Cuentos en el blog

viernes, 2 de marzo de 2012

El invisible del subterraneo (Cuento)


Miré instintivamente mi reloj. Eran las siete horas de una fría tarde de invierno y revisaba por enésima vez un artículo periodístico que debía presentar para el suplemento dominical.
Eché un vistazo a través de las empañadas ventanas de la oficina del periódico donde trabajaba desde más de veinte años y contemplé, por un instante, como las últimas luces del día comenzaban a ser reemplazadas por las de neón de los carteles y escaparates de la ciudad, mientras una hormigueante multitud de personas, regresaba a sus hogares después de una agotadora jornada laboral agolpándose en las paradas de autobús o en las escaleras que, ubicadas en la esquina, descendían a la estación del tren subterráneo.
El caos se apoderó momentáneamente de la ciudad. Bocinazos, gritos, insultos, transito congestionado, intolerancia, era la resultante del ánimo de aquella bulliciosa masa humana que en minutos más abandonaría a la ciudad para regresar, en su mayoría el próximo lunes.
Media hora después, envié el artículo por correo electrónico al diagramador que ansioso aguardaba para cerrar la edición, me puse mi sobretodo, bufanda, y guantes y descendí con el ascensor los siete pisos que me separaban de la planta baja.
El bullicioso caos de minutos atrás había desaparecido. Las luces de neón iluminaban las calles semidesiertas sólo habitadas por sombras de los invisibles nocturnos, indigentes y recicladores de basura, que poco a poco ganaban las calles con sus carros y voluminosos bagajes. Parias de la sociedad con vidas e historias que a nadie importaban.
Cómo de costumbre me dirigí al negocio de enfrente, intercambie saludos con el vendedor, compre un café y un sándwich de jamón y queso, y me despedí, para finalmente caminar los cincuenta metros que me separaban de la entrada al subterráneo.
Bajé las escaleras y luego de pasar por los molinetes me senté en una de las bancas a esperar la llegada del tren mientras leía las viejas noticias del diario de la mañana y bebía mi café.
El característico aroma de metal, grasa y combustible junto a una triste melodía ejecutada por un indigente, mediante una armónica, invadían el silencioso andén.
Aunque al principio no lo noté debido a que estaba concentrado en mi lectura, la música dejó de sonar.
-Disculpe, ¿no tendría algo para comer que le sobre?-dijo el vagabundo mirando el sándwich que todavía no había tocado y que se hallaba junto al vaso térmico de café, sobre la banca.
Baje el periódico y ante mí, vestido con un andrajoso sobretodo, barba y cabellos enmarañados y sucios, se hallaba un vagabundo con una de sus manos dentro del bolsillo de su abrigo.
Mis pulsaciones se aceleraron debido al prejuicioso y a veces infundado temor que todos tenemos ante este tipo de individuos y más aún cuando el sujeto sacó del bolsillo la armónica y se puso a tocar un Blues.
El mendigo, de edad indefinida y cuyo rostro me parecía conocido, tocaba de forma impecable. Fue cuando me fijé en sus manos las cuales aunque un poco temblorosas y surcadas por profundas arrugas y callosidades, denotaban haber vivido tiempos mejores.
-Tome este sándwich, buen hombre. Creo que calmará su hambre- dije cuando el hombre dejó de ejecutar el instrumento musical.
- Gracias, y disculpe la molestia pero es que debo llenar mi estomago, hoy es viernes y los fines de semana es más difícil encontrar algo con qué hacerlo- dijo el mendigo sonriendo mientras dejaba al descubierto sus tres únicos dientes.
- Sabe que… tome también el café, lo calentará un poco.
Los ojos del mendigo brillaron. Tomó con sus dos manos el vaso y bebió un largo trago.
- Gracias nuevamente… ¿Quiere que le toque otra música? Elija el tema…en estos años aprendí muchas canciones para sobrevivir: Blues, Jazz, moderno…-insistió el indigente.
- Me gustaría, pero primero beba su café. Está helando y se enfriará pronto.
- Yo no siempre viví así, si esto se puede llamar vivir… Pero es el precio que debo pagar por mis errores- dijo después de beber, sonoramente, otro sorbo luego de sentarse en la banca a mi lado.
- Hace quince años, tenia una bella esposa, un automóvil del año… ¡y de los caros!… - dijo sacando de uno de sus bolsillos un deteriorado recorte periodístico en donde se veía a un exitoso hombre de negocios recibiendo el premio del Empresario del año.
- Recuerdo esta foto, fue de las primeras que saque para el periódico donde trabajo antes de ser columnista. Era un empresario que luego de verse involucrado en un escándalo industrial nadie supo más nada de él- dije sin comprender que relación tenía aquel recorte con mi interlocutor.
El indigente al ver que no lo podía reconocer en aquella fotografía, con pesar prosiguió:
- El exitoso empresario de la foto era yo. Se que se le hace difícil reconocerme… Hasta a mí me ocurre. Lo tenía todo…y del día a la noche todo lo que había construido con tanto esfuerzo se derrumbó como castillo de naipes.
- Todo comenzó el día después que se sacara la foto- prosiguió el hombre- Me dirigía a mi oficina como todas las mañanas cuando vi a Rebeca, la mujer mas bella que había visto en mi vida. Voluptuosa y curvilínea como la que más, de cabellos rojos como el fuego, caminaba por la vereda de enfrente a donde me encontraba meneando su felino cuerpo.
De pronto, al llegar a la esquina, un ratero le arrancó de su mano la cartera y huyo.
Sin dudar, corrí esquivando a los numerosos transmutes que a esa hora se hallaban en el lugar y antes que el mal viviente pudiera darse cuenta le estaba propinando un puñetazo y recuperando la cartera robada.
