Cuentos en el blog

sábado, 18 de febrero de 2012

Vacaciones con mi abuelo (Cuento)

Tendría unos trece años cuando, una tarde de verano, mi abuelo llegó a mi casa y me invitó a pasar unos días en la vivienda que había comprado en un lejano pueblo de la costa.
Alto, de cabellos blancos, frente amplia, ojos azules y una amplia y calida sonrisa, aunque muy reservado y un tanto frío de carácter,  siempre vestía de traje y corbata y bebía grandes cantidades de té, inclusive en los más tórridos días de verano, costumbres que yo atribuía a que había nacido bajo la bandera del lejano y frío Imperio Ruso, en un pequeño pueblo pesquero a orillas del Mar Negro.
Aunque poco lo conocía, debido a una incomprensible disputa de varios años que había mantenido con mi madre, los pocos momentos que pude compartir con él siempre se había mostrado muy cariñoso conmigo, su nieto mayor.
No niego que al principio me incomodó que, en el lugar donde pasaría los siguientes treinta días, no llegara la señal de la televisión pero la idea de ver por primera vez al mar hizo que me decida por comenzar a empacar mis cosas. Es que tenia una extraña atracción hacia, como decía una serie de la tele “una de las últimas fronteras del hombre”
Después de un largo viaje en tren llegamos con las primeras luces del día, a la mal cuidada estación del pueblo rodeada de blancos médanos fijados por la vegetación rastrera del lugar y cipreses plantados para el efecto.
En el andén, sentado en una banca de madera se encontraba un hombre vestido con un gran sombrero blanco de vaquero camisa a cuadros, pantalón de jeans y botas.
- Buenos días Don Anatolio. ¿Tuvieron buen viaje?
- Así es Fernández, le presento a mi nieto Iván.
- Encantado muchachito, me contó su abuelo que usted no conoce el mar.
- Sí, estoy ansioso por verlo… ¿Falta mucho todavía?- pregunté, pues a pesar que se podía oler el característico olor marino y sobre nosotros revoloteaban unas gaviotas, el mar todavía no podía verse.
- No se impaciente joven en unos minutos lo vera.
El hombre tomó mi valija y la de mi abuelo y las colocó, ante mis atónitos ojos, en una diligencia como las que se veían en las viejas películas de la televisión.
- ¿Esto es una broma? ¿No tomaremos un taxi?- pregunté a mi abuelo.
- Un taxi quedaría atrapado entre los medanos. Esta diligencia y el caballo son los únicos medios con los que desde el pueblo se puede llegar a la estación.
- Veo que estas vacaciones serán toda una aventura…- masculle mientras miraba a través la pequeña ventanilla cuadrada.
Después de unos pocos minutos en donde aquella diligencia se bamboleaba de un lado a otro mientras avanzaba por el ondulado terreno, mi abuelo, tocándome el hombro dijo:
- Mira. ¡El mar!
Me abalancé sobre el octogenario y observé extasiado, por la pequeña ventana del vehiculo, el más maravilloso espectáculo que hasta ese momento había visto. Extendiéndose hasta el infinito, con sus aguas negras incendiada por el sol matutino y rompiendo con furia sobre las espumosas rocas de los acantilados, estaba el mar.
- ¿Te gusta lo que ves?-preguntó mi abuelo mientras la fresca brisa impregnada de salitre acariciaba mi rostro.
- Es más grande y vivo de lo que se ve en la televisión-dije embelezado, a lo que mi abuelo respondió con una carcajada.
- ¡Más grande que en el cine!
Pronto pudimos ver “el pueblo” que no pasaba de una treintena de cabañas de pescadores.
- ¿Aquí vives? –dije desanimado, al ver la precariedad de las viviendas.
- No, yo vivo allá- dijo señalando sobre la cima del risco a un imponente faro de paredes blancas y rojas.
- ¡Vives en un faro!
- Es mejor que las casitas de madera de los pescadores, muchísimo más acogedor que una casa en la ciudad y encima me pagan por vivir en él. Sólo debo encenderlo a las cinco de la tarde todos los días.
- ¿Y quien lo encendió mientras estuviste en la ciudad?
- Fernández me ayuda en ocasiones como esta.
Junto al faro estaba la casa de mi abuelo, una pequeña vivienda con tres habitaciones, cocina con fogón y un baño. De paredes de piedra y techo de teja sostenido por gruesas vigas de madera tenia un aspecto bastante rustico aunque sólido.
Tras desempacar, mi abuelo me invitó a subir a la torre del faro a la que se accedía por una desgastada y empinada escalera caracol adosada a las paredes.
Minutos despues llegamos a la habitación de la torre, donde mi abuelo había montado su escritorio desde el cual, por una escalera de madera, se llegaba al faro propiamente dicho.
Las paredes de la habitación estaban casi totalmente cubiertas por estantes, atiborrados con libros y manuscritos, dejando solamente libre la ventana de gruesos vidrios que daba al mar. Debajo de esta se encontraba un escritorio de gran tamaño sobre el cual descansaba un samovar, una tasa de porcelana con su platillo, una vieja maquina de escribir, un tintero, varias plumas y lápices ordenados de mayor a menor y una pila de hojas blancas de papel.
- Es aquí donde paso la mayor parte del día. Mira que bella vista se tiene de aquí.
- No sabía que escribes – dije señalando la máquina- A mi me gusta escribir cuentos, aunque mi profesora dice que son demasiado fantasiosos. Es por ello que nunca suelo sacar una nota muy alta.
