que, corriendo paralelo al río, luego de unos metros ascendía internándose en la selva.
Me disponía a seguir aquella ruta, cuando entre las rocas, desmayada con la cabeza apenas fuera del agua, se encontraba una niña, o eso creí en aquel momento.
De no más de un metro cuarenta, cabello azabache adornado con dos trenzas, lucía una túnica larga, ceñida a la cintura por una colorida faja.
Sin inconveniente la alcé en brazos y la llevé al interior de la caverna, donde recordando mis años de scout la recosté en el suelo y abriendo con dificultad su boca procedí a sacar de la garganta la lengua, liberando así las vías respiratorias, para inmediatamente inclinar su cabeza hacia arriba.
Manteniendo su nariz tapada, aspiré profundo e insuflé el aire en su boca reiteradas veces hasta que vomitó parte del agua que había tragado. Limpié su boca y proseguí la maniobra hasta que noté que comenzaba a respirar por sí misma.
Colocando mis dedos sobre su cuello, ubiqué la yugular y sentí su débil pulso al tiempo que la muchacha abría los ojos.
Al verme, la joven se levantó abruptamente e intentó huir gritando:
— ¡Wiraqocha (6)! ¡Wiraqocha!
—Cálmate, no te haré nada. Casi mueres ahogada en el río... ¡Yo te salvé! —dije tratando de calmarla.
La muchacha se sentó en el suelo mientras me observaba asustada, como si fuese un demonio. El más ligero intento de acercarme la ponía a la defensiva.
—Bueno, niña, si así lo deseas, quédate en esta cueva mientras voy a buscar a algún guardaparque para que nos ayude —indiqué dirigiéndome a la salida.
— ¡Wiraqocha! —escuché apenas traspasé la entrada de la cueva y antes que pueda ver el lugar de procedencia del grito, un fuerte golpe en la cabeza me dejó inconsciente.
No sé cuánto tiempo estuve desmayado. Al despertar me encontraba en una estrecha habitación un poco más larga que una cama, de metro y medio por tres metros y una altura igual al ancho. Las paredes construidas de piedras con argamasa, estaban cubiertas por un techo de piedra, al parecer parte de una gruta natural.
Con dificultad y todavía abombado por el golpe, intentaba incorporarme cuando se abrió la puerta de entrada y detrás de ella, ante mi asombro, cuatro antiguos guerreros andinos.
Con alturas que oscilaban entre el metro cuarenta y el metro sesenta, los soldados estaban ataviados con una túnica corta, ceñida por una faja, sobre la cual llevaban un chaleco protector de algodón llamado por ellos uacana cushma y sobre ambos una manta. Completaban el ajuar de aquellos guerreros, un casco de madera, un mazo de mango de madera y extremo de piedra en forma de estrella y un colorido escudo.
— ¡Lluqsichiy (7)! ¡Lluqsichiy! —ordenó uno de ellos, invitándome a salir de manera poco amable, blandiendo la porra amenazante.
—¿Qué clase de broma es esta? —pregunté, recibiendo por respuesta un golpe de parte de uno de los soldados.
La cárcel, de forma circular y excavada en la roca viva, albergaba otras cinco celdas similares a la que acababa de dejar.

Al salir de aquella caverna-cárcel, el sol brillaba en lo alto. A empujones fui obligado a ascender por un estrecho camino que pronto entroncó con el que había descendido el día anterior.
Aturdido y sin comprender qué ocurría llegamos al lugar donde se encuentra la roca sagrada en el Machu Picchu.
Absorto y con la boca abierta comprobé que no había un solo turista. En su reemplazo se encontraban hombres y mujeres vestidos a la usanza del Imperio tahuantinsuyo que me observaban tan sorprendidos e intrigados como yo a ellos.
Las edificaciones lucían el mismo esplendor que cuando fueron construidas hacía casi quinientos años. Techos de paja, amarrados a gruesas vigas de queuña (8) con fuertes sogas hechas de pelo de llama, se levantaban sobre las paredes de piedra enlucidas con fina arcilla y pintadas de amarillo y rojo.