Sin esperar nada a cambio, luego de entregar al malhechor a un policía, devolví el bien robado a la mujer.
Sorprendida, de inmediato me reconoció y me invitó a tomar un café.
Mientras conversábamos animadamente me confidenció, como al descuido, que estaba desocupada y que esa mañana ya había tenido dos entrevistas laborales fallidas.
De más esta decir que esa misma mañana Rebeca estaba instalada en mi despacho como mi nueva secretaria ejecutiva.
No se si fue su especial deferencia hacia mi persona, su simpatía, la eficiencia en su trabajo, su sensualidad o todo aquello junto que no pasó más de una semana antes que cayera en sus brazos…y en su cama.
- ¡Y quién no caería en los brazos de tal espécimen! Pero disculpe… no veo que tiene que ver su secretaria con que hoy este mendigando en las estaciones-dije intrigado.
- Como muchos, pensaba igual que usted. De hecho, la relación no iría más lejos que “darnos el gusto” de tanto en tanto, me decía a mi mismo.
Un par de meses, como si fuera una deliciosa droga que quemaba las entrañas, el “de tanto en tanto” se convirtió en todos los días. ¡Es que era única!
Sagaz, meticulosa y altamente profesional durante el día y un portentoso volcán en erupción por las noches. No tardó en convertirse en mi magma, el centro ardiente de mi existencia. Dependía absolutamente de ella en todo.
Pero como dice el dicho “cría cuervos que te sacarán los ojos”.
El saberse imprescindible y tener el poder y la información para serlo, hizo que se vuelva arrogante, déspota y discriminadora con el resto del personal, e incluso llegó a manipularme consiguiendo que cometa varias injusticias con mis dependientes, que hasta ese momento confiaba plenamente en mí.
Una tarde, finalmente, debido a un incidente entre mi secretaria y otra funcionaria, entre gritos, salió a la luz lo que hacia tiempo se murmuraba por los pasillos de Laboratorios Capital: Rebeca es la amante del Ingeniero Ortellado.
Al enterarse mi esposa del affaire, no tuve más remedio que despedir a la mujer quien juró vengarse. Y así lo hizo. Ni bien salió con sus cosas del edificio fue a la competencia y, a cambio de un puesto encumbrado, reveló información que hizo perder a “Laboratorios Ciudad” el liderazgo que había ostentado durante los últimos treinta años en el mercado de los cosméticos. De este modo, seis meses después, al descubrirse la fuente de la filtración de información fui despedido. Y como “pueblo chico infierno grande” ningún laboratorio ni empresa del país quiso contratarme al conocerse el escándalo. Un año después mi esposa pedía el divorcio… Y aquí me tiene…tocando la armónica por un sándwich de jamón y queso y un café- culminó el relato el hombre mientras se chupaba los sucios dedos.
La bocina de un cercano tren retumbó en el andén y seguidamente una brillante luz iluminó el oscuro túnel del subterráneo. Pronto el convoy paró en la plataforma y abrió sus puertas.
- Bueno Don Pedro debo despedirme-dije llamando al mendigo por su nombre.
- Puede que alguna ves haya sido el Ingeniero Pedro Ortellado- dijo tristemente-, hoy sólo soy un fantasma sin nombre, un ser invisible que deambula por las noches ante la indiferencia de la ciudad…
- Me alegró conversar con usted, y antes que se vaya quiero compartir algo que aprendí durante estos últimos años y que le puede ser de utilidad: Nunca olvide que el ser humano al igual que un edificio tiene ocultos, bajo su fachada y construcción, cimientos y pilares que lo sostienen como persona- dijo mientras me acompañaba hasta la puerta del tren.
El cimiento, son las tradiciones, costumbres, consejos, enseñanzas y vivencias que sus padres y familia formaron durante su infancia. De este cimiento parten siete columnas que son: El valor, coraje, fe, alegría, entusiasmo, honestidad y en ultimo lugar aunque no menos importante que los otros seis, el amor.
Cada uno de estos pilares debe estar bien equilibrado para que la persona también lo esté.
Sin tradiciones o renegando de lo que uno es, se pierde la sustentación ya que como aquel edificio sin cimientos o árbol sin raíces, al no tener como anclarse al suelo, el menor temblor lo desplomará.
Lo mismo ocurre con los pilares, todos deben estar en equilibrio, ya que la fortaleza de uno se transforma en la debilidad de los demás.
Yo tenía valor y coraje, que no dudé en mostrar al correr tras el ladrón de la cartera de Rebeca; tenía fe, alegría y entusiasmo gracias a los cuales llegué a ganarme la admiración de mis subalternos y llegar a ser el empresario del año. Sin embargo, al engañar a mi esposa, dejé de lado la honestidad lo que me hizo perder la visión del verdadero significado del amor el cual cambié por una simple relación carnal con mi secretaria.
Fue este motivo o “pecadillo” el que hizo perder la sustentación de una de las columnas de mi ser. Mi vida se resquebrajó y quedé expuesto a la manipulación y posterior traición de Rebeca que finalmente desembocó en el total derrumbe y perdida de mí reputación, de líder y esposo, que tanto me había costado alcanzar.
Hágame caso, cuide los cimientos y columnas de su vida.
Las puertas se cerraron, me senté en una de los asientos del vagón y casi de inmediato el tren se puso en movimiento.
Poco a poco el tren tomó velocidad y dejando la estación atrás, ingresó en el oscuro túnel mientras a lo lejos se escuchaba fuerte y claro el lejano y tembloroso lamento de un blues.
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4 comentarios:

  1. Me ha parecido magnífico tu cuento, Alejandro. Especialmente por dos cosas.
    La primera, es que la descripción de ese viernes que se apaga sobre la ciudad, me ha parecido espléndida, no solo se puede leer sino incluso ver entre esas luces de neón que se encienden y apagan. Tu descripción es un fotograma nítido y lírico de lo que pretenden transmitir. Conseguido y con creces.
    Y, en segundo lugar, la idea que dejas flotando en esa estación sobre la vida y el hombre, también es magnífica. A pesar de los reveses de la vida, a pesar de que los muros y fachadas del hombre estén desconchadas, siempre hay unos pilares y unos cimientos que sustentan esa construcción, y si se mantienen firmes y fieles a su arquitectura, el edificio siempre se mantendrá en pie y con el tiempo mejorará.

    Encantada de leerte porque ha sido un verdadero placer el hacerlo.
    Te felicito por este exquisito cuento.

    Un fuerte abrazo.

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    1. Te agradezco tus palabras y quiero agregar que: A pesar de los reveces y de la gran caída aquel hombre trata de redimirse y "reconstruirse", señalando con su experiencia el camino que no se debe seguir.
      Para el periodista del cuento estas palabras permanecerán, inclusive después de haberse despedido y haber ingresado al oscuro túnel, transformadas en los acordes de aquel triste blues.
      Un ciberabrazo.

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  2. Es un cuento estupendo, me gusta el realismo de tus descripciones y la moraleja final
    Estupendo
    Un saludo

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  3. Muchas Gracias Ciberamiga, son situaciones ficticias que pueden darse en cualquier lugar,momento o época.

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