- No te preocupes Iván, la calificación no es importante. Si te gusta escribir fantasías hazlo. No dejes que nadie te amedrente. Recuerda que los profesores de Albert Einstein  lo trataban como un retrasado. Nunca reprimas tu imaginación.
- ¿Y tú has publicado escritos? ¿Dónde se venden?
- Nunca los he publicado. Es una diversión, un desahogo para mi viejo corazón. Toma, si quieres lee este a ver que te parece- dijo sacando de un estante uno de los manuscritos cosido a mano y encuadernado con una tapa rustica hecha con el cartón de una caja de vino.- Como podrás ver hay varias hojas en blanco, si quieres puedes escribir en ellas.
Tome el manuscrito y subimos al faro donde mi abuelo enseño la maquinaria, que funcionaba con un viejo motor de tractor.
Como era de esperar, luego de la primera semana, de la fascinación por aquel lugar pasé al tedio. Y para peor de males la abstinencia de los dibujos animados y la televisión ya se hacia sentir.
- Abuelo, ¿cómo puedes vivir aquí sin aburrirte? No hay televisión y en el cine del pueblo dan películas pintadas a lápiz- dije interrumpiéndolo mientras tecleaba con fuerza su vieja maquina de escribir- Ni caballos para cabalgar hay.
- Tienes razón, hay veces que me aburro. Es cuando bajo a la playa y me pongo a ver el mar- dijo luego de terminar la frase que estaba escribiendo.
- Pero…hasta yo que no lo conocía ya me he cansado de él.
- Es probable que sólo lo hayas mirado y no observado. Ven acércate a la ventana y observa… como cada ola es distinta una de otra, como chocan con desigual intensidad sobre las rocas. ¿Cómo puedes cansarte de ver a las gaviotas, o a aquellos cachalotes que se ven a lo lejos? Probablemente no lo comprendas, pero estoy convencido que el mar es como la vida y cada uno de nosotros somos como aquel kayak amarillo que se enfrenta a las olas, siempre de manera diferente, para aprovechar lo mejor de estas y lograr así su objetivo y no hundirse…
- Y si tú lo dices…- interrumpí aburrido.
- Hagamos una cosa, ve a jugar un rato. Yo termino aquí y si no te estás divirtiendo, bajo al pueblo y le pido a Fernández un par de caballos para cabalgar por el pinar. 
Acepté de mala gana y baje a mi habitación. Fue cuando mis ojos cayeron sobre el manuscrito encuadernado, el cual había quedado en el mismo lugar donde lo dejara el primer día.
Con el escrito bajo del brazo, descendí por un estrecho sendero a la diminuta playa que se formaba debajo del faro y junto a unas rocas comencé a leer.
No se si fue el murmullo acompasado de las olas al chocar contra las rocas del malecón, las gaviotas que revoloteaban y se posaban sobre la campana de la bolla cercana, la magia de aquel pequeño escondite o las maravillosas historias de mi abuelo en sí, pero lo que sí puedo afirmar es que fui transportado a lejanos lugares y épocas donde ocurrían situaciones con las que me identificaba, como si yo fuese el personaje de la aventura.
El estilo de escritura era sencillo y directo, aunque con minuciosos detalles. Creo que eran precisamente estas descripciones de lugares y cosas conocidas por todos lo que hacían que la fantasía deje de serlo para el lector.
Fue con este descubrimiento que comencé a escribir un cuento en las hojas que estaban en blanco.
Cuando quise darme cuenta, el sol comenzaba a caer, las olas comenzaban a iluminarse con la luz del faro y mis pies y pantalones estaban mojados debido a la subida de la marea.
- Fui al pueblo por los caballos pero, como vi que estabas entretenido leyendo, no quise molestarte- dijo el anciano mientras servia un apetitoso guiso de lentejas con papas y peperoni.
- Me gustaron mucho tus cuentos… ¡deberías publicarlos! Estoy seguro que a mis compañeros de clase les gustaría leerlos.
- Te agradezco el elogio...pero yo escribo solamente para divertirme…
- Leí una vez en una revista un reportaje que se le hizo a un escritor en donde decía que él se sentía con la obligación y el compromiso de plasmar en el papel sus sueños, transformados en poesía o historias, evitando así que se pierdan en el tiempo y el espacio- dije bostezando.
- Muy bien mi pequeño filosofo, tendré en cuenta tus palabras. Ahora termina tus lentejas y ve a dormir que mañana será otro día- dijo mientras se servia la segunda tasa de té.
Al día siguiente, luego de desayunar, devolví el manuscrito y comenté que había escrito un cuento en las hojas en blanco.
Sorprendido gratamente, mi abuelo tomó el manuscrito y leyó detenidamente mi cuento.
Al terminar, sonrió, me miró por encima de sus gruesos lentes de marco negro, se abotonó el chaleco gris de lana y me pidió que lo acompañe a su escritorio.
Ya en la habitación de la torre, me entregó otro manuscrito, un blok de hojas con renglones, un lápiz, un sacapuntas y seguidamente dijo:
- Quiero que leas estos cuentos y que escribas algunos en este blok. Luego del almuerzo los leeré y te daré mi parecer, después de esto, tú podrás decir que no te gustó de los míos. Ahora ve a la playa y ten cuidado con la marea. No quiero que te enfermes y tu madre me reprenda.