Luego de que seis soldados se sumaran al grupo que me custodiaba, seguimos camino hasta la plaza sagrada.
Del conjunto de construcciones ubicadas en torno a un patio cuadrado destacaban dos edificios. El conocido en nuestra época como el templo de las Tres Ventanas, cuyos muros de grandes bloques poligonales, fueron ensamblados como un rompecabezas, y el templo principal, construido con bloques más regulares. Fue a este último edificio adonde ingresamos.
La habitación, iluminada por antorchas, estaba ricamente adornada con tapices tejidos con lana de vicuña de finísima textura con guardas multicolores de animales y vegetales andinos.
Un disco de oro con la imagen de Inti, el dios sol, estaba ubicado en la pared sobre el altar de piedra enchapado en oro y embellecido con las imágenes del cóndor, el puma y la serpiente. El disco, rebosante de todo tipo de ofrendas, dominaba aquel recinto. Junto a la representación de Inti, ubicados en siete nichos, se encontraban las estatuas en oro de Cocha, el agua; Pacha, la tierra; Con, el fuego; Guatan, el aire; Quilla, la luna; Illapa, el rayo y Choquechinchay, el trueno.
Un fuerte golpe en mi estómago, propinado por uno de los soldados, hizo que me incline ante el sacerdote que acababa de ingresar y quien con un ademán hizo que mis captores se retirasen de la habitación, salvo dos que quedaron de guardia dentro del recinto.
Cuando la puerta se cerró detrás de mí, el sacerdote dijo en español:
—Ha visto papito que le dije la verdad. Lo que ha visto y verá, jamás hombre blanco ha visto.
De inmediato reconocí la voz de Yupanqui, quien vestía una túnica blanca de algodón, ceñida por una faja multicolor y bordada con hilos de oro, sobre la cual descansaba una manta de lana de vicuña, y calzaba la típica sandalia andina de cuero dorado con polvo de oro. Cubriendo su cabeza, un reluciente casco de oro adornado con la representación de Inti incrustado en él y dos plumas de cóndor.
—Tienes razón desgraciado... Te voy a... —dije, intentando abalanzarme sobre el sacerdote cuando los dos guardias lo impidieron.
—Cálmate, papito... Y disculpa los inconvenientes sufridos al momento. Es que si te decía la verdad nunca me hubieses creído —dijo, indicando a los guardias que me soltasen.
—Y todavía no lo creo. Es más, estoy convencido que he sido secuestrado y estoy siendo en este momento el hazmerreír de miles de personas en algún reality show de algún canal de televisión.
— Estás equivocado. Has viajado desde una tierra remota en la cual infinitas veces Inti ha mostrado su rostro ascendiendo desde el horizonte y otras tantas se ha ocultado detrás de él.
—Mira, Yupanqui, no soy un niño y los viajes en el tiempo son imposibles.
—Mi verdadero nombre no es Yupanqui sino Huilca-Uma y esto no es una broma. Has viajado al Imperio del Tahuantinsuyo y nos gobierna con sabiduría el Inca Titu Cusi Yupanqui (9).
Aunque toda aquella situación parecía una broma muy bien montada y la información sacada de Wikipedia, la sinceridad del sacerdote y el entorno que me rodeaba, sumados a las magulladuras en mi cuerpo por los golpes de los soldados, me convencieron.
—Si esta ciudad es parte del verdadero Imperio del Tahuantinsuyo (10), ¿qué o quién me trajo hasta aquí?
—El gran Wiraqocha te ha enviado para que, como cronista que eres, escribas la verdad de esta tierra ocupada por los hombres del Wiraqocha Francisco Álvarez de Toledo (11) venidos en sus naves desde más allá de la salida del sol.
— Es difícil creer que he viajado a través del tiempo y mucho menos confiar en aquellos que hasta ahora me han golpeado, encarcelado y arrastrado hasta sus pies por el único crimen de intentar rescatar a una niña que casi muere ahogada.
