Esta semana he visitado la ciudad de Encarnación, situada a 370 Km de Asunción, Paraguay.
Esta ciudad, fundada el 25 de marzo de 1615 por el jesuita San Roque González de Santa Cruz verdadero, es un verdadero crisol de culturas donde conviven descendientes de ucranianos, alemanes, árabes, japoneses, y la raza mestiza hispano-guaraní.
La bella ciudad, ubicada a orillas del río Paraná, posee construcciones de diversos portes y se encuentra inmersa en un vergel formado por lapachos y otros árboles cuyas copas estallan de color ante los ojos del visitante.
Muy cerca de esta ciudad se encuentra la represa binacional de Yasiretá, monumental construcción cuyo dique tiene 808 m de largo, su embalse de casi 65 km cierra los dos brazos del río divididos por la isla Yacyretá y su lago artificial cubrirá una superficie de 1600 km².
Si bien como es de suponer la ciudad de Encarnación se ha visto beneficiada con varias obras publicas y viales debido a la construcción de la represa, es precisamente el mencionado lago, el que “ahogará” gran parte del su patrimonio cultural.
Según el diccionario, progreso se define como la acción de ir hacia adelante, hacia el perfeccionamiento. Siguiendo este concepto podemos decir que una ciudad es pujante y progresista cuando sus edificios poseen varios pisos, sus calles están pavimentadas, bien señalizadas y limpias, con un excelente sistema de cloacas y alcantarillado, y otras tantas cosas que distinguen y realzan a una ciudad hoy en día.
Todos queremos vivir en una ciudad moderna, pero... que ocurre cuando este modernismo “choca” con longevas construcciones que aún se mantienen en pié guardando celosamente entre sus muros los recuerdos del antiguo esplendor de cuando ellos eran parte del progreso.
Lastimosamente muchos son de la opinión que la desaparición de estas verdaderas capsulas del tiempo, es el precio que trae aparejado el progreso.
Es cierto que el progreso es importante para la vida de una ciudad o un país pero también lo es la conservación de su patrimonio cultural.
El progreso y la conservación del patrimonio cultural no presisamente deben ser antagonicos.
En varias naciones del mundo, han comprendido esto y se avocan a la conservación de sus patrimonios culturales promulgando leyes que protegen edificios y lugares que marcaron y formaron parte del desarrollo que hoy ostentan. En ese sentido en Europa, entre otras cosas, no se puede derribar las fachadas de los edificios antiguos, pudiéndose modificar solamente su interior. Cuando se lleva a cavo una obra publica y esta se topa con restos arqueológicos, los constructores, se ven obligados a parar la obra hasta que se investiga el real valor arqueológico del hallazgo.
En Egipto para hacer la represa de Asuán se trasladó piedra por piedra al templo de Ramsés II, y otros como el templo de Debod, para evitar que queden inundados por sus aguas.
Es cierto que el viejo correo de Encarnación o su vetusta estación del ferrocarril no se comparan en imponencia con los cuatro colosos esculpidos en arenisca de Ramsés II pero sin embargo son, como otros tantos edificios de la zona baja encarnacena, iconos de la historia de esa ciudad y del país. Iconos que lamentablemente pronto solo veremos en viejas postales.