Baje a la playa, volví a acomodarme junto a las rocas, y comencé a leer y escribir hasta la hora del almuerzo, después del cual conversamos por casi dos horas. Al terminar nuestra conversación, me entregó otro manuscrito el cual terminé de leer para la hora de la cena, donde volvimos a intercambiar pareceres de nuestros trabajos hasta altas horas de la noche.
Después de completar todas las hojas de tres bloks con mis historias y leer una decena de manuscritos aquellas vacaciones, en compañía de mi abuelo y de las mágicas aventuras encerradas en aquellos inéditos cuentos, casi habían llegado a su fin.
Faltando una semana para mi regreso a la ciudad, mi abuelo, me dijo en el desayuno:
- Debo ir al pueblo. Volveré para el mediodía. Quiero que para mi regreso prepares sándwiches, hagas jugo con las naranjas que trajo Doña Carlota ayer y ensilles los caballos. Iremos de picnic al pinar.
Así lo hice, y a su regreso cabalgamos, ese y los días que le siguieron, por el extenso pinar mientras me contaba historias de cuando él era pequeño y vivía en la lejana Rusia; de cómo se escondía con una linterna debajo de la frazada de su cama para leer novelas de León Tolstói y Julio Verne; de cuando luego de haber recibido una gran tableta de chocolate, por haber ayudado a un comerciante, se cayo en un río y al salir de sus aguas la golosina, que había guardado en su bolsillo trasero, se derritió y mancho su pantalón haciendo que los que lo veían creyesen que se había hecho encima. Estas y otras tantas aventuras hicieron que el recuerdo de esa semana fuese imborrable hasta el día de hoy.
Pero como todo, el final de las vacaciones llegó y con este Fernández con su diligencia.
- Don Gutendorf,  le envía esto y le hace decir que ya hablo con su amigo ucraniano- dijo a mi abuelo entregándole un paquete de regular tamaño.
- Sabia que ese alemán terminaría a tiempo- respondió con su calida y particular sonrisa.
Subimos el equipaje y nos dirigimos a la estación del tren donde minutos después apareció resoplando la locomotora diesel, pintada de color plateado, arrastrando cinco vagones del mismo color.
- Espero que te hayas divertido en estas vacaciones.
- ¡Cómo nunca! Estoy ansioso por venir el próximo año.
- Ojala podamos repetirlas-respondió como dudando- Lo que me alegra es que hayas descubierto que tu imaginación no tiene límites y que en ti se encuentra un diamante en bruto que si lo pules debidamente, con estudio, lectura y dedicación, seguro algún día deslumbrará al mundo. Recuerda que debes analizar las críticas que te hacen. Saca de estas sólo lo que pueda servirte y haz oídos sordos a lo demás. Como dijo un sabio de la India “una gota de lodo puede ensuciar a un diamante haciendo que pierda su brillo, pero esto es sólo momentáneo. Solamente se necesita una franela para que vuelva a brillar como antes.
Volví a abrazar con todas mis fuerzas a mi abuelo, abordé el tren, y me senté junto a una de las ventanillas que daban al andén.
- Este tren va directo a la Terminal de la ciudad donde te esperará tu padre.
- ¡Gracias por todo! Realmente fueron las mejores vacaciones de toda mi vida.
- Toma, esto es un regalo que quiero darte-dijo entregándome el paquete que minutos atrás le entregara Fernández.
Rompí rápidamente el envoltorio, mientras el silbato de la locomotora anunciaba la partida, y descubrí un libro de tapa azul cuyo titulo, escrito en letras doradas decía: “Cuentos de dos generaciones”
Ojee rápidamente el volumen y ante mi sorpresa contenía impresos los cuentos que escribí intercalados con los de mi abuelo.
Antes que pudiera decir algo, el tren, que ya se había puesto en movimiento se alejaba lentamente de la estación, donde mi abuelo, con su traje gris camisa blanca y corbata azul, sonriente se despedía de pié agitando su pañuelo blanco.
Esta es la última imagen que tengo en mi mente de él ya que murió nueve meses después.
Fue la primera vez que un mayor tomó enserio mis escritos y aunque muchas personas en los años venideros criticaron mis trabajos, gracias a las palabras dichas esa tarde, estas criticas se convirtieron en trampolines que me dieron la fuerza suficiente para superarme y seguir adelante.
En el funeral, Fernández, se acercó a mi madre y luego de expresarle sus condolencias, me entregó un sobre que contenía un cheque de una editorial Ucraniana a mi nombre, como pago de los derechos de autor de una tirada de diez mil ejemplares de “Cuentos de dos generaciones”, junto con un ejemplar del libro en cuyo interior escrito en la primera hoja decía:
 Iván:
        Recuerda que, todo escritor tiene para si mismo el compromiso y la obligación de plasmar en papel sus sueños, transformados en poesía o historias, para que alguien en un futuro indefinido pueda disfrutarlos y aprender de los amores, angustias, travesuras y vivencias encerradas en esos renglones. Nunca dejes de soñar, ya que los sueños serán las alas que te llevarán hasta donde imagines. Sólo debes creer en Dios, en ti mismo, y desearlo con el corazón y con el alma.
Te quiere mucho hoy y siempre
                                              Tu abuelo.
 Safe Creative #1202260044681