—Comprendo tu desconfianza, pero tú has de conocer bien como ha sido nuestra relación con los wiraqochas desde el día que emboscaron y encarcelaron a Atahualpa y luego de recibir el rescate establecido por su libertad, fue ejecutado. La confianza hacia tu gente se ha visto muy reducida. En cuanto a la muchacha que salvaste del río, no sé de quién hablas — respondió, aunque su rostro decía lo contrario—. Los guardias sólo te encontraron a ti saliendo de la caverna.
—Supongamos que he viajado en el tiempo y utilice mi estadía en estas tierras para escribir una novela, ¿quiere decir que puedo volver cuando yo lo determine? ¿O estaré secuestrado hasta que Wiraqocha decida cuándo debo volver?
El sacerdote sonrió y eludiendo la respuesta, dijo:
— Nadie ha tenido nunca la oportunidad que Wiraqocha te presenta. Aprovéchala y volverás a tu época cuando sea el momento. Ahora debes irte. Se te alojará en una de las viviendas de la ciudad hasta que sea el momento de emprender tu viaje a Hatun Vilcabamba (12). En ella encontrarás un uncu (13), un par de usuta 14 y algunas yacoya (15) que he ordenado se te provean. Mañana se enviará un chaskiq (16) a nuestro Inca, comunicándole de tu presencia; mientras esperas realizarás las tareas que se te asignarán, con las cuales podrás realizar tus crónicas.
El sacerdote dio unas indicaciones en quechua al guardia y este, sin golpearme aunque con recelo, me acompañó a una de las viviendas de la zona sur de la ciudad, cercana a la entrada de la misma.
La vivienda seguía el clásico estilo arquitectónico del Tahuantinsuyo: muros de piedra bien pulidos, ligeramente inclinados, con junturas perfectas entre bloque y bloque y exentos de ventanas salvo las tapiadas, que de forma trapezoidal servían de alacenas y guardarropa. El techo con caída a dos aguas, estaba sostenido por fuertes vigas de quinua sobre las cuales reposaban cañas y sobre ellas paja. Vigas, cañas y paja, estaban sujetos a salientes de la pared en su parte superior con sogas hechas de lana de alpaca.
Poco a poco me fui acostumbrando a la poca luz proveniente de la puerta de entrada y pude notar que sobre el piso de tierra apisonada se hallaban un par de ollas, una vasija grande de cerámica y una tinaja con chicha (17), junto a una piedra que hacía de banco. Un poco más allá se encontraba una estera o especie de alfombra de agave y sobre ella un cuero de llama.
En una de las ventanas falsas, se encontraban dobladas las mantas y las vestiduras a las que hizo referencia el sacerdote.
Con mis ropas sucias y rotas, decidí reemplazarlas por aquellas que me habían dejado, aunque no tardé en descubrí que me quedaban cortas, por lo que opté por conservar mis pantalones y ropa interior.
Cuando el sol estaba en su punto más alto, un soldado me trajo dentro de un plato de bordes altos un trozo de carne asada de alpaca con papas cocidas y una mazorca de maíz de enormes y dulces granos.
El día transcurrió sin sobresaltos y a pesar que se me permitía salir de mi nuevo "hotel de 5 estrellas", las miradas amenazantes de los guardias eran más que suficiente para que mis paseos por la ciudad se limiten al área donde residía, observando alguno que otro perro andino, de color negro y casi totalmente desprovisto de pelaje, las viviendas de los trabajadores, sus corrales con gallinas, patos y pavos y de lejos el templo del sol y el Inkahuasi (18).
Llegada la noche, resignado y esperando que toda esta mágica experiencia fuera producto de algún extraño sueño, me recosté sobre la estera y me cubrí con las mantas, sobre estas coloqué el cuero de alpaca ya que la temperatura había bajado considerablemente.
Poco antes de conciliar el sueño vino a mi mente la imagen de la misteriosa joven a quien salvé la vida. ¿Quién sería? ¿Por qué Huillca Urna negó su existencia?
El bullicio propio de un pueblo que se dispone a ir a trabajar, acompañado por ladridos de perros, cacareo de gallinas, el trinar de aves y el sonido de quenas me despertó.
— ¡Oh no!... Sigo dormido —exclamé para mis adentros al abrir los ojos y constatar que todo seguía tal cual como cuando me dormí el día anterior.
Infantilmente, volví a cerrar los ojos y a tapar mi cabeza con una de las mantas, cuando sentí un leve puntapié en las costillas.
Parado junto a mí se encontraba un soldado, que tras entregarme una hogaza de pan circular de casi veinticinco centímetros de diámetro y una bolsita de cuero que contenía hojas de coca (19), me indicó que lo siga.
El caminar por aquellas estrechas callejuelas cruzándome con los súbditos del Tahuantinsuyo me hizo recordar a Los viajes de Gulliver de Jonathan Swift, ya que con mi metro ochenta estaba unos treinta centímetros por encima de la media de aquellos sorprendidos ciudadanos quienes cuchicheaban y bromeaban señalando mi atuendo.
Tras cruzar nuevamente toda la ciudadela en dirección norte, nos dirigimos al Huayna Picchu.
 
 
NOTAS
1. Quechua: Red de caminos por donde transitaba el Inca conocido vulgarmente como caminos del Inca.
2. También denominado chullu o chullo es el típico gorro andino con orejeras.
3. Quechua: donde se amarra el Sol.
4. (19 de noviembre de 1875-6 de junio de 1956) fue un explorador y político de los Estados Unidos que dio a conocer al mundo las ruinas de Machu Picchu.
5. Decir papá o mamá a las personas aunque no sean los hijos es un modismo utilizado normalmente en Perú hoy en día.
6. Dios supremo del panteón tahuantinsuyo. Sin embargo, en este caso el autor hace referencia al modo en que también llamaron a los españoles. Cuando los habitantes del Imperio tahuantinsuyo vieron por primera vez a los hombres de Pizarro, al ver que eran blancos y de cabellos rubios, pensaron que se trataba del mismísimo Dios.
7. Terminología aplicada para obligar a salir.
8. La queuña, árbol de la familia de los arrayanes, es uno de los árboles más resistentes al frío en el mundo. Algunos de ellos llegan a desarrollan por encima de los 5.200 metros sobre el nivel de mar.
9. (1529-1571) Hijo de Manco Inca Yupanqui, se convirtió en el penúltimo Inca gobernante de Vilcabamba. Coronado en 1563, gobernó hasta su muerte. “Quechua: Tawantin suyu, «las cuatro regiones o divisiones». Se llamo así al imperio, gobernado por el inca desde Cusco, que estuvo subdividido en cuatro suyos: el Chinchaysuyo (Chinchay Suyu) al norte, el Collasuyo (Quila Suyu) al sur, el Antisuyo (Anti Suyu) al este y Contisuyo (Kunti Suyu) al oeste.
11. (1515-1582) Fue un aristócrata y militar de la Corona de Castilla y quinto
Virrey del Perú.
12. Última capital del Imperio Tahuantinsuyo. Si bien algunos historiadores creen que los restos de esta ciudad son las ruinas conocidas con el nombre de Espíritu Pampa, el profesor de la Universidad Complutense de Madrid, Dr. Santiago del Valle Chousa, cree haberla descubierto recientemente en la zona del nevado Choquezafra, entre los valles de Lugar grande y Choquezafra y las montañas circundantes. Esta ubicación es la que se tomará en esta novela.
13. Quechua: Túnica corta similar a una camiseta larga.
14. Quechua: Sandalia
15. Quechua: Manta.
16. Quechua: También conocido como chasqui significa el que recibe y entrega (mensajero).
17. Bebida alcohólica que resulta de la fermentación del maíz en agua azucarada.
“Quechua: Inka = Inca, Wasi = casa, "casa del Inca"
19. La hoja de coca, procedente de un arbusto andino del mismo nombre, es utilizado desde tiempos inmemoriales como analgésico y energizante. Es gracias a estas hojas, de forma de elipse y del tamaño del dedo pulgar, que las personas que provienen del llano pueden sobrellevar los males provocados por las alturas. En la actualidad mediante un proceso químico se obtiene la droga llamada cocaína.