29 comentarios:

  1. Qué hermosa historia! las descripciones de lugares y momentos... el mar, las comidas, la casa... maravillosas!

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    1. Gracias ciberamiga, como habras descubierto el mar me encanta.

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    2. A mi también me parece una historia bastante bonita y entretenida, tanto es así que me he quedado hasta muy tarde leyendo. Es muy conmovedora y nunca había leído un cuento de esta manera.

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    3. Me alegro haberte desvelado con este cuento jejeje.
      Un ciberabraso desde Paraguay.

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  2. Alejandro, pues ya me enteré de qué se trataban esas vacaciones.

    Tiene razón el abuelo, no dejemos nunca de soñar ni de creer en nosotros, porque esas alas pueden llegar muy lejos, y cruzar el horizonte hacia un lugar cálido.

    Muy bonito, relato.

    Mi admiración y un beso.

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    1. Es que sin los sueños estariamos estancados igual que un velero sin viento que lo impulce.
      En cuanto a lo calido... Con los 40º C que tenemos hoy prefeririria desplazarme a lugares más frescos jejeje.
      Un ciberabrazo.

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  3. Me hiciste recordar tantas cosas..
    Gracias por ello y por las letras.
    Besitos

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    1. Me alegro que los recuerdos arrancados de tu memoria por este cuento hayan sido buenos.
      Un ciberabrazo

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  4. Hola ALEJANDRO
    Cuanta sabiduría en las palabras y actos del abuelo. Debió ser maravilloso tener un abuelo así. Me encantó este cuento, para mi gusto, impecable.
    Un abrazo

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    1. El recurso de "el abuelo" siempre da para explayarse en cuanto a los valores como la perseverancia y la tenacidad.
      Aunque el escrito es producto de la ficción algunas de las cualidades del abuelo son reales. Lamentablemente mi abuelo no escribió ningunas de las entretenidas historias que me contaba de niño. Tal vez sea ese hecho, sin embargo, el que ha hecho que yo me dedique a escribir mis cuentos.

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